Jordi Cicely: «Me lavaba las manos más de 200 veces al día»

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Jordi Cicely es autor de dos novelas en los que trata temas como la ansiedad o el trastorno obsesivo-compulsivo
Jordi Cicely es autor de dos novelas en los que trata temas como la ansiedad o el trastorno obsesivo-compulsivo Óscar Cela

Este escritor gallego, afincado en Ferrol, trata en sus dos novelas temas como la ansiedad, el apego o el trastorno obsesivo-compulsivo que él padeció desde que era niño. «Empecé con los rituales por el miedo a un profesor», señala

21 ene 2026 . Actualizado a las 13:18 h.

A Jordi Cicely (Friol, Lugo, 1978) escribir le cambió la vida. Fue a través de la escritura cómo consiguió canalizar sus problemas con la ansiedad y los trastornos obsesivo-compulsivos, pero también ha sido a través de la literatura cómo ha podido expresar emociones que se habían quedado profundamente atrapadas en su interior. Le pasó con Mariela envenena sus sueños, su primera novela, en la que trata temas como la ansiedad, el apego y la hipocondría, y ahora con El verano que volvió Scherezade (Editorial Fanes), su segunda obra, en la que la protagonista relata el mismo infierno del trastorno obsesivo compulsivo (TOC) que ha padecido durante años este lucense afincado en Ferrol.

«Jairo, uno de los personajes, es mi alter ego, y poco a poco va explorando emociones que no son tan habituales en los hombres», apunta Jordi, que ha tenido que hurgar en su infancia para comprender lo que ha padecido a lo largo de décadas. «Yo fui un niño muy sensible, pero entonces nadie te hacía caso si dabas señales de alerta. Si lo pienso, en realidad a mí me trataban como un bicho raro, en lugar de entenderme y comprender qué me pasaba». «Debía de tener unos 8 o 9 años cuando empecé con los rituales, con las manías, que luego se fueron extremando hasta acabar en un trastorno», asegura Jordi, que relaciona su ansiedad con un profesor que la tenía tomada con él. «Había un programa que se llamaba Waku, Waku y yo no podía verlo hasta el final. Recuerdo que apagaba la tele antes de que terminase, porque yo pensaba que si lo veía entero y aparecía la sintonía, este profesor al día siguiente me iba a reñir o se iba a cebar conmigo», cuenta.

Jordi sufrió muchísimo de pequeño y llegó a padecer tanta ansiedad que sentía que se volvía loco: «Las sensaciones que tenía eran como que yo estaba metido en un videojuego, como si mi cuerpo se separase de mí, los sentidos se me agudizaban... No era capaz de estar plenamente conectado con el presente. Yo se lo decía a mi madre, pero, claro, ella no sabía lo que era y solo me respondía: “No hagas caso”».

Así que el tiempo no jugó a su favor. Los años fueron pasando, la necesidad de control fue a más, la ansiedad fue escalando y esa rigidez lo llevó a sufrir cada vez más el TOC: «Ya de mayor, no me digas por qué, hubo un tiempo en que no podía entrar en el Lidl ni en Froiz, supongo que relacioné esos supermercados con algo malo, porque mi mente funcionaba así, por asociación».

«Si leía el periódico, solo podía poner la vista en las páginas impares, no miraba las pares, y si escuchaba música, que a mí me encanta, siempre lo hacía en el mismo orden, las mismas canciones siempre», explica Jordi, que pone ejemplos para que entendamos cómo le afectaba este trastorno. «Imagínate, yo siempre salía de casa por el mismo camino, entraba al trabajo siempre por la misma puerta, tenía rituales en casa, fuera... Durante un tiempo los hacía para conseguir un empleo, luego dentro del propio trabajo para que las cosas me fueran bien, porque pensaba que si no los hacía, después iba a discutir con mi jefa o con algún compañero, que ese día me iban a dar una mala noticia, que mi pareja me iba a dejar...», indica. «Era tan agotador —añade Jordi— que podía pasarme unas cuatro horas al día haciendo rituales. Los tenía al despertarme, al acostarme, a la hora de comer... Si me levantaba de la cama, las zapatillas tenían que estar de una determinada manera y siempre me ponía primero la izquierda y luego la derecha. Bueno, antes tenía que apagar el despertador, porque el móvil no me valía, lo tenía en silencio, ¡y si me dejaba el móvil encendido antes de dormir y lo veía a la mañana siguiente ya pensaba: “Ay, mi madre, el día que me espera”. Después, encendía el teléfono, siempre con las dos manos, y entonces ya podía desayunar: la fruta, la leche, los cereales, todo seguía un orden».

