Horrible accidente y morir por no cooperar (IV)

OPINIÓN

María Pedreda

18 abr 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

Por dónde íbamos. Ah, sí. Es cierto que Smith desarrolló en su doctrina económica el concepto de «interés propio» como motor de la economía, haciendo énfasis en una competencia individual que, en virtud de la racionalidad humana, acabaría por beneficiar a todos, según expone en la doctrina de la armonía de los intereses. La famosa «mano invisible», deformada después por el interés propio de sus exégetas más codiciosos. El propio Smith comprobó la poca motivación que tenían los acaparadores británicos por conciliar interés propio con el progreso de toda la sociedad cuando, según Chomsky, concluyó que los «principales arquitectos» de la política en Inglaterra eran los «comerciantes y manufactureros», quienes se aseguraban de que sus propios intereses fueran «atendidos de la forma más peculiar», sin importar sus «penosos» efectos sobre los demás, incluyendo el pueblo inglés.

Años antes, mientras fue catedrático de filosofía moral en la Universidad de Glasgow, escribió su Teoría de los sentimientos morales (1759). En ella hablaba de la empatía, cuando decía que «simpatizamos con la alegría de nuestros compañeros que prosperan y, además, simpatizamos con el dolor de nuestro prójimo cuando lo vemos sumido en el infortunio». Y cómo dicha simpatía impulsa el humanitarismo que, junto a la dignidad y la libertad forman parte de nuestros valores universales. Pero sin olvidar la virtud de la justicia, cuyas reglas han de evitar daños al prójimo mientras seguimos dicho interés propio: «El individuo sabio y virtuoso está siempre dispuesto a que su propio interés particular sea sacrificado al interés general de su estamento o grupo. También está dispuesto en todo momento a que el interés de ese estamento o grupo sea sacrificado al interés mayor del estado, del que es una parte subordinada». Es evidente que la pléyade de pseudoliberales y anarcocapitalistas sociópatas que aspiran, alborozados, a medrar con el «trumpismo chulapo», tan de moda estos días, hacen méritos para mantenerse bien alejados de la sabiduría y el virtuosismo.

La aparente contradicción entre principios de la Teoría de los sentimientos morales y de La riqueza de las naciones (humanitarismo y justicia vs interés propio), siguió alimentando la controversia entre altruismo y egoísmo que filósofos y teólogos trataban de depurar en tiempos de la Ilustración británica. Un problema que, a finales del siglo XIX, en círculos intelectuales alemanes dieron en llamar el «problema de Adam Smith» y cuyo debate se mantiene hasta nuestros días. Pero Smith ya apuntó a una de las claves de la contradicción: el seguimiento del interés propio solo funciona armoniosamente si los agentes económicos son «sabios y virtuosos».  Y, claro. No solo no todas las personas no actúan igual, sino que los principales arquitectos de la política, los más ambiciosos, suelen ser los menos empáticos y, por tanto, los menos éticos/virtuosos. Las diferencias individuales en desarrollo moral de la que he escrito tantas veces. En fin, que la versión neoliberal de la «mano invisible» de Adam Smith es un mito al servicio de la codicia de unos pocos.