Lo que Trump y sus seguidores han enseñado al mundo de América

El atractivo de la democracia estadounidense era su mejor activo en el extranjero, pero el presidente ha destruido ese legado incitando a la violencia política


The Atlantic

Hemos promovido la democracia en nuestras películas y libros. Hemos hablado de la democracia en nuestros discursos y clases. Incluso hemos cantado sobre la democracia de una a otra costa en nuestras canciones nacionales. Tenemos oficinas gubernamentales completamente dedicadas a pensar sobre cómo podemos ayudar a otros países para convertirse en democracias. Hemos creado instituciones para hacer lo mismo.

Y aún a día de hoy el arma más importante que los Estados Unidos ha ideado nunca en defensa de la democracia, en defensa de una política libre, en defensa de los derechos universales, en defensa de las leyes, sigue siendo el poder del ejemplo. Al fin y al cabo, no han sido nuestras palabras, nuestras canciones, nuestra diplomacia, ni siquiera nuestro dinero ni nuestro poder militar lo que importaba. Han sido más significativas las cosas que hemos conseguido: los dos siglos y medio de transiciones pacíficas de poder, la lenta pero gran difusión de nuestra forma de vida, y las duraderas y sólidas tradiciones de debates civilizados.

En 1945, los países que habían sido ocupados por los nazis en el oeste de Europa eligieron ser democráticos, en parte porque aspiraban a parecerse a sus liberadores. En 1989, los países que habían sido ocupados por los comunistas en el este de Europa también eligieron convertirse en democracias, en parte porque ellos también querían unirse a los grandes y prósperos países que amaban la libertad, guiados por la alianza democrática liderada por América. Una gran variedad de países de Asia, África y Sudamérica también eligieron la democracia en las últimas décadas, también en parte porque ellos querían ser como nosotros, porque vieron un camino para resolver de forma pacífica sus propios conflictos tal y como nosotros hicimos, utilizando las elecciones y el debate en lugar de la violencia.

Ciudadanía y ejemplo

Durante este período, muchos políticos americanos y diplomáticos imaginaron erróneamente que fueron sus inteligentes palabras o sus propios hechos los que convencieron a otros para unirse a lo que finalmente fue una amplia e internacional alianza democrática. Pero estaban equivocados. No fue por ellos; fuimos nosotros, los ciudadanos, y nuestro ejemplo.

En los últimos cuatro años, este ejemplo ha sido dañado enormemente. Elegimos a un presidente que se negó a reconocer el proceso democrático. Nos quedamos parados sin hacer nada mientras miembros del partido de Donald Trump conspiraban cínicamente con él, ayudándole a violar las leyes y normas que se suponía debían limitar su poder. Fuimos indulgentes con los «medios de comunicación» que le animaban, mentirosos profesionales que hacían como que creían las historias del presidente, incluidas sus declaraciones inventadas sobre un fraude electoral. Entonces llegó el desenlace: una invasión torpe del Capitolio por los seguidores del presidente, algunos vestidos con disfraces extraños, otros vistiendo símbolos nazis u ondeando banderas confederadas. Consiguieron el objetivo de Trump: la paralización de la certificación oficial del resultado electoral. Los miembros de la Cámara de Representantes y del Senado, y el vicepresidente Mike Pence tuvieron que salir escoltados de las Cámaras legislativas. Al personal se le dijo que se escondiera en el Capitolio. Una mujer murió a causa de un disparo.

Reputación dañada

No hay forma de sobreponerse a la trascendencia de este momento, no hay manera de ignorar el poder del mensaje que estos hechos envían a las dos partes: a los amigos y enemigos de la democracia en todo el mundo. Las imágenes de Washington que recorren el mundo son más dañinas para la reputación de América como democracia estable que las imágenes de los jóvenes protestando en contra de la guerra de Vietnam hace unas décadas, y son más perturbadoras para los extranjeros que las manifestaciones y protestas del último verano. A diferencia de otros disturbios de años atrás, los hechos del miércoles en el Capitolio no representan una disputa política, un desacuerdo sobre una guerra extranjera o el comportamiento de la policía. Fueron parte de una discusión sobre la validez de la propia democracia: una muchedumbre violenta decidió que deberían ser ellos los que eligieran al próximo presidente, y Trump les alentó a hacerlo. Así como también todos sus aliados en el Congreso y todos los propagandistas de ultraderecha que le apoyan. Por unas horas, lo consiguieron.

