Los sicarios argelinos: cuatro manos (inexpertas) para una venganza

El modus operandi y los rastros dejados por los presuntos autores materiales de la muerte de Javier Ardines al tesón de la UCO sugieren un perfil «amateur» como matones a sueldo

Un agente de la Guardia Civil examina uno de los automóviles relacionados con el caso de Javier Ardines
Un agente de la Guardia Civil examina uno de los automóviles relacionados con el caso de Javier Ardines Guardia Civil

Desde la detención, el martes, de cuatro hombres acusados de tramar y ejecutar la muerte del concejal llanisco Javier Ardines, el grueso de la atención se ha centrado en el presunto cerebro del crimen, familiar político y amigo íntimo de la víctima, Pedro Luis Nieva, y en el núcleo de intimidad en el que la amistad y la extrema cercanía fue enmarañándose en un nudo finalmente letal de celos y venganza. Pero el cerebro tuvo mensajero para transmitir sus órdenes. Y manos para ejecutarlas. La palabra 'sicario' ha sido desempolvada en titulares y crónicas para referirse a los dos ciudadanos argelinos a los que la Guardia Civil acusa de dar muerte a Ardines: dos delincuentes de perfil bajo vinculados al entorno del tráfico de drogas que habrían comprometido a cambio de dinero el cumplimiento de la encomienda de Nieva, recibida a través el cuarto detenido, 'Chus', el amigo que hizo de emisario. Uno de ellos, el arrestado en Erandio (Vizcaya), abrió anoche la ronda de comparecencias, declarando durante más de dos horas ante la jueza de instrucción en Llanes. Las probabilidades de que eso sucediera hubieran sido menores en caso de ser un verdadero 'profesional' del sicariato. Porque, aunque el estereotipo popular asocie la idea del sicario con asesinatos ejecutados con extrema eficiencia y poco o ningún margen para los errores, los rastros que dejó lo sucedido en el camino que une las viviendas de Ardines y Nieva en Belmonte de Pría impugna por su propio peso esa imagen de 'profesionalidad' y discreción.

Las viviendas de Javier Ardines y Pedro Nieva, en una captura de Google Maps de Belmonte de Pría
Las viviendas de Javier Ardines y Pedro Nieva, en una captura de Google Maps de Belmonte de Pría

De entrada, y según lo que se va conociendo del atestado, aún bajo secreto de sumario, los dos presuntos matones operaron de un modo que permitió a su víctima intentar la defensa o la huída, como lo prueban los 70 metros recorridos por Javier Ardines entre las vallas que le cerraron el paso y el punto donde murió por asfixia, después de haber recibido, como mínimo, un golpe en la nuca que, si pretendió dejarle fuera de combate o acabar incluso con su vida, no lo consiguió. Ni siquiera el empleo de un aerosol de gas pimienta sobre Ardines impidió que el edil reaccionase e intentase, al menos, la huida.

La acción poco tiene que ver con los fulminantes procedimientos de los sicarios cuando quieren acabar con la vida de su objetivo: por lo general -y según explican fuentes policiales familiarizadas con este siniestro mercado- un disparo en la cabeza a corta distancia con un arma de pequeño calibre y la huida inmediata, aunque haya variaciones según los encargos y la procedencia de los criminales, que en otros casos prefieren las armas blancas o prácticas más atroces, con las que pretenden enviar algún 'mensaje' añadido. Tampoco han aparecido, de momento, en la investigación elementos habituales en los escarmientos o las intimidaciones a través de sicarios, como puños americanos, barras de metal o bates.

