«El pacto de Vallecas»

Artículo de opinión

Sporting Rayo
Sporting Rayo

 Buenos días.

Y ahora usted, lector, responde: buenos días. Es una convención social que no debemos olvidar, una llama que mantendremos viva, hasta la conclusión de este juego, usted y yo. Porque a un lunes de pandemia, le toma el relevo un martes de pandemia. Aterrador. Entonces nos saludamos e intuimos nuestras caras remolonas tras las mascarillas.

Digo «buenos días» con sinceridad, ya que estas líneas las escribo de mañana; horas o días antes del partido. No me preocupa, sé lo que va a ocurrir, lo he visto en anteriores ocasiones. Usted, lector, puede creerme o no. De todas formas, daría exactamente igual, le reitero que estas líneas llevan mucho tiempo aquí.

Se suceden las jornadas sin importar fecha, con una impostada compostura que reservamos al día y que cada vez cuesta más no pervertir. En la noche nos lo consentíamos todo. Ahora la contemplamos lejana y quién sabe cómo habrá envejecido cuando la rescatemos. Quizá nos acaricie el hombro un encanecido amigo cuyo nombre escapa ya a nuestro recuerdo. O tal vez nos lancemos de nuevo a abrazar la noche con la complicidad de dos excombatientes que aún se niegan a olvidar lo que sus ojos ocultan al resto.

Pretendemos la calma que nos libere de esta quietud intermitente. Una soporífera espera que tensa los sentidos. Al fin y al cabo, no demandamos nada desorbitado. Hemos abandonado la pretenciosidad en nuestros deseos. Incluso el derecho a desear, si como bien sabe el escritor Miqui Otero «los deseos no se conceden, sino que se imaginan y conquistan».

Solo un golpe de vieja rutina desarmada que aborrecer. Y un Sporting - Rayo para escapar de ella.

Buenas noches.

Caballo ganador

Hay fechas en que sucede todo lo posible, encuentros señalados en el calendario que logran sortear las expectativas y no defraudan. Diaz vs. McGregor. Un Sporting - Rayo, por ejemplo. O Aitor García en sintonía con el esférico. Porque el onubense es la escopeta trucada de la feria: alcanza un disparo para comprobar si hay descarrío. Y es suficiente una subida por banda para evidenciar cuál será el devenir del partido. El lunes estaba claro. Regate de vítores y ovación de un respetable cada vez más lejano. Caballo ganador esperemos que no solo por una fecha.

La memoria es embustera y escurridiza debe pensar Carmona. Envejecer, morir, es el único argumento de la obra. No debería torturarse más el palmesano, el guión estaba ya cerrado cuando saltó al verde y el protagonista sentenciado.

Nos gustan las caras nuevas cuando actúan como veteranos. En el fútbol base, si no sabían bien dónde ubicarte, era común terminar habitando uno de los laterales. Sin embargo, Guille Rosas es pura vocación. El compañero de clase que aun conquistada la lección invierte cada minuto de demora del profesor en afianzar conceptos. No se fía de nadie, sabe que el espacio es compañero y rival en la misma acción. Y lo ataca, primero con la mirada y después con descaro. Siempre aprovechando el tiempo sobre el césped.

Pacto de Vallecas

Deberíamos de empezar a hablar del pacto de Vallecas, el Sporting se adelanta en el marcador para luego permitir el empate de los vallecanos. Es un acuerdo perfecto que nunca levantará sospechas, con jugadores que interpretan a la perfección cada jugada, con intensidad y pérdidas de balón groseras. Incluso el árbitro, haciendo lectura de los tiempos del encuentro, interpreta el VAR para que el resultado final vuelva a ser de uno a uno.

Si fuera posible, pensando ya en el partido de vuelta en Vallecas, preferiría que fueran los rojiblancos los últimos en anotar. Registrar el gol del empate ahorra ansiedades y deja regusto a victoria para saborear entre las sábanas. Al igual que el penalti más festejado es aquel que finalmente no pitan en tu contra.

Una para cada equipo. 

Uno a uno.

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