Cuando Bernal Díaz del Castillo descubrió en noviembre de 1519 la ciudad de Tenochtitlán con sus palacios y templos, sus avenidas y casas adornadas de flores, una especie de Venecia panamericana repleta de angostos puentes levadizos, el hombre europeo descubrió sin saberlo que una ciudad es siempre una ciudad. Aislada del tiempo y del espacio, Tenochtitlán había crecido de manera acorde a las grandes urbes coetáneas como Sevilla o Amberes, a miles de kilómetros de distancia, casi por telepatía. El soldado vallisoletano, a las órdenes de  Hernán Cortés, anotó 40 años después el impacto del descubrimiento, un pensamiento que se ancla en la historia: durante los últimos 7.000 años los seres humanos han creado ciudades de maneras diferentes, pero ciudades al fin y al cabo. Con diferentes objetivos: lugares sagrados, lugares seguros en los que sobrevivir, lugares como centros económicos o políticos. En los últimos siete milenios, las ciudades han adoptado muchas formas y en este inicio de siglo XXI, las urbes afrontan nuevos retos:  Gijón es un ejemplo.

Una ciudad que mira al mar Cantábrico, con fuerte tejido social, una ciudad que quiere ser  un eje empresarial, turístico y cultural del Norte de España, interconectada por carretera, pero con déficit de enlaces aéreos y ferroviarios, tanto con la Meseta como entre los puertos de la cornisa. Una ciudad de vecinos que mira de soslayo  la revolución del 5G, con pavor los procesos de desindustrialización, con optimismo la revolución energética limpia y la sostenibilidad. Una ciudad más vivible, menos contaminada, de tamaño medio, más asequible que esas megaciudades de vértigo,  deshumanizadas. Es la escala de Gijón: la urbe que aspira a moverse en bicicleta o a pie o en autobús o en metro o en patinete o en coche eléctrico. Este nuevo número de Gijoneses, la revista gratuita de La Voz de Asturias aborda los nuevos lazos urbanos que se tejen alrededor de la nueva movilidad. El objetivo es una ciudad asumible para los vecinos, de impacto cero, visitable para el turista, alejada del smog y de otros modelos tóxicos. Una ciudad aliada, no enemiga. Una ciudad con vida, con empleo, sin paro. Si Gijón se mueve, se mueve Asturias. En estos tiempos de pandemia hay que mirar hacia adelante con esperanza: un día pasaremos por fin la página del coronavirus.  Volverán los abrazos.

En este número de Gijoneses hablamos también de otros temas. Conversamos con María José Capellín, la exdirectora de la Escuela de Trabajo Social, que conoce en profundidad los cambios de la ciudad desde su niñez, cuando llegó desde Cangas de Onís, con el paréntesis de su exilio en Suiza y Rumanía. También hablamos con Manolo Jiménez, un símbolo del gran Sporting de los años 80, que escribió alguna de las páginas más brillantes del club. «Cuando el Sporting perdió la política de cantera se hundió deportiva y económicamente», comenta. Y nos paseamos por las calles del barrio de La Arena, el corazón de la ciudad, con una larga historia que se remonta al siglo XIX, cuando el marqués de Casa Valdés solicitó al ayuntamiento la venta de los arenales.  La realidad es ahora muy distinta. Preguntamos también a los gijoneses por la reforma del Muro de San Lorenzo y nos zambullimos junto a los deportistas del club Santa Olaya, un símbolo deportivo de la natación española a través de sus décadas de historia. Recordamos cómo se llenaba la playa de Gijón hace un siglo a partir de las fotografías de Constantino Suárez conservadas en el Muséu del Pueblu d’Asturies y les contamos cómo se funda una peña sportinguista en este siglo: la de Manu García. Pasado y presente que aspiramos a retratar en las páginas de este número de Gijoneses.

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Si Gijón se mueve, se mueve Asturias