Los últimos del Calatrava

Los clientes aprovecharon las horas previas al cierre oficial del centro comercial para dar el último recorrido por sus pasillos

Interior del centro comercial Modoo, en el Calatrava
Interior del centro comercial Modoo, en el Calatrava

Redacción

Un silencio sepulcral se presentaba una vez se entra en el centro comercial Modoo en las horas previas a su cierre. De repente, una carrera acompañada de un grito rompía con la calma: niños corretean y juguetean en los pasillos ante la atenta mirada de los abuelos y familiares que los acompañan. Con solo dos establecimientos abiertos, los clientes recorrían las estancias que permanecen abiertas al paso. La clientela ya veía venir este cierre, y no se siente extrañada ante la noticia de la clausura de uno de los símbolos más representativos del gabinismo. Un edificio que, según alguno de los usuarios del mismo, «nunca se debió haber construido».

Más allá de los puntuales gritos de júbilo de los pequeños que disfrutaban de las máquinas infantiles situadas en la segunda planta del centro comercial, el silencio reinaba en todo el lugar. Algún joven aprovechaba los enchufes de los pasillos para sentarse a recargar el móvil mientras lo utilizan para chatear con sus amigos. Los jóvenes que acudieron al Calatrava o bien se dirigían a una de las dos cadenas de restauración que siguen abiertas pese al cierre, y que enfrentan una batalla legal por la vigencia de sus contratos, o bien daban un paseo por los pasillos en las últimas horas del centro comercial. Los más pequeños de la casa, mientras, correteaban por los pasillos ajenos a los familiares que les acompañaban a lo largo de las estancias. Muchos aprovechaban para dar una última vuelta por el edificio, y los hay que se sentaban en grupo en las terrazas aún abiertas para tomar un refrigerio, merendar y charlar.

El aspecto que presentaba los pasillos no distaba mucho del que se podía observar en fechas recientes. «Esto no es muy diferente de lo que se podía ver en fechas pasadas. Incluso en Navidad, ya estaban cerrados los negocios de la planta baja», explicaba Jorge González, cliente asiduo del centro comercial, a quien la noticia del cierre no le pilló por sorpresa. Confesaba que era algo que «ya veía venir mucho tiempo atrás», y consideraba que se trata de un edificio que «nunca debería haberse construido». Apuntaba que no fue nada más que un «despilfarro y una chapuza», y señalaba el gran contraste arquitectónico del Calatrava frente a los edificios de la zona. «Esto parece más un aeropuerto, choca con lo que hay a su alrededor», sostenía.

Para este ovetense, el cierre no debería haber sido una opción. «Debería haberse mantenido como estaba, una vez construido. Si lo cierras, quitas un centro comercial a la gente que vive por la zona», señalaba. González solía ir los fines de semana al centro comercial, y la tendencia de cierres y falta de renovaciones de los locales clausurados fue uno de los síntomas que le hacía ver lo que acabaría ocurriendo. «Veía como los establecimientos cerraban y no se les ofrecía la oportunidad de renovar», añadía. Pese a los planes contemplados para dinamizar este edificio, como la apertura de un nuevo gimnasio y cines, este usuario consideraba que «esto no tiene ningún futuro ya».

«No se pensó bien todo antes de construirlo: se gastó una gran cantidad de dinero para ahora cerrarlo y desmontarlo todo», aseveraba este ovetense, que se despedía para aprovechar las horas previas al cierre de un lugar que abrió sus puertas un 4 de marzo de 2008. Gabino de Lorenzo, entonces alcalde de Oviedo, elogió esta construcción y la denominó como «referente de Oviedo y de Asturias». Once años después, deshoja la margarita de un nuevo futuro que comienza hoy, cuando se cierre oficialmente y comience una batalla legal entre los dos locales de restauración que se niegan a irse del centro comercial. Mientras los últimos clientes apuraban las últimas horas previas al cierre, los últimos negocios abiertos lucharán por su pervivencia. 

Comentarios

Los últimos del Calatrava