Nuestra caricatura trágica en Afganistán

OPINIÓN

Vista satélite del aeropuerto de Kabul que vive una situación caótica desde la llegada de los talibán
Vista satélite del aeropuerto de Kabul que vive una situación caótica desde la llegada de los talibán MAXAR TECHNOLOGIES | Reuters

21 ago 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La de Afganistán no es la única tragedia del mundo y tampoco sé si la más cruel. Pero es una tragedia que parece mirarnos fijamente, como si quisiera decirnos algo. La vuelta de los talibanes tiene algo de retrato de Dorian Gray de Occidente y algo de caricatura, de exageración grotesca de rasgos de nuestra vida pública. Ese dibujo nuestro distorsionado tiene todo lo necesario para hacer gracia, si no fueran obligadas algunas de las emociones que Bergson decía que bloqueaban la risa: dolor, compasión, culpa, ira.

Los humanos tenemos un arsenal de señales no verbales más exuberante que otros primates. Comunicamos con mucho matiz nuestros estados emocionales. Comunicar una emoción es anunciar la conducta que se puede esperar de nosotros e inducir la conducta deseada en el receptor. Cuando mostramos tristeza, inconscientemente nuestros contertulios nos infantilizan y se abstienen de plantearnos cosas complejas, porque ya les anunciamos que no estamos para esfuerzos mentales. Cuando mostramos enfado, los demás nos hablan con frases cortas y evitan las bromas.

Pasamos el tiempo callando, ocultando, fingiendo o decidiendo la situación propicia para decir algo según ese juego de señales anunciadoras de conducta esperable y conducta deseada. Somos actores cualificados. Goffman describió nuestra conducta no verbal imaginándonos siempre en una representación teatral desempeñando distintos papeles. Parece un juego de fingidores, pero así regulamos nuestra vida social. La manipulación maligna interesada no es más que una ampliación hostil de esa condición nuestra. Y la política la amplía hasta límites antipáticos. El sentido de la oportunidad, la impostura, el engaño interesado, benignos tantas veces en nuestra convivencia familiar o social, se apoderan de tal manera de las artes políticas que demasiadas veces la política se  reduce a eso. Por supuesto, en unos más que en otros. Quien pretende lo que perjudica a la mayoría tiene que actuar y mentir más.