Sorpresa en el teatro. No terminan de creérselo...

OPINIÓN

21 oct 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

«Si no lo hubiera contemplado con mis propios ojos, si no hubiese visto aparecer una y otra vez en la escena a aquella graciosa joven de semblante risueño, de mirada apacible, de blanda sonrisa y ademán tranquilo y sereno, no hubiera creído nunca que Rienzi era inspiración de una musa femenil». Así mostraba su sorpresa Ramón de Navarrete, Asmodeo, en la crítica que publicó La Época el 20 de febrero de 1876, días después de que el madrileño teatro del Circo acogiera el estreno de Rienzi el tribuno, drama en tres actos y en verso.

El día de su presentación, el aforo estaba completo. En pasillos y butacas se rumorea que es obra de una joven poeta, lo que aumenta la expectación. Al finalizar el primer acto, el público «seducido por los pensamientos, que abrillantaban versos rotundos, galanos y armoniosos, quiso conocer el nombre del autor», según cuenta el poeta asturiano Ramón de la Huerta Posada, allí presente. Ante la insistencia mostrada por los espectadores, el actor Rafael Calvo tuvo que rogarles que fueran pacientes, que aguardasen hasta el final de la obra. Sin embargo, concluido el segundo acto la autora hubo de subir al escenario para saciar la curiosidad del expectante teatro. Al ver aparecer en escena a la joven artífice del drama, el asombro fue tan grande que la sala atronó con un unánime y entusiasta palmoteo. La cosa no acabó ahí, pues, según cuentan las crónicas, el tercer acto transcurrió entre una sucesión interminable de aplausos.

Al final, una noche gloriosa que tendrá su continuidad en los siguientes días, si atendemos a lo publicado en la prensa, que se deshace en loas y alabanzas a la autora del drama, sorprendida del carácter «viril» que Rosario, la señorita de Acuña, ha impregnado a los versos de aquel drama, muy lejos de la delicadeza y el lirismo que son atribuidos a las mujeres. Su condición de mujer, de mujer joven, fue uno de los elementos nucleares que articularon buena parte de las opiniones. Al parecer, aquel semblante risueño, aquella blanda sonrisa, rimaban mejor con el ensueño lírico femenil; eran más propios de poetisa empeñada en «pulsar las cuerdas laxas de la lira degenerada de Safo». Pero no, en aquella obra, en aquellos versos, hay una fuerza, un vigor, que, a los ojos de los críticos, convierten a esta joven de ademán tranquilo y sereno en «poetisa viril», categoría tan poco habitual, tan imperceptible para sus lectores, que, uno tras otro, se ven obligados a acudir como único referente a Gertrudis Gómez de Avellaneda, fallecida en Madrid tres años antes.