La historia de Ignacio Díaz, de 25 años: «El trasplante me devolvió esa calidad de vida que tenía y no apreciaba»

Esther Rodríguez
Esther Rodríguez REDACCIÓN

ASTURIAS

Ignacio Díaz ha recuperado su rutina después del trasplante de riñón
Ignacio Díaz ha recuperado su rutina después del trasplante de riñón

Este joven asturiano padece una enfermedad renal crónica después de recibir la pauta completa de la vacuna contra el coronavirus

08 jun 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Existe la falsa creencia de que las enfermedades renales graves son exclusivas de la tercera edad. Sin embargo, cada vez son más los jóvenes que conviven con estas patologías crónicas. Un claro ejemplo de ello lo encontramos en Ignacio Díaz. Este asturiano vio, con 21 años, cómo su vida se frenaba en seco cuando sus riñones dejaron, de la noche a la mañana, de funcionar. Pasó, de un día para otro, a depender de una máquina de diálisis para seguir adelante. Pero, por suerte, el trasplante llegó a tiempo para cambiar el rumbo de su historia y devolverle la oportunidad de vivir plenamente su juventud.

Esta etapa, que jamás imaginó tener que afrontar y que puso a prueba su fortaleza física y emocional, comenzó tras recibir la vacuna contra el coronavirus. Cuando en junio de 2021 le administraron la primera dosis para combatir la enfermedad que, en ese momento, puso en jaque al mundo, empezó a mear con «un poco de sangre». Al ver que los días pasaban y el problema persistía, pidió cita con su médico de cabecera pensando que podía tratarse de una infección urinaria. Sin embargo, los resultados no mostraron ninguna alteración. Con el paso de las semanas, la orina recuperó su color habitual y todo parecía haber quedado en un simple susto.

A los dos meses de este incidente recibió la segunda dosis de la vacuna, sin imaginar que iba a comenzar el capítulo más duro de su vida. Y, mucho menos, pensó que este iba a estar protagonizado por una grave enfermedad renal. Como en la ocasión anterior, su orina volvió a cambiar de color, aunque esta vez de forma mucho más intensa. «Era como si mease café», explica. Acto seguido acudió al médico de cabecera, convencido de que «algo no iba bien». Ante su cuadro clínico, el profesional sanitario lo derivó al nefrólogo, quien, tras realizarle una analítica y comprobar que no había ningún tipo de alteración en los parámetros, le programó una revisión para enero.

Ignacio Díaz, en una imagen tomada antes de que sus riñones dejasen de funcionar
Ignacio Díaz, en una imagen tomada antes de que sus riñones dejasen de funcionar

Con el paso de las semanas, lejos de mejorar, Ignacio empeoraba progresivamente. Llegó un punto en el que se sentía completamente sin fuerzas ni energía. «Estaba muy cansado. No era que quisiese dormir sino que me daba pereza todo. Pasé de ir al gimnasio todos los días a que no se me apeteciese ni ir», detalla el joven, que comenzó además a tener episodios de fiebre. Volvió, por tanto, a visitar a su médico de cabecera para que valoras de nuevo su estado y, al menos, le pautase alguna medicación para paliar los síntomas. «Me dio una pastilla y algo mejoré, pero a los dos días volví a encontrarme mal», cuenta.

Un ingreso de 46 días

Como no mejoraba en absoluto y, además, se habían agravado los síntomas, decidió acudir al servicio de Urgencias del Hospital Vital Álvarez Buylla, para recibir una valoración más exhaustiva de su situación. «Lo primero que me hicieron fue un análisis de orina y, según meé, era todo sangre», relata. Acto seguido, el personal sanitario del centro mierense le diagnosticó insuficiencia renal y procedió a su traslado al HUCA, dado que disponen de los recursos necesarios para tratar este tipo de patología. En el complejo hospitalario de Oviedo permaneció ingresado un total de 46 días, la mayor parte del tiempo en la Unidad de Cuidados Intensivos, debido a un edema pulmonar que requirió atención y seguimiento especializado.

Con el alta hospitalaria llegó el fin de su ingreso, pero también el inicio de una realidad completamente distinta: aprender a convivir con una enfermedad crónica. Lo primero fue asumir que su rutina diaria ya no volvería a ser la misma. Y es que cada dos días debía desplazarse hasta el centro sanitario de Mieres para que, durante cuatro horas, una máquina realizase las funciones que sus riñones habían dejado de desempeñar. «Tuve además que dejar de hacer deporte porque como no podía beber agua no podía permitirme sudar. Cambié también la alimentación. Todas las comidas eran sin sal y no podía ingerir nada con potasio ni fósforo porque eran perjudiciales para mi estado de salud», apunta el joven, que vio encima truncado su sueño de convertirse en policía nacional.

Tras seis largos meses de continuas visitas a la unidad de diálisis, donde era uno de los pacientes más jóvenes, pasó por quirófano para someterse a una intervención que le permitiría realizar el tratamiento en su hogar. «Me pusieron un catéter en la barriga para conectarme yo mismo a la máquina que me instalaron en casa y los médicos me enseñaron a manejar», dice. El cambio supuso una mejora importante en su día a día. Dejó atrás los constantes desplazamientos al hospital y las largas estancias allí, lo que le permitió recuperar parte de la normalidad perdida. Sin embargo, aquella nueva autonomía traía consigo una gran responsabilidad. «Tenía que mantener una higiene muy estricta, sobre todo al conectarme a la máquina, para evitar cualquier infección», relata.

