Asturias ya sabía lo que era el miedo a un virus: VIH y las epidemias que precedieron al coronavirus

Cómo llegaron ambas enfermedades al Principado, la falta de tranmisión y el medio. Víctor Asensi ha vivido ambas y traza sus paralelismos


Era el mes de agosto de 1985. Los médicos asturianos se enfrentaban por primera vez a un virus que no habían visto nunca y del que la literatura médica tampoco había publicado demasiado. El primer diagnóstico de VIH en el Principado fue un caso importado, un paciente procedente del País Vasco, donde la epidemia había aterrizado ya en el mes de marzo. En aquel momento, Víctor Asensi se encontraba haciendo la especialidad y analizaba la respuesta inmune de los toxicómanos. 35 años después es uno de los médicos Unidad de Infecciosas-VIH, del servicio de Medicina Interna del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA); y profesor de Ciencias de la Salud. «Nunca pensé que me volvería a enfrentar a algo así», reconoce. Pero lo ha hecho, el nuevo coronavirus (Sars-Cov-2) ha roto todos los esquemas. Asensi vuelve a identificar el miedo a lo desconocido, el reto diagnóstico y terapéutico al que se enfrentan los profesionales y el virus haciendo su trabajo. Pero la biomedicina ha avanzado mucho en estas cuatro décadas y, además, entre ambas epidemias también hay diferencias palpables.

Del VIH comenzó a hablarse entre los años 1979 y 1980, en San Francisco y Nueva York, hace memoria Asensi. Sin embargo, hasta finales de 1984, principios de 1985, no se supo que el mundo se enfrentaba a un retrovirus, es decir, a un virus que usa el ARN como material genético: infecta una célula y hace una copia de su ADN en el huésped. Se tardaron cinco años en tener un diagnóstico y otros once más en conseguir un tratamiento que cronificara la enfermedad que, a día de hoy, todavía no se puede curar. El Sars-Cov-2, reconoce Asensi, ha batido todos los récords de difusión. Los primeros casos se describieron en diciembre, en pacientes que habían estado en un mercado de Wuhan. Cinco meses después, el mundo lleva semanas confinado, el virus está genotipado, ya existen pruebas diagnósticas fiables y se están ensayando tratamientos e, incluso, una vacuna que, si se cumplen las previsiones, podrá estar lista en 2021. «Esto demuestra en 40 años lo que ha avanzado la biomedicina», insiste.

Globalización vírica

También la globalización. El virus se ha extendido por el mundo entre otras razones por la interconexión mundial. Asensi recuerda que entre los países más afectados están precisamente las potencias turísticas mundiales. Luego hay singularidades. El VIH tardó en llegar a Asturias cinco años. El primer caso de COVID-19 se confirmó el 29 de febrero, en menos de tres meses, en un paciente recientemente fallecido. La coincidencia es que ambos fueron importados. La transmisión se había producido fuera del Principado.

Una diferencia fundamental radica en el modo de transmisión y en la población a la que afecta. Con el VIH también se tardó mucho más tiempo en determinar cuál era el medio de contagio. Hubo todo tipo de especulaciones, se habló de mosquitos, se dijo que bebiendo el mismo agua,... Se tardó en concretar que las tres vías son la sanguínea, sexual o de madres a hijos durante el embarazo. En cambio, el COVID-19 se transmite de persona a persona, como la gripe. El origen en ambos casos es animal. El VIH saltó al hombre de un tipo de chimpancé y el coronavirus se originó en murciélagos y se está tratando de determinar de qué especie pasó al hombre.

Precisamente, el diferente tipo de transmisión también determinar la población más susceptible. Nuevamente, Asensi recuerda que hace 35 años el VIH se cebó con hemolíticos, homosexuales y toxicómanos. En Astucias, el perfil de los diagnosticados en los años 80 reflejaba que casi el 85% eran toxicómanos, el resto se dividía en causas sexuales y hemofílicos. Recuerda que entre el 40 y el 50% de loas muestras de heroinómanos que analizaba daban positivo. Hoy en día es justo al revés. La principal causa de transmisión del VIH es la sexual. En el caso del Sars-Cov-2 la amenaza es más global. Está llegando, con rapidez, a toda la población, aunque se ceba en los mayores de 60 años. Esto ha universalizado la epidemia y ha evitado, reconoce este médico asturiano, un drama paralelo que sufrieron los seropositivos: el estigma. 

