Asunta murió en todos estos lugares

Recorremos, cuatro años después, los escenarios del más mediático crimen cometido en Galicia en los últimos años


santiago / la voz

El próximo jueves se cumplirán cuatro años exactos de uno de los crímenes más repugnantes y mediáticos cometidos en Galicia en las últimas décadas. Ese día, Rosario Porto y Alfonso Basterra sedaron a su hija Asunta, que entonces tenía 12 años, la asfixiaron y abandonaron su cadáver en una pista forestal, para acudir al poco tiempo a denunciar su desaparición. No hay dudas jurídicas sobre estos hechos, considerados probados de una forma tan sólida que sus autores siguen en prisión después de que hayan sido rechazados todos los recursos presentados hasta el momento. Cuatro años después recorremos los principales escenarios del crimen para comprobar que la negra huella de aquel asesinato está muy lejos de haberse borrado.

Santiago

El triángulo familiar. El número 31 de la calle Doutor Teixeiro de Santiago es, probablemente, el menos elegante de los portales de ese tramo. Estrecho y adyacente a un taller mecánico, desdice un poco del entorno, donde se combinan cafeterías, tiendas de ropa y despachos de abogados. El portal remite a las imágenes de Rosario entrando a la carrera y protegida por la policía los días posteriores al crimen. La fachada tiene cuatro balcones y es fácil adivinar que en el tercero vivieron Rosario Porto y Asunta Basterra, madre e hija, asesina y víctima. Mientras los dos primeros pisos se adornan con macetas que buscan el esquivo sol compostelano, el tercero está desnudo y con las persianas bajadas. «Sí, sí, vivían aquí. En el tercero creo, pero a mí no me pregunte, que yo solo llevo aquí dos años», comenta un operario del taller. No es el mejor tema para hacer amistades en el vecindario.

A la vuelta de la esquina, a menos de 50 metros, en la calle República Arxentina está la vivienda que habitaba Alfonso Basterra, separado de su mujer, pero instalado entonces muy cerca de su familia. En ese apartamento fue donde se machacaron las pastillas de Orfidal que Asunta tomaría con la comida aquella tarde, primer paso en su ejecución.

En un comercio cercano los recuerdan, a él y a la niña: «Sí, claro. Era una nena encantadora. Y le voy a decir una cosa -el comerciante se acerca y baja el tono de voz-: a mí nadie me quita de la cabeza que la muerte de sus padres no fue normal. Yo conocía al padre, tan vital, tan robusto y de un día para otro amanece muerto en una butaca. No me lo creo».

No hay que caminar mucho para llegar al tercer vértice de este triángulo compostelano: la casa de los abuelos maternos de Asunta en la calle Xeneral Pardiñas. Un portal abierto, elegante, amplio, con tres plataformas elevadoras para que los discapacitados puedan salvar los tramos de escalera sin ascensor. Y con portero. El piso está cerrado, confirma una vecina que acelera el paso cuando le pregunto. Del garaje de este inmueble salió Rosario Porto con el coche en el que recogió a Asunta para llevarla a la ejecución que ya tenía prevista en aquel momento. Desde allí, un pequeño recorrido de un par de minutos para pasar junto a la gasolinera cuyas cámaras de seguridad tomarían las famosas imágenes que incriminaron a Rosario y que acabarían por ser las últimas en las que se podía ver a Asunta con vida. En unos diez minutos, las dos llegaron al cercano municipio de Teo.

Teo (1)

La casa de los horrores. No es muy original, pero un vecino del chalé de Teo afirma que es el sobrenombre que le ha quedado a la vivienda donde Asunta fue asfixiada: la casa de los horrores. «Pero mire: por aquí no venían casi nunca, ¿eh?», añade otra vecina. Que quede claro. La finca da a una estrecha pista en una zona con bastantes viviendas unifamiliares. Por encima del muro de piedra pueden verse muchos y muy distintos árboles y, desde un punto elevado, la propiedad parece tener algún tipo de mantenimiento: la piscina tiene agua y el entorno parece tan afectado por la sequía como cualquier jardín sin riego, pero no da la impresión de estar totalmente abandonado. La casa, el lugar donde Asunta fue asesinada, apenas se aprecia. En el buzón, una carta y un folleto publicitario.

La propiedad ya estaba en venta en vida de Asunta. Y así permaneció tras el crimen, aunque aquellos hechos devaluaron significativamente el precio. No hay a la vista ningún indicativo de que siga en venta. Y localizarla en los portales inmobiliarios más populares de Internet ya no es posible. Si sigue en venta, los vecinos, desde luego, lo ignoran. El último precio conocido era medio millón de euros, más o menos la mitad de lo que Rosario pedía cuando aún estaba en libertad.

Teo (2)

El altar de Asunta Fang Yong. Desde el chalé hasta el lugar donde se encontró el cuerpo de Asunta hay menos de diez minutos de en coche. Allí, en una pista de tierra, al pie de un pino de buen tamaño, se ha establecido un altar que permanece desde el día en que fue hallado su cuerpo: flores de plástico y flores de verdad; dos decenas de peluches sobre los que han caído ya muchos litros de lluvia y muchos kilos de polvo; figuritas y estampitas de la Virgen y algunas leyendas, como la que reza: «Dinos, Asunta, desde tu cielo: ¿qué pasó con tus abuelos?», recuerdan el trágico final de la niña. El lugar no está tan apartado. Desde allí se oye con claridad el denso tráfico que discurre por la carretera, a menos de 20 metros. Aquí finaliza el recorrido por los escenarios del crimen; en este punto oculto se guarda la memoria de la pequeña Asunta, cuya muerte conmovió a España. El jueves hará cuatro años.

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