¿Existió el rey Pelayo? Henry Kamen presenta su teoría

ASTURIAS

 Defensa de Covadonga . Historia universal / por César Cantú.
Defensa de Covadonga . Historia universal / por César Cantú.

El hispanista dedica al mítico origen del reino de Asturias un capítulo de su libro «La invención de España»

04 mar 2020 . Actualizado a las 20:10 h.

Todos los niños asturianos crecen con el lema grandón e históricamente nada riguroso de que «Asturias es España y lo demás tierra conquistada», divisa que presume que la mítica batalla de Covadonga con las huestes de Pelayo encaramadas a la cueva supone el primer episodio en el nacimiento del país contemporáneo y además con intervención divina, virgen católica mediante. Lo aprendieron así en la escuela generaciones enteras de españoles, los que pasaron su niñez bajo la dictadura franquista; y, todavía en el presente, su simbología ha sido aprovechada por los partidos de espectro más conservador para dar el pistoletazo de salida a su campaña en las elecciones generales. Toda la leyenda ha vuelto ahora a los titulares con la presentación del libro «La invención de España» del hispanista británico Henry Kamen que trata de desmitificar los orígenes nacionales de la península, los centralistas mesetarios y también los periféricos.

En el capítulo dedicado al rey Pelayo, Kamen afirma que no hay pruebas, ni físicas ni documentales, de la existencia del legendario primer rey astur, tampoco de que tuviera relación alguna con Covadonga, ni que tuviera lugar ninguna batalla decisiva que marcara el destino del país; pero sí apunta que «es posible que la falta de pruebas directas invalide todo intento de identificar a Pelayo con Covadonga, pero, evidentemente, no descarta la posibilidad de que se produjera en aquella región algún incidente militar de cierta importancia que frenara el avance de los musulmanes».  Lo cita como «un elemento más en una lista de cosas que marcaron la confrontación entre el mundo musulmán y cristiano», al igual que por la misma época se frenó en Francia el avance del Islám en la batalla de Poitiers (o Tours) con la victoria de los francos de Carlos Martel, exitoso en occidente pero que no detuvo la toma por oriente de Constantinopla y luego Grecia o los Balcanes. 

Si hay un capítulo dedicado por Kamen a Pelayo es porque «el papel de Asturias en esta historia es crucial porque los autores posteriores atribuyeron a esta región los orígenes de un vínculo político firme con las regiones de Castilla». Una figura mítica, acrecentada por los siglos, y muy oportuna ya para los monarcas medievales que precisaban de una legitimación de prestigio en su competición por la conquista de territorios «moros», taifas y califatos, así como para el reconocimiento del «orden internacional» de la época que era el imperio de Carlomagno. 

«Pelayo, al igual que otras figuras míticas similares de la historia de otros pueblos, asume en la tradición el papel extraordinario de la persona que contribuye a remediar la pérdida de su país. Como ocurre con todos los demás mitos fundacionales, Pelayo es, en esencia, una ficción, porque no hay forma de documentar con precisión su existencia ni sus hazañas»; destaca Kamen que abunda en que «ni una sola crónica cristiana ni musulmana escrita en las décadas siguientes menciona siquiera la batalla y lo más probable es que quienes promovieron la leyenda fueran los cronistas a las órdenes del rey de León, Alfonso III, quien más de un siglo después quiso reclamar para su corona el liderazgo de la lucha contra los musulmanes». El hispanista halaga, eso sí, la falta de presunción de la web de Turismo de Asturias que «reconoce que no dispone de ningún dato comprobable acerca de él ni su relación con Covadonga» y en la que se menciona que la historia es legendaria y que la batalla bien pudiera haber sido mera «escaramuza».

Kamen destaca que acudiendo a los documentos no hay crónicas cristianas hasta finales del siglo IX (más de un siglo después de la mítica batalla) y musulmanas hasta el siglo XII, todas con información poco «fiable» y en ocasiones con datos «contradictorios», con un Pelayo que puede ser asturiano, godo o incluso cántabro y que a veces es coronado antes de la batalla y otras veces después. El hispanista también pone en duda que Covadonga fuera realmente lugar de ninguna confrontación y apunta que buena parte de la imaginería que rodea el lugar nace en realidad en el siglo XIX; «en las últimas décadas de esa centuria, cuando el santuario todavía estaba cubierto por la vegetación y el culto a la virgen apenas existía, el clero se dedicó a crearle una presencia activa erigiendo estatuas y rezando».

El texto dedicado a Asturias recorre la reconstrucción del mito de Pelayo y Covadonga continuo al del nacimiento de la propia idea de Reconquista, como si las luchas de ocho largos siglos formaran una única y constante campaña militar, para la recuperación de España perdida. Nacida la leyenda en la misma Edad Media, reforzada en la moderna en el siglo XVI «cuando España desempeñó un papel internacional destacado aunque aún no tenía bien definida su identidad». Y así hasta casi el presente, desde luego en la Guerra Civil, («cruzada» para el bando vencedor) mencionado como el diario ABC hacía paralelismos con Covadonga. Pero también se mantiene, ya no recogidos por Kamen, en el presente inmediato.

Todavía en abril del año pasado, el lider de Vox, Santiago Abascal elegía Covadonga como primer punto de su campaña electoral, la primera que le llevó al Congreso, diciendo que «Estamos hoy en Covadonga para decir que nunca vamos a pedir perdón por las obras de nuestros mayores sino que las vamos a tener como guía de lucha, resistencia y de unos valores asentados en el sentido común que nos han enseñado en nuestras casas». Sólo unos días antes, el líder del PP, Pablo Casado, se envolvía en covadonguismo pero en Oviedo apelando a la «reconquista» y también a la unidad de España, en peligro por las «alianzas con los comunistas de Podemos, con los separatistas del PDCat y hasta con los herederos de Batasuna en Bildu». Al término de su encuentro con los militantes, el presidente popular visitó el Cruz de la Victoria en la Catedral de Oviedo.

Así era la gran Asturias, el reino del fin del mundo

Luis Ordóñez

En los mapas que recrean el reparto territorial de la Europa de la Edad Media aparece a menudo Asturias, en la última esquina del continente, el reino del fin del mundo conocido, mucho antes de que se supiera que había otras tierras al otro lado del océano. Ese reino supera con creces los límites de la comunidad actual y se extiende sobre el noroeste de la península ibérica abarcando Galicia, a veces el norte de Portugal hasta Oporto, casi toda la cordillera cantánbrica y buena parte del norte de la meseta, entre León y lo que hoy es Castilla. ¿Se puede hablar con propiedad de esa Gran Asturias, ese reino del norte, bastión frente al Al Andalus y que teminaría por enviar sus embajadores al emperador Carlomagno?

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