El impacto invisible de la migraña crónica: «Sufro entre 20 y 25 crisis al mes»
LA VOZ DE OVIEDO
«No recuerdo ni un solo día de los últimos diez años sin dolor de cabeza», asegura Olga Sáez, que cuenta cómo es convivir con esta incapacitante enfermedad
09 jun 2026 . Actualizado a las 10:43 h.La migraña es una de las enfermedades neurológicas más frecuentes. Afecta a millones de personas en todo el planeta. Se calcula que un 14% de la población mundial padece esta enfermedad crónica que, según la Organización Mundial de la Salud, es una de las principales causas de discapacidad. No existe una cura, pero sí tratamientos para paliar los síntomas de esta patología, que es «mucho más que un solo dolor de cabeza». Así lo asegura Olga Sáez. Esta gallega de nacimiento, pero asturiana de adopción, lleva toda la vida haciendo frente a los efectos de esta dolencia invisible que ha limitado «por completo» su día a día. «No puedo hacer nada», lamenta.
Cuando era una niña, esta vecina de Oviedo ya sufría intensos dolores de cabeza. Como sus padres conocían bien estas «horribles» jaquecas, puesto que también las sufrían, decidieron llevarla al pediatra, ya que sabían que no se trataba de un dolor pasajero. Tras evaluar su caso, el especialista la derivó a una neuróloga para profundizar en el estudio de sus síntomas y confirmar el diagnóstico. Con apenas 13 años, contaba con un informe médico que acreditaba que padecía migraña crónica. «Tuve mucha suerte porque la mayoría de los pacientes tardan años en poner nombre a su dolencia», dice, sin recordar el proceso que permitió identificar el origen de su malestar.
No se acuerda tampoco del tratamiento que le pautaron para aliviar unas migrañas que, pese a su juventud, ya eran frecuentes. «De aquella no había medicación específica, así que me imagino que me dieron las pastillas que se usaban para tratar las crisis epilépticas, porque más o menos funcionaban», cuenta. Con 19 años, se trasladó a Asturias para estudiar Biología en la Universidad de Oviedo, después de pasar su infancia y adolescencia viviendo en varios puntos de España debido al trabajo de su padre. Fue entonces cuando comenzó a participar en un ensayo clínico de un nuevo fármaco contra esta enfermedad. «Tenía que tomar una pastilla cuando me daban las crisis y la verdad que me funcionaba genial», asegura.
Mucho más que un dolor de cabeza
Hasta hace cuatro años, explica, los tratamientos disponibles solo actuaban cuando ya había comenzado una crisis. «No había preventivos como ahora, sino que tenías que tomar la medicación nada más que apareciese el primer síntoma», detalla. En su caso, esa primera señal son los bostezos. A este aviso se suman las náuseas, la sensibilidad a la luz y al ruido y, por supuesto, el intenso dolor de cabeza. «Luego está la resaca que te deja la migraña y de la que apenas se habla. Yo puedo estar tranquilamente tres días tirada en la cama porque no me puedo mover del cansancio y del dolor de cuerpo que me provoca», asegura. A ello se añade la denominada niebla mental, otro de los efectos de una enfermedad que va mucho más allá de una simple cefalea.
Al principio, Olga sufría crisis «una vez cada tres meses». Sin embargo, hubo una etapa en la migraña prácticamente desapareció. Ocurrió cuando, por motivos laborales, se trasladó a Suecia. «No sé si fue por la altitud, el clima o qué, pero la enfermedad, por decirlo de alguna manera, se esfumó», recuerda. Algo similar sucedió durante sus dos embarazos. «Apenas tuve crisis», admite. Sin embargo, cuando comenzó la transición hacia la menopausia, los síntomas se agravaron contra todo pronóstico. «Ahora tengo una media de entre 20 y 25 crisis al mes», explica la ovetense, que llegó a pasar cerca de tres años despertándose cada día con dolor de cabeza.
Aunque las crisis son prácticamente diarias, por suerte las mantiene «muy controladas». «Me tomo una pastilla o dos y consigo frenar el dolor de cabeza, pero no el resto de efectos», explica Olga, cuyo último episodio «fuerte» lo sufrió hace seis meses. «Solo les decía a mis hijos que me cortaran la cabeza, con eso ya te digo cómo me sentía», reconoce a sus 56 años. Cuando esto ocurre, lo único que hace es estar tumbada en la cama, porque el dolor es tan intenso que le resulta imposible moverse.