Además, los atacantes fueron tan descuidados como para dejar en el escenario del crimen rastros -hay informaciones discrepantes sobre si entre ellos está su ADN- que abrieron desde los primeros compases vectores sólidos para la investigación. Las vallas que utilizaron para cerrar el paso a Ardines y otros puntos del entorno de la emboscada retuvieron algunos de esos vestigios, como los de gas pimienta, a los que ahora podrían sumarse los hallados en el Citroën C4 gris propiedad del ciudadano argelino detenido en Bilbao que el cotejo posterior ha confirmado que fue registrado por las cámaras en Belmonte de Pría y otros puntos del trayecto entre Llanes y Bilbao los días previos al del crimen y el mismo 16 de agosto. El sistema de llegada en moto, ataque y huida habitual en el sicariato colombiano o el uso de vehículos con matrícula falsa contrasta con el descuido de los presuntos atacantes de Ardines. En su automóvil se buscan también rastros la sustancia que se empleó para aturdir al concejal. Una complicación, de confirmarse, tampoco usual entre la élite del gremio.

Por otra parte, la persistencia en la actividad delictiva de al menos uno de los agresores también se aleja del perfil de los sicarios de mayor estatus y caché profesional, que se dedican exclusivamente a sus encargos, suficientemente bien pagados como para convertirse en un holgado medio de vida. Por el contrario, el delincuente argelino que permanece a la espera de extradición en una cárcel suiza huyó, pero fue detenido en el país helvético por delitos relacionados con el pequeño tráfico de drogas y un robo con violencia; algo que un profesional del asesinato o la intimidación no necesita ni debe hacer si quiere pasar desapercibido entre encargo y encargo.

Tarifas opacas

Las tarifas son, lógicamente, opacas en este sector, y varían enormemente en función del encargo y de quién lo encargue. Un muestreo por las crónicas de muertes recientes atribuidas a sicarios demuestra que hay quien está dispuesto a matar por unos centenares de euros y quien solo lo hace por encima de los 30.000, los 50.000 o incluso por cifras mayores; sucede, por ejemplo, cuando para narcos que quieren recuperar mercancía robada y dar un escarmiento. El precio es una comisión a cuenta del valor de lo recuperado, que a menudo es estratosférico. Pero hay unanimidad en que los precios más baratos corresponden a pequeños delincuentes que obtienen un 'extra' con ocasionales incursiones en el sicariato, como sucede en los países de Centroamérica, en Colombia o en Brasil: mercenarios de baja estofa movidos por la desesperación o la supervivencia inmediata.

Todo parece indicar que los dos detenidos por causar materialmente la muerte de Javier Ardines están más cerca de este perfil 'amateur' que el de los exmilitares, exmafiosos o exguerrilleros que nutren el censo de los sicarios en España; una cifra mucho menor de la que podría hacer pensar  cualquier consulta superficial en internet, donde parecen abundar los servicios de presuntos matones dispuestos a resolver cualquier asunto por cualquier procedimiento. Estadísticas oficiales de la Fiscalía del Estado estimaban que hace un par de años medio millar de auténticos profesionales de la muerte o la amenaza por dinero operan en España, y atribuían al menos una cincuentena de crímenes recientes a sus negros oficios. La inmensa mayoría de las ofertas en la red -también en la deep web o la Red Tor, el discreto 'Router Cebolla' que permite la navegación anónima- son puros y duros timos que buscan un pago por adelantado, a sabiendas de que el estafado no denunciará la estafa.

Los matones 'pata negra' requieren algo más que un email para ser contratados por un ciudadano 'limpio', y se les contacta en la mayor parte de los casos a través de intermediarios. Ese matiz del sicariato sí se habría cumplido en este caso, ya que la UCO considera que el tal 'Chus', Jesús, un amigo personal de Pedro Nieva, fue su conseguidor para obtener los servicios de los dos ejecutores. La revelación de que el comitente ha estado implicado en un presunto caso de tráfico de marihuana, acusado de realizar la instalación eléctrica para un gran criadero en el norte de Burgos, añade un punto de contacto entre el ámbito del menudeo de drogas en el que las investigaciones enmarcan a los mercenarios y el hombre a cuyos celos y afán de revancha se atribuyen la puesta en marcha de todo este siniestro mecanismo.

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