Las enfermedades que se disparan cuando ganas menos

La renta anual produce una brecha de salud entre los ciudadanos: la renta incide en las dolencias


redacción / la voz

Salud y dinero no deberían caminar de la mano, pero desgraciadamente, los datos ofrecen una realidad diferente. No solo en cuanto acceso a servicios sanitarios, sino en la aparición de determinadas enfermedades. Así lo demuestran las últimas estadísticas publicadas por el Ministerio de Sanidad, donde se puede observar cómo la incidencia de algunas patologías es mayor en personas con umbrales de renta menores a los 18.000 euros anuales.

La brecha de salud se hace evidente en temas donde la alimentación juega un papel primordial, como puede ser la hipertensión en Galicia, donde la incidencia en personas con rentas medio-altas es de 137 por cada mil pacientes, mientras que en umbrales bajos aumenta a 199. Algo similar ocurre con la obesidad, que afecta tres veces más a las personas con pocos ingresos. «Las familias con rentas bajas tienen que optar por alimentos más baratos, que suelen ser los ultraprocesados. El consumo en exceso de estos productos deriva en sobrepeso, obesidad y, claro, hipertensión», explica Fátima Branco, nutricionista y farmacéutica.

Una de las recomendaciones principales para tratar esta última patología es reducir el consumo de sal, pero tal y como añade Viki Lorenzo, también nutricionista, «la mayoría de sal que consumimos no es la que le echamos a la comida, sino la que viene incluida en los ultraprocesados. La bollería, los refrescos y los dulces son más asequibles económicamente. No debería ser así».

Ambas especialistas coinciden en que existe una relación directa entre la alimentación y la renta de la población. «El trabajo y los salarios siempre van a influir en cómo nos alimentamos, ya sea por el tema de ingresos o por los horarios. Si un trabajo no está bien regulado y tienes que comer a las cinco es todo más caótico y se suele tirar más de ultraprocesados por falta de tiempo», comenta Branco. Según los últimos datos de la Encuesta Nacional de Salud (2017), el 46 % de la población con rentas altas consume a diario verduras y hortalizas, un porcentaje que desciende hasta el 36 en umbrales bajo. En el caso de bebidas azucaradas, la ingesta diaria es del 14 % en clases bajas y de solo el 3 % en las más adineradas.

Depresión y ansiedad

La relación entre salud mental y renta también es directa, según arrojan los resultados de sanidad. Así, se puede ver cómo la depresión, la ansiedad y las cefaleas son patologías cuya predisposición e incidencia es mayor cuanto más bajos son los ingresos. Según Jesús Cudeiro, psicólogo general clínico de la Clínica Balión, «desde que empezó la crisis económica los niveles de ansiedad aumentaron sobremanera en la población. Hasta convertirse en la primera causa de baja laboral en España, por encima incluso de la depresión u otro problema físico», señala.

Los contratos precarios y la falta de estabilidad laboral favorecen la aparición de trastornos mentales como la depresión. Explica Cudeiro que es algo común entre gente joven porque «imagina que tu plan es que a los 30 años tengas un trabajo estable y cobres un determinado sueldo. Si cuando llegas a ese momento ves que no lo has conseguido, pues es normal que termines desarrollando estados de ánimo depresivos». Según sanidad, es la tercera patología que más afecta a los gallegos con ingresos más bajos, registrándose 87 casos por cada mil pacientes con esas condiciones económicas. «Está todo relacionado con el estrés», concluye este psicólogo.

Y es que no solo afecta mentalmente, sino que tiene repercusiones en todo el cuerpo, como puede ser en el sistema locomotor. «El estrés es una reacción del cuerpo que nos prepara para un estado de supervivencia. Esa situación, mantenida a largo plazo hace que el cuerpo agote las reservas energéticas y lo lleva a una fase de agotamiento, que se convierte en una patología, como pueden ser las contracturas musculares», explica Ricardo Pereira, fisioterapeuta de Physio. Sanidad dice que de cada mil gallegos con ingresos bajos, 41 refiere tener dolor muscular en sus consultas con los médicos de cabecera. La cifra disminuye a 28 en aquellas personas con rentas superiores a 18.000 euros anuales. Para Ricardo, esto «podría estar relacionado directamente con el tipo de profesión que realice la población. Por ejemplo, aquellas que trabajan con personas dependientes. Sufren una carga física brutal y cobran un salario muy bajo».

Existen también trabajos en los que si bien la carga física no es excesiva, sí se mantiene en el tiempo, generando problemas de desgaste como la artrosis de rodilla: «Muchas de mis pacientes son amas de casa o trabajadoras del hogar que han ido cargando a lo largo de los años sus rodillas», explica Cristina Gallego, también fisioterapeuta. Con todo, señala que el grueso de sus pacientes responde al perfil de gente joven con puestos de oficina: «Ahí hay también mucha precariedad laboral. La gente trabaja y gana dinero, pero a costa de jornadas muy largas», concluye.

Consumir ultraprocesados aumenta un 33 % el riesgo de padecer depresión

marta otero

El proyecto SUN estudió durante más de diez años a 15.000 graduados universitarios

Consumir ultraprocesados de forma habitual puede llevar a un mayor riesgo de desarrollar depresión clínica en el futuro. Es la evidencia extraída de un estudio con más de 14.000 voluntarios de la cohorte Seguimiento Universidad de Navarra (SUN), dirigido por Miguel A. Martínez- González, investigador principal del CIBER en su área temática de Fisiopatología de la Obesidad y Nutrición (CIBEROBN).

Tras estudiar durante una media de más de diez años los hábitos alimentarios de un total de 14.907 voluntarios que no habían sufrido nunca depresión al inicio del estudio, se detectaron 774 nuevos casos de depresión clínicamente diagnosticada durante un seguimiento máximo de 16 años. Los consumidores de alimentos ultraprocesados presentaban un incremento relativo del riesgo de desarrollar depresión del 33 % en comparación con quienes tenían un consumo nulo o mínimo. Este efecto adverso era todavía mayor en personas con niveles bajos de actividad física.

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