Cimavilla: el casco antiguo que curtió su identidad como barrio marinero y de cigarreras

Es el pueblo más antiguo de Gijón, fue zona de marcha a partir de los 90 y hoy, con una hostelería de día que regentan en su mayoría familias y vecinos del barrio, rebosa tradición y carácter pese a que sigue esperando por una remodelación que lo dignifique como centro histórico

Cimavilla

Gijon

Itos Mateos recuerda que cuando, en 1980, ella y Lilian Rodríguez abrieron La Corrada en la plaza del mismo nombre de Cimavilla los coches llegaban hasta la puerta. «Incluso me venía al bar uno que llegaba en caballo, no te lo pierdas, y lo dejaba allí aparcado», rememora, pensando en todas las vueltas, para bien y para mal, que ha dado el barrio en los casi 40 años que han pasado desde entonces. «Abrimos en diciembre de 1980 y pasamos de todo. Encima éramos dos mujeres abriendo un bar, imagínate lo que pensaron de nosotras. Creo que, en este sentido, tuvimos mucho mérito con la mentalidad que había de aquella. En eso sí fuimos pioneras». 

La Corrada, en la que siguen sirviendo bocadillos como antaño, es uno de los bares de copas que perviven en el barrio más antiguo de Gijón. El casco antiguo de la villa de Jovellanos, que tenía su casa en este barrio marinero en el que ya no queda ninguna pescadería abierta. «La última cerró hace tres años. Es muy significativo que el barrio marinero de Gijón ya no tenga pescadería», dice Sergio Álvarez, presidente de la asociación vecinal Gigia también desde 2016. Él, como otros jóvenes de Cimavilla, representa a la generación empeñada en cuidar la identidad que imprimieron pescadores, pescaderas y cigarreras durante más de un siglo en un barrio que no es como el resto de los cascos históricos de otras ciudades.

Sergio Álvarez y Belén García, presidente y vicepresidenta de la asociación vecinal de Cimavilla
Sergio Álvarez y Belén García, presidente y vicepresidenta de la asociación vecinal de Cimavilla

Basta con recorrer sus callejones y sus plazas para darse cuenta de que al barrio alto de Gijón le sobra carácter, historia, tradición y valor popular pero le falta reconocimiento. «Cimavilla está más cerca de lo que es un barrio marginal y olvidado que de ser histórico pese a ser Bien de Interés Cultural (BIC)», resume Álvarez. «Cuando comenzó a restaurarse en los años 90 empezaron con mucho brío, se pusieron los adoquines y ahí parece que resurgió», añade Belén García, secretaria y vicepresidenta de la asociación vecinal. Pero antes, como Cimavilla primero fue puerto pesquero, una cosa llevó a la otra y buena parte de sus bajos pasaron a ser clubs de alterne. «Venía dado porque era el barrio más antiguo, marinero y con el puerto pesquero, pasa en todos los barrios antiguos de España», explica García. 

Ese sórdido ambiente se fue quedando obsoleto y, en los 80, se fueron abriendo hueco los bares de música en directo. El Farol, La Cabaña, El Gallu… «Víctor fue el último que cerró, hace unos 10 años», recuerda García, que trabajó precisamente en El Gallu. A finales de los 80 y principios de los 90, este ambiente también fue decayendo y Cimavilla pasó a ser la zona de bares de copas por excelencia. En donde una gran parte de los gijoneses que eran más o menos veinteañeros entonces pasaron sus noches y sus madrugadas de fin de semana. «Después de los bares de copas llegó la transformación en la hostelería y hoy, mayoritariamente, hay sidrerías y restaurantes», indica García.

La plaza del Lavaderu de Cimavilla
La plaza del Lavaderu de Cimavilla

En 1987 La Corrada, que aguantó todas estas vueltas, amplió el pequeño local inicial cuando cerró una encuadernadora que tenían al lado para convertirse en lo que sigue siendo hoy. «También hubo una época con un ambiente muy marginal, en la que estuvimos a punto de cerrar pero un día vino la Policía y se acabó todo. Y seguimos bien hasta el año 2000. Cimavilla despegó entonces mucho, pero ya empezaron los vecinos a protestar por el ruido», recuerda Itos Mateos. «Hubo uno que nos hizo la vida imposible. Quería vender una casa y pensaba que era culpa nuestra que no la vendiera. Nos denunció 30 veces». En la década siguiente, la necesaria conciliación entre la diversión de unos y el descanso de otros, marcaron ese nuevo cambio de de multitudinaria zona de marcha hacia una hostelería de día.

