Sentencias ajustadas a derecha

OPINIÓN

Pilar Canicoba

26 jul 2021 . Actualizado a las 05:00 h.

La sublevación militar de julio de 1936 contra el Gobierno de la Segunda República no fue un golpe de Estado porque fue provocada desde la propia República. Es lo que pasa cuando la democracia se viste como una puta; que merece ser violada. Impúdicos argumentos antidemocráticos como esa justificación del golpe son los que Pablo Casado compartió, alborozado, en esa reciente congregación de nostálgicos del nacional-catolicismo represor con cierto tufo proto-golpista. Un hedor que el pretendido disfraz de «concordia», en el que Casado pretende embutirse, no consigue camuflar.

El líder popular pretende surfear así la vertiente patria de la ola reaccionaria global y llegar sobre la tabla de surf hasta la Moncloa, azuzado por el temor a verse «usurpasado» por los esperpentos del trumpismo chulapo y del filofascismo rampante.

Un «virus» en plena transmisión puesto que se dan las condiciones propicias de desigualdad e incertidumbre, favorecidas, interesadamente, por los beneficiarios del statu quo. Sociedades construidas sobre una desigualdad jerarquizada en las que a más poder de una minoría, más privilegios aún, entre los que está el ilegítimo acceso a la riqueza detraída a quienes tienen menos poder, es decir, a la inmensa mayoría. Este orden establecido requiere, para mantenerse inalterado, de una serie de mecanismos coercitivos que han ido evolucionando a lo largo de la historia: la violencia, el temor al castigo divino -convenientemente administrado por los representantes de los poderes sobrenaturales-, la explotación laboral, el discurso alienante, el control de las expectativas -facilitado por nuestra prolífica aportación de datos personales a través de las tecnologías de la comunicación- y la guerra judicial (lawfare, en inglés), entre otros.