Los amigos de América estaban horrorizados. Después del asalto al Capitolio, el secretario general de la OTAN y el primer ministro británico condenaron lo que estaban viendo en televisión. También lo hizo el primer ministro danés, el ministro de Asuntos Exteriores sueco, el ministro de Defensa israelí, el presidente de Chile y otros muchos líderes. Todos estos países se sienten tan próximos a la democracia americana que se tomaron estos hechos de forma personal, como si fueran desafíos a sus propios sistemas políticos: «Los ataques por fanáticos de Trump al Capitolio han hecho daño a cualquier amigo de los EE.UU.», escribió un político alemán.

La felicidad de los enemigos de América

Los enemigos de América dijeron menos, pero seguramente disfrutaron más de las imágenes. Este jueves por la mañana, después de todo, el gobierno de China arrestó a líderes del movimiento democrático en Hong Kong. En el 2020, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, que hizo tanto para llevar a Trump a la Casa Blanca, fue acusado de envenenar a su mayor rival político, Alexéi Navalni. En la historia reciente, el príncipe heredero de la Corona saudí ordenó el asesinato de un periodista que había sido uno de sus críticos más importantes; líderes iraníes, bielorrusos y venezolanos encarcelan regularmente a disidentes en sus países.

Después del asalto al Capitolio, todos ellos se sentirán más seguros y confiados en sus posiciones. Utilizan la violencia para evitar el debate y una transición pacífica de poder. Ahora ellos han visto que el presidente de los EE.UU. también actúa como ellos. Trump no ha ordenado el asesinato de sus enemigos, pero nadie puede estar seguro de lo que podría hacer para mantenerse en el poder. La alegría por el mal ajeno seguirá siendo la emoción dominante en Moscú, Pekín, Teherán, Caracas, Riad y Minsk. Los líderes de estas ciudades, hombres sentados en lujosos palacios, rodeados de guardias de seguridad, disfrutarán de las imágenes de Washington, viendo a unos Estados Unidos tan abatidos.

Los otros perjudicados

Los estadounidenses no serán los únicos que sufrirán el terrible daño que Trump y sus seguidores han hecho al poder del ejemplo de América, la reputación de América, y por último, y más importante, la reputación de la propia democracia. Los rebeldes inexpertos que pensaron que sería interesante irrumpir en las Cámaras de debate puede que vayan a la cárcel, pero no pagarán ningún precio real, ni tampoco los conspiradores teóricos que creyeron las mentiras del presidente y acudieron en masa a Washington. En su lugar, el coste real lo sufrirán los residentes de Moscú, Pekín, Teherán, Caracas, Riad y Minsk, los disidentes y opositores, los aspirantes a demócratas que planean, organizan, protestan y sufren, sacrificando su tiempo y en algunos casos también su vida solo porque ellos quieren el derecho a votar, a vivir en un Estado gobernado por las leyes, y disfrutar las cosas que los americanos ya dan por hechas, y que Trump no ha valorado en absoluto.

Después de lo visto el miércoles, tendrán una fuente menos de esperanza, un aliado menos en el que confiar. El poder del ejemplo de América será diezmado una vez más; los discursos de los americanos serán más difíciles de escuchar. Las llamadas a la democracia por parte de EE.UU. pueden ser rechazadas con desprecio: «Vosotros ya no creéis en ello, ¿por qué deberíamos hacerlo nosotros?». Ha sido mucho lo que este presidente ha tirado por la borda con desprecio, ha sido mucho lo que conscientemente ha sido abandonado, demasiadas amistades difíciles de conseguir y alianzas que han sido olvidadas por Trump, y por sus seguidores en el Senado, en el Gobierno y por la prensa de extrema derecha. Ellos no entienden el verdadero valor de la democracia. Y nunca lo harán. 

© 2021 The Atlantic. Distribuido por Tribune Content. Traducción Sara Pérez.

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