Empezamos el segundo cuarto de siglo involucionando a marchas forzadas hacia un mundo distópico; hacia la era de la sinrazón y el imperio de la violencia.
Estudiar durante décadas las paradojas conductuales que llevan a la autodestrucción civilizatoria, divulgar durante lustros, no sin cierto pesimismo, aunque confiando en el sentido común de una supuesta mayoría, no me libra de la frustración de ver no solo cómo florece el sinsentido común, sino cómo gente alrededor justifica las actitudes abusivas y violentas que tanto daño hacen a cada vez más personas en todo el mundo, incluida esa misma gente. Pero eso también lo he estudiado y puedo llegar a comprenderlo, aunque lo lamente.
Nos han enseñado que a lo largo de la historia se dan ciclos de evolución e involución. Por ejemplo, el filósofo napolitano entre los siglos XVII y XVIII, Giambattista Vico (1668-1744) decía que aunque la historia no se repite mediante ciclos cerrados, sino que se extiende en espiral con variaciones, se da un patrón recurrente en el que se pasa por las siguientes etapas: fuerza bruta (barbarie), fuerza heroica (civilizadora, para instaurar el orden social), justicia (desarrollo de leyes que promueven la equidad), originalidad deslumbrante (auge cultural), reflexión destructiva (egoísmo vs bien común, malicia premeditada y cinismo masivo), opulencia, abandono y despilfarro.
En esa secuencia no sería difícil encajar el actual paso de la etapa de auge de la inteligencia artificial, con una burbuja financiera aparejada que está llevando el acaparamiento de recursos y poder por unos pocos codiciosos a unos límites más que obscenos, hacia una etapa de barbarie caracterizada por la ley del necio más fuerte, con la inestimable colaboración de opulentos cínicos que compran medios de comunicación para intoxicar a la sociedad con una malicia al servicio de su estrategia de divide, impera y saquea. Estaríamos ante un reinicio de ciclo. Si es cierto que ese patrón es recurrente, con las variaciones que aporta el contexto de cada época, estaríamos constatando, a su vez, que no aprendemos de la historia. Pero esto no deja de ser una descripción simplificada de un sistema extraordinariamente complejo.
No es que no aprendamos de la historia; es que la historia es conocimiento, y la cognición es solo uno de los factores que determinan la conducta. Y como expliqué hace unos meses, sobreestimamos el uso de la cognición hasta el punto de no entender por qué hay gente de grupos vulnerables y discriminados que apoya a opciones políticas que los desprecian y discriminan. Y es que la emoción, que generalmente antecede a la cognición, participa, necesariamente, en la toma de decisiones. Y el peso específico de cada factor en ese proceso varía de unas personas a otras —genética más aprendizaje—, y de unos contextos a otros. De esa combinación de factores surgen las condiciones que favorecen la adopción de estrategias cooperativas o egoístas, que conducen a la equidad o la desigualdad social, respectivamente.
Cierto es que el conocimiento es, en gran parte, acumulativo, y eso permite a la ciencia avanzar, a veces con progresos asombrosos. Respecto a la paradoja que nos ocupa, veamos qué nos dice la ciencia sobre la relación entre egoísmo y cooperación, y la evolución de la civilización humana. Después de décadas de investigación, el incremento exponencial de la capacidad de computación, nos permite hacer cálculos más complejos, con muchas más variables. La aplicación de modelos matemáticos de interacciones estratégicas de la Teoría de juegos, en su rama evolutiva humana, confirma que, si bien la estrategia egoísta puede ser beneficiosa a corto o medio plazo si los demás no utilizan la misma estrategia, o se conoce qué estrategia utilizan todos los demás, es evolutivamente insostenible. Lo sostenible —y más beneficioso para el conjunto de la población a medio y largo plazo— es la tendencia a la cooperación, como he explicado a lo largo de estos años.
En un mundo superpoblado y con recursos limitados, con adversidades inevitables y evitables, una forma de cooperar y minimizar el daño es establecer reglas consensuadas que eviten que gente amoral, sin escrúpulos y psicópatas, abusen y dañen a los demás, aunque no siempre. Reglas como el Estado de derecho y el derecho internacional, que ahora están siendo violadas por un pequeño grupo de enajenados para satisfacer su codicia criminal. El contrato social basado en reglas —derechos, obligaciones y limitaciones—, se desarrolló para mantener a las personas a salvo de sus peores impulsos, así como de sus peores individuos. Ahora bien, la estrategia cooperativa tiene unos requisitos cognitivos más difíciles de cumplir cuando se dan condiciones traumáticas y/o que activan recurrentemente la emoción de miedo. En situaciones de incertidumbre y precariedad creciente como a las que nos someten, por intereses egoístas, esos codiciosos patológicos, tendemos, inicialmente, a la evitación, la inhibición y/o la huida, antes que a la cooperación o la lucha. Lo que deja el campo abierto al saqueo. En eso estamos. Y hay gente les aplaude y jalea.
A ver, ponerte del lado del abusón, simpatizar con las ideas del necio más fuerte, no te va librar de su violencia cuando le venga bien aplicártela. No eres su amigo, eres prescindible; como mucho, y durante un tiempo limitado, puedes ser un medio para la consecución de sus objetivos. Porque cuando la enajenación llega al poder, nadie está a salvo. Nadie. Ni siquiera los necios que nos violentan desde una pretendida impunidad. Absolutamente nadie.
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