«Ahora necesita otro tirón»

«Ahora el barrio está flojo, necesita una remodelación. En todos los sitios de España el barrio antiguo tiene una entidad que aquí está desaprovechada. No hay ningún tipo de servicios. Es un pueblo, sí, dentro del pueblo, pero está tan dejado que la gente marcha para el centro de Gijón. Estos últimos cinco o siete años ha quedado muy abandonado, pero no es cosa nuestra, es cosa municipal», considera Mateos, que precisamente recuerda que en aquella época en la que Cimavilla vivió otro bajón «le dieron un repaso que hizo que el barrio volviera a subir y está claro que ahora necesita otro tirón». 

Cimavilla es el barrio más visitado por quienes están de paso en la ciudad como turistas. Sol Fernández lleva dos años al frente del café La Galga, en la calle Escultor Sebastián Miranda, que es la que sube al cerro desde Campo Valdés. Es leonesa. «A los de León nos encanta Asturias. Quería huir del frío y ver la playa», explica. Ella, por la crisis, tuvo que reciclarse y se vino a Gijón para abrir una tienda de productos ecológicos. «Pero vi este local y me encantó. Vi posibilidades. De Cimavilla no conocía nada, pensaba que era como los cascos viejos de otras ciudades; lo que no sabía era la cara B, que está tan abandonado, sin nada»…

Sol Fernández, en la barra del bar La Galga
Sol Fernández, en la barra del bar La Galga

Belén García retoma sus recuerdos de cuando restauraron el barrio en los 90 y se colocaron los adoquines que hoy son un quebradero de cabeza. «Empezaron incluso a subir los precios de las viviendas, pero luego se fue abandonando el barrio hasta que el mantenimiento acabó siendo nulo. ¿Es un barrio BIC en qué sentido?», se pregunta. Sergio Álvarez, que le explica que ser BIC es positivo si se cumple, recuerda que recientemente todos los colectivos del barrio (vecinos, hosteleros, festejos, comunidad educativa y la plataforma cultural de Tabacalera) se unieron para reivindicar que Cimavilla existe y necesita un plan de regeneración. Con sentido transversal. «Por primera vez en mucho tiempo todos los colectivos nos pusimos a trabajar juntos», valora Álvarez, «lo que más falta le hace al barrio es visión, y hasta ahora solo ha habido parches».

Resistente a la gentrificación

Una de las líneas de actuación que, en su momento, plantearon tenía que ver con la no gentrificación de Cimavilla. «Cuantos más servicios y calidad de vida tenga el barrio más lejos estará la gentrificación y la turistificación, cuyo mejor aliado es el abandono». Pero Cimavilla tiene una peculiaridad que juega a su favor contra este perverso fenómeno que expulsa a los residentes de espacios urbanos deteriorados. «Aquí hay mucho propietario de vivienda, con arraigo e identidad. Mucha gente del barrio que se dedica a la hostelería no piensa en ir a trabajar a Gijón, sino que se quedan en Cimavilla. Trabajan aquí», explica Álvarez. Y lo mismo pasa con los propietarios de los establecimientos, ya que un porcentaje elevado son vecinos. 

Hay restaurantes, como en la cuesta del Cholo, que llevan muchas décadas abiertos con las familias de siempre al frente. «Todos tienen algo característico y la mayoría de los negocios son de vecinos de aquí, que mantienen esa esencia de pueblo y se va pasando de padres a hijos. Eso protege mucho al barrio de la gentrificación». También hay bastantes pisos vacíos en Cimavilla, pero una buena parte son viviendas públicas que se fueron abandonando por su deterioro y ahí siguen, ahora ya tapiadas. 

Cimavilla es pequeño, no tiene mucho volumen, y es difícil alquilar piso de continuo. Se alquilan en verano. Sí hay cierta retención de pisos con fines estacionales, pero no llega ni mucho menos a los niveles de otras zonas de Gijón. «Gente que hace años se vino a vivir, acabó marchando porque no había servicios. Para ir al banco tienes que ir a la calle Corrida, el supermercado más cercano está en la calle Instituto y para coger el bus hasta Fomento o el Humedal», explica Belén García.

