Gabino de Lorenzo, de hombre que lo pudo todo a jubilado con nocturnidad

Raúl Álvarez REDACCIÓN

ASTURIAS

Juan Ignacio Zoido, junto a Gabino de Lorenzo y mandos policiales en la comisaría de Gijón
Juan Ignacio Zoido, junto a Gabino de Lorenzo y mandos policiales en la comisaría de Gijón

El político recién retirado presidió una era de urbanismo desaforado y excesos en Oviedo, fue una figura controvertida y no dejó huella en la Delegación del Gobierno

24 mar 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Gabino de Lorenzo, que nunca ha desdeñado los trucos publicitarios, se ha despedido de la política activa con una hazaña minimalista en la que lo poco es mucho. Descontadas la dirección y la firma, la carta en la que el veterano político anunció a Mariano Rajoy su dimisión como delegado del Gobierno en Asturias comienza y acaba en 64 palabras. Pero lo importante en ella no es su parco contenido, sino esa manera de acaparar los focos aun cuando finge rehuirlos y no darse importancia que ha caracterizado la larga carrera del exalcalde de Oviedo. Porque De Lorenzo, entre otras cosas, es un animal escénico, una figura excesiva, autoritaria, histriónica y divisiva que a lo largo de más de 30 años ha cautivado y soliviantado por igual a sus compañeros de partidos, a sus adversarios políticos y a los ciudadanos cuyo voto solicitaba. Su legado incluye la transformación urbanística de la capital asturiana en la ciudad de aspecto moderno que es hoy, pero también sombras numerosas y espesas. El gusto por las iniciativas faraónicas y el gasto suntuario, los grandes proyectos fallidos y ruinosos, el desprecio por todo aquel que no compartiera sus ideas o jaleara sus iniciativas, el endeudamiento oceánico de la administración local y el vacío absoluto de sus seis años como representante del Ejecutivo central en la comunidad autónoma pesan en su contra a la hora del balance final.

De Lorenzo es un hombre hecho a sí mismo. No procede de una de esas familias burguesas del Oviedín tradicional, sino que fue un universitario de familia humilde que gracias a su capacidad como estudiante se convirtió en ingeniero de Minas y tuvo acceso a buenos trabajos en la siderurgia de Gijón. Aunque había coqueteado con el CDS, su entrada plena en la política solo tuvo lugar cuando ya no era joven. En 1987, con 44 años, fracasó en su primer asalto a la alcaldía, que revalidó Antonio Masip para el PSOE. Pero aquel año fue importante porque marcó el inicio de su largo, estricto e indesmayable control de la junta local del PP, sobre la que erigió su base de poder en la ciudad y en Asturias. Cuatro años después, en las siguientes elecciones, consiguió encabezar la lista más votada. No alcanzó la mayoría absoluta, pero los representantes de su antigua formación centrista, Consuelo Marcos Vallaure y Javier Sopeña, le entregaron con su apoyo el bastón de mando.

Planes de choque y lavados de cara

Nunca ha tenido reparos a ejercer el poder, así que el nuevo alcalde se lanzó a un programa acelerado de obras, planes de choque y lavados de cara que transformaron la trama urbana. La ciudad provinciana, pequeña y sucia de los 80 dio paso a una nueva urbe con amplias zonas peatonales, un casco antiguo vedado a los vehículos y una floración exuberante de glorietas, fuentes, farolas y árboles ornamentales. Y limpia, reluciente, a base de destinar enormes sumas del presupuesto a pagar a la contrata que barría, baldeaba y limpiaba cada rincón del centro a la vista de todos los ciudadanos. Hubo quien criticó la uniformidad y la grisura de todo aquel diseño, pero los disidentes resultaron ser pocos a la hora de contar los votos en las municipales de 1995, el año en el que Oviedo se entregó rendido a su nuevo alcalde. De Lorenzo consiguió una mayoría absoluta que ahora parece irrepetible. Superó el 62% de los sufragios y se convirtió en el segundo alcalde con más respaldo popular entre las grandes ciudades españolas.