Mientras que se pasaba toda la noche conectado a una máquina que depuraba todo su organismo, Ignacio contaba los días para poder someterse al trasplante que le permitiese, en cierta manera, llevar una vida como cualquier otra persona de su edad. «El problema que tuve es que al tratarse de una enfermedad autoinmune tuve que esperar a que me bajasen los anticuerpos para poder entrar en lista de espera. No fue hasta el 11 de noviembre de 2022 cuando ya me pusieron como candidato», explica. A partir de ese momento, vivió pegado al teléfono, pendiente de que entrase la llamada que llevaba meses esperando: la que le anunciara la aparición de un riñón compatible.

El trasplante

Por suerte, y a diferencia de muchos otros pacientes, la ansiada llamada llegó en menos de un mes. «Acababa de comer con mi novia y nos dirigíamos al centro de Oviedo para ver el encendido de las luces de Navidad cuando me llamaron mis padres. Me dijeron que tenía que ir al hospital para hacerme unos análisis y varias pruebas. Así que me fui al HUCA y, a las doce de la noche, ya me estaban ingresando para el trasplante», recuerda. La intervención quirúrgica se prolongó durante unas cuatro horas. «Desde que entré en quirófano hasta que salí a la sala de reanimación pasó aproximadamente ese tiempo», explica este allerano, que hoy tiene 25 años.

La intervención fue un éxito y transcurrió sin complicaciones. Además, el riñón comenzó a funcionar prácticamente a las pocas horas de ser implantado en la parte baja del abdomen. Los riñones enfermos, salvo que estén muy dañados o causen graves problemas, no se extirpan habitualmente, ya que pueden conservar cierta funciones. «Hay pacientes cuyos riñones trasplantados tardan unos días en empezar a funcionar, pero en mi caso lo hizo desde el primer momento. De hecho, el primer día eliminé ocho litros del líquido que tenía acumulado en el cuerpo», señala.

A día de hoy, todavía le resulta difícil describir lo que sintió al despertar en la habitación del hospital y escuchar a los médicos asegurarle que, si seguía las pautas y cuidados indicados, podría volver a llevar una vida prácticamente normal. «Fue una sensación increíble», reconoce, recordando el momento en que comprendió que comenzaba una nueva etapa después de años marcados por la enfermedad, la diálisis y las restricciones. «Siempre lo digo y lo seguiré diciendo, cuando te trasplantan vuelves a tener esa calidad de vida que tenías y que no aprecias», confiesa.

El joven, trasplantado de riñón, practica todo tipo de deportes que no sean de contacto
El joven, trasplantado de riñón, practica todo tipo de deportes que no sean de contacto

Tras recibir el alta hospitalaria, después de cinco días bajo observación médica, fue recuperando poco a poco la normalidad. «Al mes empecé a hacer deporte, que era algo que echaba muchísimo de menos, y también volví a hacer planes con mis amigos. Hasta entonces ni siquiera podía quedar tranquilamente con ellos en una terraza porque tenía muy restringida la ingesta de líquidos», recuerda. Las limitaciones eran tales que llegó a pasar un verano prácticamente encerrado en casa. «No podía estar al sol porque corría el riesgo de deshidratarme, ya que no podía beber agua para compensarlo», explica.

Ahora que vuelve a tener una vida normal, solo tiene palabras de agradecimiento para su entorno más cercano, para quienes estuvieron a su lado cuando todo parecía haberse fundido a negro. Desde sus padres y su hermano hasta su novia, Sofía, pasando por sus tíos, primos y amigos, todos fueron un apoyo fundamental durante esos momentos difíciles y le demostraron, una vez más, el verdadero significado de la amistad y la familia. No se olvida tampoco del papel desempeñado por la asociación asturiana Alcer, que le acompañó durante todo el proceso y le ayudó a afrontar una situación tan compleja.

«Cuando se enteraron de mi caso y, además, supieron que me gustaba hacer deporte, me pusieron en contacto con Manuel Monasterio, un deportista trasplantado que se dedica a hacer carreras de montaña y triatlones. Hablé con él por teléfono y me dijo que no tenía que preocuparme por nada, que en el momento en que me hicieran el trasplante iba a poder llevar una vida completamente normal. Eso me ayudó mucho, porque cuando estás en una situación así, a nivel psicológico pasas por muchas etapas. No eres del todo consciente de lo que ocurre, pero sí sabes que es algo grave: de un día para otro te ves en la UCI, con oxígeno, con una máquina de diálisis a tu lado y con muchos médicos alrededor… y ya cuando te dan el alta no sabes qué va a ser de ti», confiesa.

Esa incertidumbre, por suerte, ya es cosa del pasado e Ignacio ahora disfruta de una vida activa sin las limitaciones que marcaron su enfermedad. De hecho, ha recuperado completamente su rutina: estudia, hace deporte, sale con sus amigos y, de vez en cuando, se permite alguna pequeña escapada, entre otros muchos planes que hace. No obstante, como cualquier otro paciente, continúa con su medicación y se somete a revisiones periódicas para comprobar que todo evoluciona con normalidad. «Hace poco me hice unos análisis y todos los parámetros salieron perfectos», señala orgulloso. Y no es para menos que se sienta así, puesto que ha conseguido cerrar una etapa «muy complicada».