Una madre de Asturias relata la violencia de su hijo: «Siempre termina una discusión rompiendo cosas»

Esther Rodríguez
Esther Rodríguez REDACCIÓN

ASTURIAS

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En un primer momento consideró que se trataba de problemas puntuales de conducta, hasta que comenzó a mostrar comportamientos agresivos hacia ella y también con su entorno. «Le dan igual las consecuencias de sus actos», lamenta

18 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

La violencia es el uso de la fuerza, la intimidación o el poder para causar daño, control o sufrimiento a otras personas. Cuando estos actos de agresión física, verbal o psicológica están dirigidos hacia los cuidadores se conoce como violencia filio-parental. Aunque resulta impensable que un hijo insulte, pegue o amenace a un padre, es, por desgracia, una reacción cada vez más frecuente. La tendencia sigue al alza en Asturias, donde decenas de progenitores son víctimas de sus propios hijos. Es el caso de Adela —nombre ficticio para salvaguardar su intimidad y la de su familia—, quien nunca se imaginó que llegaría a enfrentarse a esa situación dentro de su propio hogar.

Esta asturiana tiene dos hijos y el mayor de ellos, Marcos, es quien muestra comportamientos agresivos hacia ella. Aunque «jamás» le puso una mano encima ni tampoco le amenazó con hacerlo, las reacciones violentas del menor hacen que viva con cierta tensión, ya que cualquier discusión, por pequeña que sea, finaliza en gritos, insultos u objetos destrozados. «Siempre termina rompiendo cosas», lamenta Adela, quien continuamente acaba cediendo a sus caprichos o demandas para evitar más conflictos. Aún así la tensión en el hogar sigue presente y cada día supone un desafío para mantener la calma. «Por suerte, no es una situación que se dé de manera frecuente», confiesa.

Desde bien pequeño, Marcos ya mostraba comportamientos impulsivos, pero sus padres se limitaban a reñirle y a impedir que hiciese «esto y lo otro», sin abordar las causas de su conducta ni enseñarle a gestionarla adecuadamente. No sabían que su manera de actuar era fruto del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) con el que convive desde que vino al mundo hace 18 años, lo que explica muchas de las dificultades y conflictos que vivieron hasta la fecha de hoy. De todas formas, como siempre fue «un niño muy obediente», restaban importancia a sus acciones pensando que solo eran travesuras pasajeras. Pero nada que ver con la realidad.

A los siete años, cuando sus padres decidieron separarse, empezó a presentar actitudes inapropiadas. «Su padre no llevó muy bien que nos separásemos y empezó a meterle mucha mierda. Como se veía entre la espada y la pared, Marcos evitaba hablar de la vida que tenía conmigo con su padre para que no lo riñese o se enfadase, porque si había algo que no le gustaba lo pagaba con él. A lo mejor estaba una semana sin llamarlo por teléfono. Entonces, empezó a cargar con esa mochila, ya que en cierta manera se convirtió en el padre de su padre», cuenta Adela, quien piensa que esta es otra de las razones por las que su hijo se comporta mal.

Pese a que en su momento lo llevó al psicólogo porque no se separaba de ella «ni un solo momento», el especialista consideró que su dependencia era comprensible dada la situación familiar y le dio pautas para manejarla. No obstante, la asturiana considera que la obsesión de Marcos por no estar solo, desencadenada por la muerte de su abuela materna, marcó el inicio de comportamientos cada vez más difíciles de controlar. «Empezó a costarle socializar, no sé si por el TDAH o por otra razón, pero lo cierto es que no lograba hacer amigos», asegura. No fue hasta comenzar el instituto cuando el joven comenzó a relacionarse con sus iguales.

«Se creó otra personalidad»

Aunque tenía, por primera vez, su propia pandilla, esta no le beneficiaba y pronto sus actitudes se volvieron más problemáticas. «Su forma de ser cambió por completo. Se creó, según me dijo una vez el psicólogo, otra personalidad porque así le iba mejor. Acabó siendo el gracioso de la clase, metiéndose en líos porque le dan igual las consecuencias de sus actos. Si le dicen que hay que romper una ventana, él lo hace, pensando que no pasará nada. Además, como sabe que así va a llamar la atención, pues lo hace porque se cree “el guay”», lamenta su madre, quien confiesa que, aunque intenta guiarlo, muchas veces se siente impotente ante sus decisiones y su manera de comportarse.

Esta asturiana trató, por todos los medios, de reprenderlo, sin embargo, sus advertencias no tenían efecto. «Al principio le castigaba y aceptaba el castigo, pero con el tiempo empezó a darle igual y a no hacerme caso porque sabía que le iba a castigar igual. Así que en vez de llegar a las diez de la noche a casa volvía a las once o si de mano no le permitía salir, aprovechaba a que todos estuviéramos durmiendo para salir...», detalla. En este punto, admite que Marcos, desde muy pequeño, se acostumbró a recibir reprimendas hasta que terminó pensando: «Me da igual lo que haga, porque al final siempre me van a castigar».

