Un debate bronco que no disipa el bloqueo

Sánchez se distancia de Iglesias y no aclara con quién pactará, y Casado entierra la gran coalición


MAdrid / La Voz

Malas noticias para el desbloqueo. El esperado debate a cinco se convirtió en un fuego cruzado, bronco, con más trazo grueso que argumentos, sin un ganador claro y tras el cual no se atisba salida al endemoniado tablero político en el que no hay Gobierno posible sin un pacto transversal entre derecha e izquierda.

Los bloques permanecen, pero menos cohesionados que antes. Mientras Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal se disputaron encarnizadamente el voto de la derecha, en la izquierda Pedro Sánchez y Pablo Iglesias demostraron estar más lejos que nunca. No hay pactos mayoritarios a la vista y todos siguen acusándose de promover el bloqueo. Pese a que todos lo interpelaron por ello, Sánchez no aclaró con quién quiere pactar. Ni siquiera descartó el apoyo de los independentistas. Y Casado garantizó que no pactará con el PSOE, enterrando así la gran coalición.

El líder socialista, empeñado en ser propositivo en todas las materias, anunció una modificación del Código Penal para tipificar como delito la celebración de referendos, lo que le valió que los candidatos de derecha le recordaran que fue Zapatero quien lo despenalizó. Iglesias, sin embargo, rehuyó ese debate e instó a Sánchez a «no achicarse» ante la «derecha agresiva e ignorante» y proclamar que España es un «país plurinacional». Sánchez, sin embargo, huyó de ese abrazo del oso. Puso la máxima distancia con Podemos en esta cuestión, pero también con Casado y Rivera que le preguntaban, sin obtener, respuesta, si Cataluña es una nación. El líder del partido naranja fue el único que propuso aplicar el artículo 155, pero Abascal le desbordó planteando directamente suspender la autonomía en Cataluña y detener a Torra.

Bronca a costa del franquismo

Sánchez se quedó solo en su optimismo frente al «enfriamiento» de la economía y anunció por ello que Nadia Calviño será la próxima vicepresidenta del Gobierno. Se distanció también aquí de Iglesias cuestionando sus ataques al empresario Amancio Ortega. Mientras el líder morado apeló a aplicar los recortes «por arriba» y a subir impuestos a las empresas, Casado acusó a Sánchez de «ocultar los efectos de la crisis para ganar las elecciones» y planteó una bajada de impuestos generalizada. Rivera se erigió en defensor de las familias y las clases medias y Abascal lo impugnó todo y criticó un histórico «expolio fiscal» del PSOE a la clase media y acusó al líder del PSOE de preocuparse por «desenterrar un muerto» en lugar de por las «emergencias sociales».

El momento tenso surgió cuando Sánchez propuso disolver la Fundación Francisco Franco y todas las que defiendan la dictadura. Algo que provocó que Abascal e Iglesias acabaran echándose a la cara los muertos de la Guerra Civil y los de ETA, y que Casado y Rivera lo acusaran de estar dispuestos a pactar con los proetarras de Bildu para ser presidente.

Sánchez, pese a recibir desde todos los frentes, salió vivo adoptando un tono presidencial y sin bajar al barro más que en contadas ocasiones. Casado mantuvo también el tono moderado, eludió la confrontación con Abascal y se presentó como única alternativa a Sánchez. Rivera, consciente de que era su última posibilidad de redimirse, fue a por todas. Efectista y blandiendo todos sus gadgets, pero al borde de la sobreactuación, se empeñó en equiparar al PSOE y el PP y probablemente levantó algo el ánimo de su parroquia. Iglesias, con la actitud serena de anteriores debates, buscó el cuerpo a cuerpo con Sánchez y lo zahirió con la acusación de que busca ser investido por la derecha y reivindicándose como única opción para impedirlo. El debutante Abascal, cómodo en el papel del cowboy que dispara contra todos, se centró en colocar su mensajes sobre el «golpe de Estado permanente» en Cataluña, «el consenso progre» y la necesidad de «proteger» las fronteras, y concluyó con un «¡Viva España!».

Después de este debate, los indecisos tienen más elementos de juicio pera decidir su voto. Pero, a cinco días de las elecciones, el bloqueo permanece y todo sigue abierto.

Los conejos de la chistera de Sánchez

Fran Balado
Pedro Sánchez, en el debate electoral
Pedro Sánchez, en el debate electoral

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El presidente del Gobierno en funciones y candidato socialista, Pedro Sánchez, intentó hacerse con la iniciativa en todos los bloques sacándose de la chistera medidas o propuestas inéditas en este arranque de campaña. 

Cohesión de España

Todo el foco en Cataluña. Sánchez fijó posición anunciando que si sale reelegido presidente impulsará tres medidas para frenar el desafío secesionista: una asignatura «sobre educación en valores civiles, constitucionales y éticos»; que los consejos de las televisiones públicas sean aprobados por dos terceras partes de los parlamentos y acabar así con «el sectarismo de TV3»; y la vuelta al Código Penal de un referendo. De inmediato Casado le recordó sus compañeros de viaje: «Depende de los votos de los independentistas y va a volver a pactar con ellos», advirtió. Rivera, que ya en el anterior debate sorprendió por los cachivaches con los que acudió al plató, sacó del atril un adoquín para denunciar los disturbios de Barcelona. Abascal no fue el más constructivo. Prometió «suspender la autonomía, tomar el control de TV3 y los Mossos, ilegalizar partidos independentistas» y detener a Torra. Iglesias, incómodo con el tema, recriminó al resto su fijación afeándoles su olvido por el mundo rural, citando a «los productores lácteos de Lugo». 

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