«No puedo ni siquiera ir al HUCA, algo que además evito hacer porque cuando voy por Urgencias, en vez de tratarme como una paciente crónica que soy, me atienden como si tuviera un simple dolor de cabeza y me dejan ahí sentada con las luces, el ruido… con lo que eso me afecta», se queja. «Si termino yendo es porque ya he tomado más pastillas de las recomendadas. La media es de diez al mes y yo puedo llegar a tomarlas en una sola semana», apunta. De todos los fármacos que ingiere, «el único» que le funciona es que toma cuando le da una crisis. «De hecho, siempre lo llevo conmigo», asegura.
El tercer tratamiento biológico
Como ocurre con la mayoría de pacientes, Olga ha probado prácticamente todos los tratamientos disponibles. «Me pautaron varios preventivos que no me hicieron absolutamente nada. Lo mismo pasó cuando me inyectaron el bótox. Después me pusieron los biológicos. El primero de ellos me sentó bastante bien, pero al año me provocó una reacción alérgica horrible y tuve que dejarlo. El segundo también me produjo varios efectos secundarios y ahora estoy con el tercero y, de momento, no sé si funciona o no, porque aún tienen que pasar unos meses», detalla.
Problemas de salud mental
Los intensos dolores de cabeza y demás síntomas provocados por la migraña han hecho que esta vecina de Oviedo sufra también depresión, puesto que ha visto limitado «por completo» su día a día. «No puedo hacer nada. Ni siquiera quedar con mis amigas, porque no sé como me voy a encontrar. Hasta que no me levanto por la mañana no sé cómo voy a estar. Además, puede que me levante bien y termine el día mal porque, si por algún casual, me resaltó la rutina, se desencadena una crisis. Tengo que comer siempre a la misma hora. No puedo tener sensación de hambre ni tampoco de sed, porque sino ya empiezo con los dolores. Tengo que tener también cuidado con los olores y tratar siempre de dormir siempre las mismas horas, porque sino me pasa lo mismo», detalla.
El problema de salud mental también se ve agravado por la falta de comprensión social. «Estoy harta de que la gente me diga: “Se te ve muy bien”, “Estás muy guapa”, “Tienes buen color”… Sí, físicamente puedo estar bien, pero por dentro estoy fatal», explica. Olga reconoce que intenta cuidar la apariencia porque le repercute positivamente «Siempre trato de arreglarme, de ir vestida con colores vivos y de pintarme los labios, porque verme bien me ayuda a levantar un poco el ánimo. Si por dentro estoy hecha una mierda, al menos en el espejo no quiero verme así».
Asegura que le cansa «enormemente» tener que justificarse de forma constante. «La gente cree que es un simple dolor de cabeza y que además lo uso como excusa para no hacer planes, pero es todo lo contrario. Hay quien incluso piensa que tengo suerte por estar en casa, pero la verdad es que odio estar en mi casa. Llevo dos años tirada en el sofá sin poder hacer nada», lamenta esta vecina de Oviedo, que actualmente se encuentra de baja por incapacidad temporal. «Encadené una con otra. Primero por la migraña y ahora por la depresión», precisa, al mismo tiempo que lamenta que los tiempos de este permiso laboral no se ajusten a la realidad de una enfermedad crónica y persistente.
«Quiero que me devuelvan todos estos días que estoy perdiendo por culpa de la enfermedad»
«No quiero que se me reconozca la incapacidad permanente pero, por lo menos, hasta que me encuentre bien no quiero tener también que preocuparme de pagar las cuotas de autónomos o de que me tengo que incorporar a trabajar cuando mi estado de salud no me lo permite», asegura Olga, que tiene una marca de bolsos sostenibles. Lo que más ansía es tener la vida que la migraña le está robando. «Quiero que me devuelvan todos estos días que estoy perdiendo por culpa de la enfermedad», admite, consciente de que el hecho de que le concedan una pensión vitalicia no va a solucionar su malestar. «Es que no me va a curar», asegura, con la esperanza puesta en que el tratamiento biológico que tiene pautado funcione y pueda tener una rutina como la de «cualquier otra persona».
A la espera de resultados, esta gallega de nacimiento y asturiana de adopción hace pública su historia para concienciar sobre el impacto real que la migraña tiene en la vida de quienes la padecen. A quienes conviven con esta enfermedad les lanza un mensaje de aliento: «Que no se crean débiles, porque es algo que muchas veces nos hace sentir la sociedad. Que sepan que este dolor es real y que no nos lo estamos inventando. Que sean pacientes consigo mismos, que se lo tomen con calma, se cuiden, se mimen y se prioricen. Y que confíen en el criterio de su neurólogo y en los tratamientos que les pautan», anima esta vecina de Oviedo, que asegura no recordar «ni un solo día de los últimos diez años» sin dolor de cabeza ni los demás síntomas provocados por esta patología que sigue siendo una gran desconocida para la población general.