La historia del Líbano: así quebró el país que Israel va a invadir después de que una casta de apenas seis familias lo saquearan durante décadas
OPINIÓN
El documental «Líbano: el atraco del siglo» reconstruye la mayor estafa piramidal de la historia de un Estado y explica por qué Irán llenó el vacío a través de la milicia Hezbolá.
28 mar 2026 . Actualizado a las 05:00 h.John le Carré llamó a Panamá «Casablanca sin héroes»: intriga, lealtades cambiantes, tratos turbios sin redención moral. Beirut ya era todo eso antes de que Le Carré publicara El sastre de Panamá en 1996. También la llamaban la Suiza de Oriente Medio, por sus bancos sordos y ciegos, y sus montañas tocadas de cedros bíblicos. CIA, KGB y Mossad compartiendo barra en el hotel Saint George, milicias financiadas desde Moscú, Washington y Teherán. Beirut tampoco tuvo un Bogart, pero sí ha tenido héroes. Y demasiados mártires. En octubre del 2019, un millón de cristianos, musulmanes, jubilados, feministas... bajaron a la calle hartos de las castas que mangonean el Líbano desde que en 1990 acabó la guerra civil. La primera revuelta transversal de la historia del país fue aplastada por Hezbolá en semanas: tenía demasiado que perder, un sistema que la gente quería destruir. Luego llegó el covid y en agosto de ese mismo 2020 la explosión de 2.750 toneladas de nitrato mal almacenado en el puerto de Beirut provocó la mayor deflagración no nuclear de la historia: 218 muertos, 6.000 heridos, 300.000 personas sin hogar. El cuadro lo completan 15 millones de libaneses en la diáspora —cuatro veces la población del país— que siguen enviando remesas para mantener viva una patria que sus élites llevan décadas saqueando.
Para entender el país que Israel está a punto de invadir —quizás hoy, para que a Wall Street le dé tiempo a hacer la digestión— hay que ver el documental Líbano: el atraco del siglo (Movistar Plus, 2024). La cinta explica cómo el país nació en 1920 con un pecado original: el mandato francés instituyó el poder entre seis comunidades religiosas, cada una con su clientela, sus tentáculos y su cacique: dos maronitas, dos chiíes, un suní y un druso. Todos pasaron de los campos de batalla a los despachos sin rendir cuentas. Para financiar la reconstrucción, Rafik Hariri —un magnate que había hecho fortuna en Arabia Saudí y llegó a primer ministro con la bendición de medio mundo— nombró gobernador del banco central al gestor de su fortuna personal, Riad Salamé. Durante 30 años, Salamé construyó la mayor estafa piramidal de la historia de un Estado: prometió intereses altísimos sobre depósitos en dólares, prestó ese dinero al Gobierno y las seis familias lo hicieron desaparecer. Cuando las cuentas no cuadraban, Hariri llamaba a París. El inefable Chirac, perejil en todas las salsas, organizó tres conferencias internacionales que inyectaron más de 10.000 millones de euros a cambio de reformas que jamás llegaron. En el 2019, el Gobierno intentó tapar el agujero con un impuesto de seis dólares por tener WhatsApp. Fue la mecha de la última revolución y la libra libanesa perdió el 98 % de su valor.
Este es el colapso en el que ha crecido Hezbolá, dopado con dinero iraní durante cuarenta años: Estado dentro del Estado, bancos, ejércitos, escuelas. Un soldado libanés cobra hoy 200 dólares al mes y trabaja en días alternos: el ejército al que Netanyahu pide que acabe con Hezbolá. Por fin, los libaneses se han puesto de acuerdo en que quieren gobernarse a sí mismos: para ello, han ilegalizado a Hezbolá, han expulsado a los Pasdarán y han ofrecido negociaciones a Israel. Pero Netanyahu sigue bombardeando. Mil cien muertos. Un millón largo de desplazados.
Ahora Donald Trump —autor del best seller El arte de la negociación, versión chabacana de El arte de la guerra de Sun Tzu— está explorando una novedosa técnica diplomática: insultar a todo aquel al que necesita. En el parte de improperios, esta semana llamó cobardes a los europeos y describió la armada británica como un ejército con portaaviones de juguete. Si ahora transige con abrir Ormuz y deja a los ayatolás vivos, el Líbano seguirá condenado otros cincuenta años. Casablanca con mártires y exiliados. Como siempre sin final feliz.
UN LIBRO | Cafarnaúm. (Filmin, 2018). Un niño de doce años demanda a sus padres ante un tribunal de Beirut por haberlo traído al mundo. La directora libanesa rodó durante seis meses en los suburbios de la ciudad con actores no profesionales, refugiados sirios y niños sin papeles. Ganó el Premio del Jurado en Cannes. En árabe, kafr nahum significa caos.