«Hasta que no le diagnosticaron TDAH no me di cuenta de por qué en ocasiones se comportaba de cierta manera y eso me hacía enfadar. Por ejemplo, cuando intentaba hablar con él le pedía que me mirase a la cara, pero no lo hacía. En su lugar, se ponía a jugar con el bolígrafo o a hacer cualquier otra cosa. Entonces tenía la sensación de que no me prestaba atención, y eso siempre terminaba en bronca. Cualquier cosa que hacía y que a mí me parecía “fuera de lo normal” acababa en discusión, así que se acostumbró a que lo riñese o a recibir castigos», reconoce Adela, antes de añadir que, si le hubiesen diagnosticado TDAH de pequeño, probablemente no habrían llegado a esta situación. «A partir de los 10-11 años ya es complicado corregir conductas», apunta.

Su hijo no se limitó a desobedecerla, sino que empezó a mostrar comportamientos agresivos. Como «no logra controlar su impulsividad» debido al TDAH, su manera de expresar la frustración suele ser gritar o tirar objetos. El verdadero problema aparece cuando le llevan la contraria o le dicen «no». «En esos momentos empieza a gritarme y a romper cosas. Es curioso, porque solo destroza objetos de su habitación», precisa. Por suerte, ya que en estos casos no suele ser así, nunca llegó a ponerle la mano encima. «Una vez lo provoqué para ver hasta dónde llegaba. Estábamos discutiendo y empezó a insultarme; entonces le dije: “Pégame, si tienes narices”. Y no lo hizo», admite.

Este joven asturiano no solo presenta comportamientos disruptivos con su madre sino también con su entorno. «En una ocasión, mientras estaba en un restaurante, quiso hacerse el gracioso y terminó tirando un helado al suelo. Además, llevaba un patinete eléctrico y comenzó a acelerarlo y frenarlo repetidamente sobre el suelo, dejando todo manchado de negro, como si fuera carboncillo, y llegó a activar la alarma de incendios», cuenta su progenitora. Pasado un tiempo tomó un extintor de una obra y lo activó, provocando un nuevo episodio de caos. A estos incidentes se suman dos peleas en las que se vio involucrado. Todos estos episodios llevaron a que fuera internado en el centro de menores de Sograndio, donde permanece ingresado en la actualidad.

«Estar en el centro le ha venido muy bien. Cuando voy a verlo, noto que se da cuenta de todo lo que hizo y de que eso no puede repetirse. Parece que quiere cambiar su comportamiento, pero ya veremos cómo se comporta cuando salga. Porque una cosa es la teoría, en la que está muy convencido, y otra llevarlo a la práctica. Antes de entrar ya había mejorado y se contenía bastante, pero el problema es que es un crío muy impulsivo. Aguanta la primera y la segunda situación, pero a la tercera ya no», reconoce su madre, quien teme que fuera de esta institución vuelva a caer en los mismos comportamientos si no recibe el apoyo adecuado.

«Yo ahora mismo no sé como manejar la situación. Nadie me dijo qué es lo que debo hacer cuando se comporta de manera violenta. Sé que no le puedo dejar que rompa los objetos de su habitación o del resto de la casa pero no sé cómo actuar al respecto. Por eso, al final siempre termino cediendo y dejo que haga lo que le de la gana. Pero es que al final lo acostumbre a que si rompe algo, consigue lo que quiere», lamenta Adela, quien cuenta con el apoyo de Trama, la asociación asturiana experta en resolver conflictos familiares.

El equipo de esta entidad especializada en el tratamiento de conductas le orienta en cada paso y, sobre todo, la comprende. «No me juzgan, que es lo importante. Todo el mundo me dice: “Es normal que tu hijo se comporte así porque se lo consientes todo” y eso hace que me sienta mal, porque yo le pongo normas pero, si no me hace caso, ¿qué hago? Muchos dicen que lo mejor es una buena paliza pero, aparte de que no soy partidaria de eso, con mi hijo eso no funciona. A él le da igual que le pegues; aunque le duela, no da el brazo a torcer porque es un orgulloso», asegura.

«Voy a luchar hasta donde pueda por él para que cambie»

Consciente de que el mal comportamiento de Marcos es debido, principalmente, al Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad que padece, no pierde la esperanza en que, con apoyo profesional, la situación mejore y su adolescente logre encauzar su conducta. «Mi hijo es mi responsabilidad. Yo le traje a este mundo y quiero que sea una persona de bien y feliz. Voy a luchar hasta donde pueda por él para que cambie. Supongo que llegará un momento que si él no quiere, no podré hacer nada, pero tengo que intentarlo. Tengo claro que no lo voy a echar de casa, sobre todo ahora que es un menor, así que todavía lo que pueda hacer por él, lo haré», manifiesta Adela, quien no piensa «tirar la toalla» por nada del mundo.

Mientras sigue luchando por reconducir a su hijo, esta madre de Asturias hace pública su historia para visibilizar la realidad de la violencia filio-parental, una problemática que muchas familias sufren en silencio. Lo hace para romper el estigma y denunciar la falta de comprensión que, asegura, todavía existe en torno a estos casos. Confía en que su testimonio ayude a otras madres y padres a pedir ayuda sin miedo ni culpa.