Comercio siempre hubo poco. «Hubo más de lo que hay y también siempre fueron familiares». Isabel García y su hermana se hicieron cargo de la confitería Brisamar, un clásico en el barrio situado en la esquina de las calles Castro Romano y Artillería, en 2002, cuando la anterior dueña se jubiló. «Posiblemente sea el negocio más antiguo y, aunque mantuvimos el estilo, lo renovamos todo menos las mesas». Su particular estilo, con un maravilloso regusto setentero, han hecho que fuera escenario del rodaje de películas y series televisivas. La última, La Zona. «Los clientes han ido evolucionando. Cuando lo llevaba la anterior dueña, estaba la rula y esto era el barrio de pescadoras. Ahora hay mucha gente nueva en el barrio e intentamos ampliar a todas las edades porque la gente mayor, por desgracia, va desapareciendo. Y hay también mucha gente que viene y va, porque están de alquiler». 

Isabel García, en la mítica pastelería Brisamar
Isabel García, en la mítica pastelería Brisamar

Isabel García es vecina y su familia por parte de su abuelo materno tiene una arraigada tradición playa. La familia de los Escaparitos. Su abuelo era Arcadio Cuervo, el Rederu, que incluso se presento a concursos de la época, y su madre, Violeta, es prima carnal de Mari Loli, la de Casa Julio, y también trabajó en la Fábrica de Tabacos. «Este barrio dio muchas vueltas», dice, «ahora lo importante es que crezca y suba gente de Bajovilla a consumir». 

La Corrada, con todas estas vueltas que ha dado el barrio, ha sabido enganchar a sus clientes a lo largo de estas décadas. «La clientela de mi época ya está retirada. Mi bar es un bar de gente joven y se renueva siempre. Han pasado generaciones y generaciones. Primero los hijos de mis amigos, luego sus nietos… No sé por qué La Corrada siempre ha sido un bar de gente joven», dice Itos Mateos.

Los usos de Tabacalera

«El barrio se va renovando, hay gente nueva», dice Sol Fernández, a cuyo café acuden sobre todo personas que trabajan y que estudian en Cimavilla. «Ella abre por las mañanas porque «en toda Cimavilla no hay nada para tomar algo y tienes que bajar a la plaza Mayor. El tema de los pinchos funciona pero la diferencia entre invierno y verano es brutal. Y la cuesta al cerro cuesta mucho».

Su café La Galga está justo enfrente de la antigua fábrica de tabacos. «Lo vi como posibilidad porque iban a remodelar la fábrica, pero aquí seguimos dos años después», dice, con sorna. «Queremos que Tabacalera sea una palanca de cambio para el barrio y para Gijón, no volver otra vez a lo mismo. Es una oportunidad de hacer algo diferente», dice Sergio Álvarez de un proyecto en el que se han retomado los trabajos tras el cambio de gobierno en el Ayuntamiento de Gijón. 

«La opción del museo es la menos valiente. ¿Que la casa natal de Jovellanos es pequeña y no se pueden exponer los fondos es el mayor problema de Gijón? ¿No lo es el desempleo y que estemos anclados en una industria obsoleta? ¿Hacer un museo es un motor de cambio para Gijón?», se pregunta, en relación a un plan de usos del futuro equipamiento que generó participación con propuestas en la línea de lo que se han hecho en otras antiguas fábricas como en Madrid o San Sebastián. Propuestas que quedaron, en principio, en simples propuestas. 

«Hay un pasado del edificio, que era un convento cerrado a cal y canto, y luego una Tabacalera que fue un motor dinamizador de la ciudad. ¿Queremos tener más agustinas o una fábrica de tabacos?», cuestiona Álvarez, que recuerda que en todo caso hay prioridades más sencillas en el barrio. «Lo que antes era una necesidad ahora es una urgencia y es lo que más grave en política. Hay que cubrir las necesidades, no puedes abandonarlas completamente. Y eso fue el pan de cada día en estos últimos ocho años». 

Este septiembre, Cimavilla no celebró las fiestas que recuperó la comisión de festejos, formada por jóvenes del barrio, en señal de protesta. «Se las ignoró pese a que se les ofreció lo más difícil, que es organizarlas. Son un motor económico para la ciudad y, además, aportan el valor de la tradición, el valor popular, y por eso hay que que protegerlas», considera Álvarez, que espera que se aborden de una vez por todas asuntos prioritarios como que haya un mantenimiento básico y una solución para el cierre al tráfico que, al menos dos fines de semana al mes, sufre el barrio por la celebración de festejos o eventos. «Tiene que haber un plan B cuando es continuo como es el caso. Además no requiere inversión alguna, solo hay que trabajar con transversalidad». 

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