El miedo

«Daba mucho más miedo el VIH», reflexiona Víctor Asensi y lo justifica. El nuevo coronavirus solo se convierte en una enfermedad grave en el 10% de la población, según los datos que se tienen en este momento, y sobre todo en personas de edad avanzada. Para el resto puede ser o asintomático o presentarse con secreciones nasales, fiebre o malestar general. Desde la infección pasan, normalmente, entre cinco y siete días hasta que esos síntomas se presentan. La fase aguda pueden ser otros siete o diez días. «Para el 90% es poco más que una gripe», describe. En cambio, el 10% restante sufre complicaciones importantes, algunos pasan incluso semanas en la UCI. Un porcentaje, se estima que sobre el 20% de los graves, muere. El VIH, en cambio, durante más de una década fue una condena a muerte. Los síntomas tardaban años en manifestarse. Durante todo ese tiempo, se desarrollaba en el organismo. El infectado era, además, sin saberlo un transmisor activo. Incluso a día de hoy son pacientes crónicos, sin cura. Ni siquiera existe la vacuna que el coronavirus podría tener en 2021. «Daba mucho más miedo el VIH», insiste Asensi, «aunque ahora toda la población es susceptible de infectarse».

Hay más conexiones entre ambos virus. Este especialista asturiano explica que a los pacientes diagnosticados con VIH la COVID-19, que es la patología respiratoria que genera el Sars-Cov-2, les hace menos daños. No solo a ellos sino también a los que tienen el sistema inmunológico alterado por alguna enfermedad. Pone más ejemplos, como los pacientes con soriasis o incluso los que se han sometido a un trasplante. «Todos esos que a priori podríamos pensar que podrían ir peor, van mejor. Por una vez nos libramos, me ha dicho algún paciente», explica.

Otra conexión está en los fármacos. Durante esta pandemia, al menos en esta primera oleada, a los pacientes ingresados que han requerido tratamiento por las complicaciones respiratorias se les ha tratado con medicamentos que están en el mercado como terapias para otras enfermedades. Uno de ellos es, precisamente, el lopinavir/ritonavir que se utiliza con los diagnosticados en VIH, que son inhibidores de la proteasa y reducen la cantidad del retrovirus en sangre. 

Otros precedentes

Las conexiones de ambos, y también sus diferencias quedan claras. No obstante, Víctor Asensi recuerda que en los últimos años ha habido otros avisos de epidemias. Quizá el hecho de que otros coronavirus como el Sars o el Mers no tuvieron el efecto que se vaticinó terminó, en cierto modo, «anestesiando a la población». Recuerda que el Sars, en 2003, se logró acantonar pronto. El Mers fue más grave en el medio este pero no tuvo una difusión mundial. «Y eso que el Mers tenía un índice de mortalidad más alta de lo que parece tener este coronavirus. Llegaba al 20%. No es el ébola, con el 50%, pero era importante», explica.

Asensi está convencido de que Asturias ha tenido suerte, dentro de lo que cabe, en este epidemia. En primer lugar, por su propio aislamiento no la ha convertido en una diana perfecta pero, sobre todo, por la calidad del sistema sanitario, con la implicación de todos los profesionales. No obstante, de su rama tiene que destaca a dos, al coordinador para el coronavirus en el HUCA, Álvaro Franco y a María Rivas. Con María Rivas está inmerso en un proyecto para captar sanitarios para un ensayo clínico, doble ciego. Su intención es probar el efecto de la hidroxicloroquina, un principio activo antimalárico, que también se está utilizando. Lo cuenta con la curiosidad del profesional para que los virus han sido parte de su vida.

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