«Puto VAR»

El buen inicio del Real Oviedo, la desesperación de los jugadores con el árbitro y el cameo de un aficionado situado a las afueras del estadio. La contracrónica desde el Tartiere

Arribas marcando el gol que después fue anulado
Arribas marcando el gol que después fue anulado

Oviedo

Los titulares del Real Oviedo calentaban sobre el césped mientras Bingen Arostegi, segundo técnico de Ziganda, mantenía una charla con Rafa Mujica a pie de campo. Esto último, nada habitual en otros partidos debido a que el Cuco y su ayudante nunca pisan el rectángulo antes de los partidos, fue lo más extraño de la previa. Todo transcurría con normalidad en el Carlos Tartiere. 

El partido comenzó y, como en todos los encuentros anteriores disputados en el municipal ovetense, los azules se mostraron superiores al rival. La diferencia fue que, por fin, ese dominio se tradujo en un gol tempranero. Los primeros cinco minutos del Oviedo prometían una noche plácida para los de Ziganda, pero eso es imposible en este club. El Logroñés sacó de centro y, segundos después, Grippo pisó el tobillo izquierdo de David González. Galech Apezteguia mostró la tarjeta amarilla.

El central suizo del Real Oviedo se disculpó rápidamente mientras el delantero del Logroñés se retorcía de dolor en el césped. Tras un minuto y medio con la mano en la oreja, el colegiado corrió hacia al monitor. Todavía no había un veredicto, pero los jugadores azules ya estaban alucinando con la expulsión que se avecinaba. Christian, Sangalli y Mossa corrieron junto al árbitro navarro hacia la banda, que no dudó a la hora de mostrar la roja cuando vio la jugada repetida.

El partido ante la UD Logroñés es una muestra casi perfecta de la historia del Real Oviedo en este siglo XXI, siempre guiados por una especie de Ley de Murphy macabra que dicta lo siguiente: si algo puede salirle mal a los azules sobre un campo de fútbol, saldrá mal. El equipo de José Ángel Ziganda metió un gol en el minuto 5 y, segundos después, el encuentro estaba cuesta arriba para ellos y no para su rival. De no creérselo. 

Aun así, el Oviedo se repuso y, con diez futbolistas, siguió siendo mejor que el equipo riojano. Nahuel y Sangalli lideraban el ataque azul y Brazão, que debutaba en el tempo azul, no estaba sudando. Arribas marcó en el 41', celebró con rabia y, cuando los dos equipos ya estaban preparados para reanudar el partido, la mano a la oreja de Galech Apezteguia volvió a encender las alarmas. El árbitro no había ido al monitor cuando se escuchó «Puto VAR. Venga, ho». Un aficionado oviedista, situado en las afueras del estadio, justo detrás de la Tribuna Aramo, reflejaba con cuatro palabras el sentir de un club entero.

El colegiado navarro volvió a visitar la banda acompañado de sus guardaespaldas, es decir, Christian, Tejera, Edgar, Sangalli y Obeng. Ziganda, amonestado desde el minuto siete, no daba crédito. Gol anulado y volver a empezar. El descanso llegó y, viendo la rabia de los jugadores azules, cualquiera hubiera dicho que el Oviedo iba perdiendo. Y quizás era así. El Oviedo estaba siendo muy superior a su rival y no era favorito de cara a la reanudación. 

La segunda parte comenzó y, ya con el Cuco Ziganda expulsado, el Real Oviedo tiró el partido en cinco minutos. Eso tardó el Logroñés en aprovechar un error de Brazão y otro de Arribas. El 1-2, nacido de una contra fallida de los azules debido a que un pase de Arribas golpeó en el tacón de Nieto, es uno de los goles más inexplicables de la historia del Carlos Tartiere. Silencio absoluto en el estadio.

Obeng empató y el Oviedo siguió tirando de orgullo, pero la desesperación ya era demasiado palpable. Los jugadores azules se volvían locos con cualquier decisión del colegiado que, por una cosa o por otra, solía favorecer a los riojanos. Un coche de la policía local, por cierto, visitó la cuesta que colinda con el fondo sur del Tartiere, así que el aficionado del primer tiempo no volvió a gritar. David González, ovetense y canterano azul, se aprovechó del enésimo error incomprensible en defensa para poner el 2-3.

Nahuel se puso al equipo a la espalda, pero ni por esas. Incluso provocó una tarjeta amarilla que podía haber sido más. Edgar, al menos, no se cortó y con un «venga hombre, es roja» mostró su disconformidad a pocos centímetros del árbitro. Los últimos 15 minutos fueron un quiero y no puedo del Oviedo. El partido acabó y, como si se tratase de un simulacro de incendio, los jugadores azules abandonaron el campo en dos minutos. Ni un gesto al colegiado. Ni un reproche. Todo silencio. 

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