Reyhaned Jabbari fue ahorcada a los 26 años, tras sufrir un intento de violación cuando tenía 19, un incidente en el que acuchilló a su agresor. Su lucha en prisión se convirtió en símbolo de la disidencia iraní, de la que todos nos olvidaremos cuando baje el precio del petróleo, los libertadores se vayan y las aguas vuelvan a su cauce.
17 mar 2026 . Actualizado a las 11:01 h.«Me llamo Reyhaneh Jabbari, tengo 26 años y pronto me ahorcarán. Pero no tengo miedo». Trabajaba como decoradora de interiores en Teherán con 19 años cuando un hombre al que conoció en un café la convenció para visitar una oficina que pretendía reformar. Allí intentó violarla. Reyhaneh se hizo con un cuchillo, lo apuñaló y huyó. El agresor era agente de los servicios de inteligencia. La detuvieron esa noche. La torturaron, la presionaron para que retirase la acusación de agresión sexual, amenazaron con hacerle lo mismo a su hermana pequeña. El juicio fue una farsa. El juez le dijo que habría sido mejor dejarse violar. La ley iraní otorgaba a la familia del muerto el derecho a perdonarla o patear la silla del cadalso. Para obtener clemencia, Reyhaneh tenía que reconocer el asesinato y pedir perdón. Nunca quiso hacerlo. «Lo que me pasó a los 19 años hizo que ya no le temiera a la muerte», escribió desde prisión, donde pasó siete años. Su madre negoció durante mucho tiempo con la familia del muerto. No la perdonaron. Reyhaneh fue ahorcada el 25 de octubre del 2014 y su calvario la convirtió en símbolo de los derechos de las mujeres iraníes. El documental Siete inviernos en Teherán (Filmin, 2023) lo reconstruye con material clandestino y el testimonio de su familia. De todo lo visto y leído sobre el régimen criminal iraní, nada tan evocador, duro y representativo.
Once años después, el régimen sigue masacrando a la disidencia. El pasado enero ordenó aplastar las protestas de forma brutal: pelotones de fusilamiento, internet cortado, médicos detenidos por atender heridos, 18.000 arrestados en dos semanas, heridos rematados en hospitales inyectándoles aire en las venas. 30.000 muertos. Trump prometió que la ayuda estaba en camino y envió a la Armada a Oriente Medio. Y lo que tenemos es un sangriento octavo invierno en Teherán.
Supongamos que a Trump le acaba saliendo bien alguna de estas barbaridades. Es difícil de suponer, porque de momento todo le va mal: Groenlandia, los aranceles, la caza de hispanos, Venezuela, Irán. Pero ya saben que un reloj parado da la hora bien dos veces al día. Así que concedámosle una: Groenlandia. Máxima importancia geoestratégica, se la quita de las garras a China y Rusia. Hagamos de tripas corazón, ignoremos el hecho de que lo ha hecho a las bravas y aceptemos que a la postre pueda haber sido un buen negocio.
No lo será. En cualquiera de los casos seguirá siendo un mal negocio. El precio a pagar por la civilización será irreparable. Trump ha inaugurado el imperio de la infamia. Estábamos empachados de corrección política, pero en parvulitos nos enseñaron que lo correcto era mejor que lo incorrecto. Que la ética por sí misma no subsiste sin estética. Al día siguiente de que Trump se haga con Groenlandia o democratice Irán, los profesores en todo el mundo entrarán en las aulas a defender su autoridad frente al abusón del patio. La policía entrará en un piso a pararle los pies a un matón. Los jueces estudiarán con lupa las leyes para que la justicia pueda seguir con su venda. Acabe como acabe, este tsunami de estiércol dejará el planeta maloliente para generaciones. El más justo de los hombres ya echa un ojo de esguello al cartel de la gasolinera, al carrito del supermercado. Y cuando las aguas vuelvan a su cauce, tema resuelto y póngame otra caña, caballero. Y que les den morcilla a los venezolanos, a los ucranianos, a los iraníes. Que detestan a los ayatolás igual que detestan a Trump, aunque todo el mundo parezca haber olvidado que ambas cosas son compatibles.
Nunca he estado en Irán, pero a través del cine, y por alguna razón que no sé explicar del todo, me resultan cercanos. Los mismos rostros, la misma piel, la misma fonética… Iraníes y españoles procedemos de la misma familia indoeuropea. Un persa a 5.000 kilómetros comparte con nosotros raíces lingüísticas y culturales más profundas que un rifeño a 14 del Estrecho. Filmes como Siete inviernos… muestran gente que podría vivir en nuestra calle. Reyhaneh podría ser una de nuestras hijas. Cuando baje el barril, los libertadores se irán y 90 millones de iraníes seguirán a merced de la misma casta criminal con distinta cara. Reyhaneh escribió a su madre citando a Nietzsche: «A veces hay que luchar». A los 19 años entendió que nadie iba a venir a salvarla.
UN LIBRO
«Rey de reyes» (Península, marzo del 2026). Gran crónica de la revolución iraní, desde 1979 hasta hoy. El corresponsal Scott Anderson reconstruye el colapso de la gran potencia política y la llegada de los ayatólás.
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