Víktor Orbán, el nacionalista que pone en jaque a la UE

El autócrata que atenta contra los derechos humanos en Hungría se mantiene en el poder gracias a su pragmatismo ideológico, a su gestión económica y a su lucha contra la inmigración

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Berlín / Corresponsal

En 1989 un disidente de 26 años y larga melena llamado Víktor Orbán se dirigió a una multitud en Budapest para exigir que las tropas soviéticas abandonasen Hungría. Su discurso contribuyó de manera decisiva al fin de la dictadura comunista y la caída del telón de acero. Hoy el mismo joven que se oponía a los totalitarismos se ha convertido en un autócrata que, inspirado en los regímenes de China, Rusia y Turquía, ha recortado las libertades fundamentales y blindado el país contra la inmigración. Hungría, que forma parte de la Unión Europea desde el 2004, supone la principal amenaza para el bloque comunitario, pues simboliza mejor que ningún otro miembro el declive de la democracia. La UE ya no puede continuar cerrando los ojos a los ataques de Orbán, admirado e imitado por el Grupo del Visegrado. Sus vecinos excomunistas quieren ser como el primer ministro húngaro, que con astucia y carisma ha sabido mantenerse en el poder al margen de ideologías 

Mayoría absoluta

Izquierda ausente y derecha unida. Su primera maniobra data de 1993, cuando se alió con la Unión Cívica Húngara (MPP) con el fin de sumar el voto de centroderecha a su formación, la democristiana Fidesz. Después, el visionario Orbán decidió que su partido abandonaría su signo liberal, bajo el que había nacido como única alternativa al socialismo que dominaba el tablero político, para transformarse en una fuerza que aglutinase a toda la derecha. Un giro que se hizo evidente en 1998, cuando al ganar sin mayoría las elecciones, selló una alianza de Gobierno junto al Foro Democrático, su socio natural, y al nacionalista Partido de los Pequeños Propietarios. Su estrategia, unida a los escándalos de corrupción que salpicaron a los socialistas, hicieron que el conservador Fidesz pasara del 9 % del respaldo en 1991 a vencer en las generales del 2010 con la mayoría parlamentaria de dos tercios de la que sigue gozando. Ante una izquierda profundamente fragmentada, logró su cuarta victoria, la tercera consecutiva, el pasado 8 de abril con casi el 50 % de los sufragios y una participación superior al 70 %. Su principal rival es el ultraderechista Jobbik, al que se ha propuesto robarle votos con un discurso racista.

Frenar la inmigración

Vallas e impuestos. Orbán capitaliza el rechazo hacia los extranjeros desde antes de la crisis migratoria. Fue el primer mandatario en demonizar a los demandantes de asilo tras el atentado contra el semanario Charlie Hebdo en el 2015. «No queremos a minorías de orígenes y cultura distintos», argumentó cuando la UE propuso cuotas obligatorias. Acto seguido levantó una valla en la frontera con Serbia que fue ampliada por el lado croata y reforzada con alambre y corriente eléctrica. Pocos olvidarán aquellas imágenes que mostraban a la policía húngara dando patadas a los migrantes, que en la mayoría de los casos pretendían entrar solo para continuar hasta países más prósperos. En apenas meses, Fidesz, que había recibido dos varapalos en sendos comicios regionales, recuperó más de un millón de apoyos. Su mensaje xenófobo ha calado en un pueblo inseguro, con menos del 2 % de extranjeros, y acostumbrado a perder bienes y territorio con cada una de las guerras mundiales. No es de extrañar que en el referendo que organizó en 2016 sobre las cuotas de refugiados, el 41 % se mostrara en contra. Asimismo, hace una semana el Parlamento aprobó un impuesto del 25 % a las oenegés que apoyen o rescaten a refugiados.

Purga del poder judicial y las instituciones

Contra los derechos humanos. Desde que se hizo con el control absoluto de la Cámara, la deriva autocrática no cesa. Con la excusa de que era necesario borrar el legado comunista, reformó la Constitución en el 2012 para negar la responsabilidad de Hungría en el Holocausto nazi y dar un trato preferente a las familias tradicionales y heterosexuales. Luego adelantó la edad de jubilación de los jueces del Tribunal Supremo y restó poder al Constitucional, lo que le sirvió para aprobar más de 1.000 leyes, muchas sin debate previo. Además, creó un organismo que impide a los medios opositores cubrir comicios, estrechó los lazos con oligarcas a los que situó a la cabeza de empresas, y reestructuró el sistema electoral con el objetivo de perpetuarse al mando. Todo ello mientras en paralelo llevaba a cabo una purga, similar a la de Erdogan en Turquía, que le ha enemistado con las oenegés que denuncian el recorte de las libertades fundamentales. Aunque su enemigo acérrimo es George Soros. Después de las últimas elecciones, Orbán publicó una lista con el nombre de 2.000 supuestos mercenarios del filántropo y millonario húngaro acusados de querer derrocarle.

Auge económico

La receta del éxito. Con todo, el primer ministro sigue siendo muy popular debido en buena parte al impulso económico que ha dado al país desde que en el 2010 pidiera más tiempo a Bruselas para rebajar su excesivo déficit, herencia de los conflictos. Hungría crece hoy a un ritmo del 4 %, los salarios han subido un 10 % por año, el porcentaje de población activa ha pasado del 54 % al 70 %, y el desempleo ha caído hasta el 4 %. Pese a que la escasa natalidad y la elevada emigración de trabajadores, que huyen de unos sueldos que aún figuran entre los más bajos de la UE, han provocado la falta de mano de obra en áreas como la sanidad o la electrónica, el sector privado lidera el crecimiento al representar el 80 % del PIB. La inversión extranjera desempeña un papel decisivo. De ahí que la intención de Orbán sea mantenerse tan cerca del presidente ruso Vladimir Putin, de quien depende por los gasoductos de la era soviética que atraviesan Hungría, como de la UE, que le concede fondos anuales por valor de entre 3.000 y 4.000 millones de euros que han resucitado a la construcción. Poco parece importar que la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude esté investigando a su yerno por malversación.

Pulso con la UE

Reto para el eje París-Berlín.. «Hola, dictador». Así saludó el presidente de la CE, Jean-Claude Juncker, a Orbán a su llegada a una cumbre en el 2015. Lejos de perder influencia, «el hombre peligroso», como se refirió a él Angela Merkel, ha cogido impulso tras el brexit, la presidencia de Donald Trump y el auge de la ultraderecha. Sin duda, el mandatario se ha consolidado como el contrapeso a la voluntad del eje francoalemán dentro del bloque comunitario y exportado su deriva autocrática al Grupo de Visegrado, integrado por Polonia, Eslovaquia, República Checa, e incluso a Eslovenia. El problema es que ha sido elegido democráticamente, lo cual supone un desafío para la UE, que carece de herramientas legales y políticas para derrotarle. La única opción es que Bruselas se atreva por fin a cumplir su amenaza y vincule la concesión de fondos al cumplimiento de los valores europeos recogidos en el Tratado de Lisboa que Hungría ratificó. No hay que olvidar que, pese a que el líder nacionalista se presente a sí mismo como la antítesis al establishment comunitario, tres cuartas partes de los húngaros desean permanecer en el club.

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