Moncloa quiere elecciones ya y Ferraz presiona para aplazarlas a octubre

El futuro de la legislatura, pendiente de la decisión de Pedro Sánchez. Su partido y su equipo más cercano disienten sobre la fecha de los comicios


Madrid

«Es una decisión del presidente. Solo él sabe cuándo serán las elecciones», comentaba ayer María Jesús Montero en un corrillo informal con periodistas organizado a la conclusión del debate presupuestario. La ministra de Hacienda se mostraba incapaz de aportar alguna pista sobre la fecha en la que se celebrarán los comicios.

El fracaso de los Presupuestos en el primer gran test de Pedro Sánchez en el Congreso abrió los ojos al titular del Ejecutivo de que alagar la vida de esta legislatura en unas condiciones de debilidad tan extrema como las que se encuentra tan solo seguiría erosionando su figura y las siglas de su partido. La decisión de llamar a urnas está tomada desde el pasado viernes, momento en el que los negociadores de Moncloa, con la vicepresidenta Carmen Calvo a la cabeza, constataron que los independentistas catalanes no se moverían de su exigencia de celebrar un referendo de autodeterminación, algo que el Gobierno considera inadmisible. Desde entonces, Sánchez se ha dedicado a deshojar la margarita para intentar acertar con el domingo que más le conviene. «A reflexionar», apuntaban fuentes autorizadas muy próximas a la presidencia.

En ese período de reflexión se ha desatado un gran pulso entre Moncloa y Ferraz en el que cada parte trata de influir para que el presidente del Ejecutivo se acabe decantando por la fecha por la que apuesta cada uno.

En Moncloa el que corta el bacalao es Iván Redondo, jefe del Gabinete de la Presidencia. El responsable de su campaña en las primarias con las que recuperó la secretaría general del PSOE contra todo pronóstico y el arquitecto de la moción de censura que le acabó dando las llaves de La Moncloa es partidario de convocar elecciones cuanto antes. Considera que no hay que desaprovechar la oportunidad del momento de crisis por el que atraviesa Podemos y la reciente foto de Albert Rivera junto a Santiago Abascal para desacreditar sus proclamas centristas. Y así, pescar a la izquierda y a la derecha.

La primera fecha que apareció en los titulares, avanzada por la agencia Efe, fue el 14 de abril. Es el primer domingo disponible tras el fracaso de los Presupuestos. Coincide con la conmemoración de la Segunda República, pero este año también con el Domingo de Ramos, con media España de vacaciones de Semana Santa, y dado que la estrategia pasa por lograr una participación muy elevada tratando de movilizar al electorado jugando con la amenaza de la llegada de la ultraderecha, pronto dejó de parecer la mejor idea y se movieron las hojas del calendario dos semanas. El 28 de abril es la fecha que parece que cuenta con más opciones.

La otra posibilidad que pone sobre la mesa es hacer coincidir las generales con las elecciones municipales, autonómicas y europeas del 26 de mayo en un superdomingo que temen todos los barones socialistas, que prefieren realizar sus campañas descolgados de las políticas de Moncloa. Lo cierto es que cuesta imaginarse una campaña electoral en la que puedan casar los mensajes de Vara, Page o Lambán con los de Sánchez, que inevitablemente tendrán un gran foco en Cataluña, especialmente si coincide en pleno juicio del Procès.

Los barones no quieren ni oír hablar del superdomingo, pero sus opiniones importan poco o nada a Sánchez, al que desde hace años le sobran los dedos de una mano para contar los líderes territoriales de los que se fía. Fueron muchos de ellos, con Susana Díaz al frente, los que lo apuñalaron para apartarlo de la secretaría general tras su famoso «no es no» a Rajoy en la investidura, un «no es no» que después emplearía acertadamente entre las bases para acabar recuperando el cetro. Una fuente que lleva trabajando muchos años en primera línea política apunta que, egoístamente, la opción de hacer coincidir las elecciones puede ser favorable para el secretario general, ya que de esta forma todos los dirigentes locales y autonómicos tendrían que remar en el mismo sentido. Algo que seguro no se le escapa a Iván Redondo.

Una de las primeras cosas que hizo Pedro Sánchez cuando reconquistó la secretaría general del partido fue blindarse en el poder modificando los estatutos a su antojo, protegiéndose de cualquier otra traición interna. Su posición en la cúspide de la pirámide del partido es indiscutible, y moverle la silla de la dirección no parece sencillo, pero sin embargo continúa sin tener un control real del partido. El PSOE recuerda a un reino de taifas en el que cada uno hace la guerra por su cuenta, con algunos barones consolidados que temen perder su plaza por culpa del coqueteo del presidente con los secesionistas, como Vara o Page; en las antípodas de Iceta, que pide todavía más concesiones para que el PSC pegue un estirón que le permita tocar poder. Sánchez tienen muchos títulos orgánicos, pero no acaba de ejercer un control real sobre el territorio. Un comandante sin tropas. Varios barones han enviado emisarios a Ferraz a lo largo de los últimos días para entrevistarse con el ministro de Fomento, José Luis Ábalos, una de las pocas personas de confianza del presidente del Gobierno al que todavía le resta algo de crédito entre los líderes territoriales, al considerar estos que a pesar de su contrastado sanchismo, aún antepone las siglas del partido a la figura del jefe.

Ferraz y el asesor del presidente

Ferraz tiene un problema con el principal asesor del presidente, y es que este donostiarra de 37 años es alguien ajeno al partido que solo cobra por colocar lo más arriba posible la figura del presidente, que no necesariamente tiene que coincidir con la buena salud del partido. Antes de ser reclutado por Sánchez, Redondo trabajó asesorando a Monago, el presidente del PP en Extremadura. Y probablemente, en cuanto a Sánchez se le agote su carrera política, algo que podría suceder en tan solo un par de meses, pasará a trabajar para cualquier otra organización.

Según fuentes a las que ha tenido acceso La Voz de Galicia, los socialistas de peso se refieren a Redondo como Tigelino, el pretoriano romano conocido por su extremada crueldad (Tigelino, el carnicero) al que Nerón le habría encargado incendiar Roma para poder construir su palacio sobre las cenizas. Basta sustituir Roma por Ferraz y Nerón por Sánchez para entenderlo todo.

En la desangelada dirección del PSOE pelean por llevar las elecciones a octubre. Quieren un tiempo de regeneración suficiente para que Sánchez pueda desvincular su imagen de cómplice del secesionismo. Le piden que alimente ese perfil que tiene de hombre con piel de elefante y que aguante unos meses. En unos días presentará su polémico libro, Manual de resistencia. Tratan de convencerle de que unas elecciones a la vuelta de la esquina no pueden tener otro final que no sea  Pablo Casado durmiendo en La Moncloa. Sin embargo, apuntan, la política cada vez gira más rápido, por lo que una convocatoria en otoño podría dar tiempo a un vuelco en las encuestas.

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