Los números pares

El desayuno lo hacía cumpliendo una lógica, la cena igual, y a la hora de la ducha era implacable, con rituales que lo conducían a bloques de números pares: si se enjabonaba el pelo cuatro veces, tenía que aclarárselo cuatro veces; entonces también tenía que enjabonarse el cuerpo cuatro veces y aclarárselo otras cuatro... «Al parecer, esto de los números pares es algo habitual, según me contó años después la psicóloga, porque son más fáciles de emparejar y a la hora de la asociación es más sencillo. Si lo haces en tres veces o en cinco, te produce más inquietud», expresa Jordi. «Si estaba escuchando música en el ordenador, yo no podía irme a la cama si la canción no había llegado a la mitad, podía no escucharla hasta el final, pero no me podía marchar si no había llegado a la mitad. Y en la calle, por mucha prisa que tuviera, no podía dejar de escucharla, aunque se me fuera el autobús», explica.

«Mi cabeza —continúa— tenía que tener todo controlado, así que si cogía una obsesión, luego nunca la dejaba, sumaba otra, porque el cerebro las va añadiendo. Si un día, es un decir, me tomaba una Coca-Cola y me había pasado algo bonito, pues mi mente ya lo relacionaba con algo bueno. De la misma manera, si me ponía una determinada ropa y algo me iba mal, ya la sacaba de en medio y no la usaba más».

Todo este calvario fue minando a Jordi que poco a poco iba viendo cómo también sus relaciones personales se deterioraban debido a su trastorno. Un día no pudo más y se puso en manos de una profesional. «Recuerdo que lo primero que le dije cuando entré por la puerta fue: “Yo quiero salir de aquí”», rememora.

Él —añade— le debe la vida a su psicóloga, María Pérez, de Ribadeo, que fue quien «lo salvó». Ella le mandó hacer una lista de todos los TOC que tenía, él le entregó tres hojas y empezaron a trabajar, porque Jordi venía también de una ruptura de una relación de apego de varios años. «En general, tengo que decir que cada vez que me dejaba alguien, aunque fuera una historia de una semana, lo sentía como un drama», apunta este gallego, que a partir de sus sesiones con la psicóloga empezó a escribir sus sensaciones y sus pensamientos cada vez que procuraba sacarse de encima un ritual del TOC.

«Lo de lavarme las manos era exagerado, me lo he quitado bastante, pero en invierno las tengo muy comidas y eso que ya me echo una crema especial», apunta. ¿Cuántas veces podías lavártelas al día?, le pregunto. «Pues unas 200 veces o más, sí, sí, tranquilamente, y no sé si me quedaré corto», responde.

En terapia, Jordi puso toda su voluntad —«soy muy tenaz, ¿sabes?», enfatiza— y esa fuerza enseguida la vio su psicóloga que, paso a paso, lo fue guiando en ese duro camino. «A veces vuelven esos pensamientos —expresa—, pero ahora me gusta pararlos y cuando veo que me viene una manía y no la hago, si veo que estoy muy nervioso, me pongo a escribir. También te digo que hoy mi pareja es un gran apoyo, porque ella también sufrió TOC y me entiende. Los dos nos ayudamos y estamos curadísimos», resalta este escritor, que reivindica la necesidad que tienen los hombres de expresarse: «Nos sigue dando vergüenza contar nuestras intimidades, mostrarnos como somos, aflorar nuestros sentimientos».

Apasionado de la cultura británica y de Londres, donde trabajó unos años como agente de pasaje de Easy Jet, la mejor época de su vida, según reconoce, en la que tuvo oportunidad de ver subirse al avión a los hermanos Gallagher, a Mourinho o al actor Rupert Everett, después de una travesía dura en Galicia ahora se siente a gusto en Xoane, en Ferrol, «un paraíso» al que llegó hace cinco años con su novia. En Caranza terminó su primera novela y empezó la segunda, que rescata el nombre de la narradora de Las mil y una noches. En ella ha vertido el cansancio y la vergüenza que Jordi sintió debido a las obsesiones que, afortunadamente, hoy ha superado con mucha fuerza de voluntad.