Gabino de Lorenzo, de hombre que lo pudo todo a jubilado con nocturnidad

El político recién retirado presidió una era de urbanismo desaforado y excesos en Oviedo, fue una figura controvertida y no dejó huella en la Delegación del Gobierno

Juan Ignacio Zoido, junto a Gabino de Lorenzo y mandos policiales en la comisaría de Gijón
Juan Ignacio Zoido, junto a Gabino de Lorenzo y mandos policiales en la comisaría de Gijón

Redacción

Gabino de Lorenzo, que nunca ha desdeñado los trucos publicitarios, se ha despedido de la política activa con una hazaña minimalista en la que lo poco es mucho. Descontadas la dirección y la firma, la carta en la que el veterano político anunció a Mariano Rajoy su dimisión como delegado del Gobierno en Asturias comienza y acaba en 64 palabras. Pero lo importante en ella no es su parco contenido, sino esa manera de acaparar los focos aun cuando finge rehuirlos y no darse importancia que ha caracterizado la larga carrera del exalcalde de Oviedo. Porque De Lorenzo, entre otras cosas, es un animal escénico, una figura excesiva, autoritaria, histriónica y divisiva que a lo largo de más de 30 años ha cautivado y soliviantado por igual a sus compañeros de partidos, a sus adversarios políticos y a los ciudadanos cuyo voto solicitaba. Su legado incluye la transformación urbanística de la capital asturiana en la ciudad de aspecto moderno que es hoy, pero también sombras numerosas y espesas. El gusto por las iniciativas faraónicas y el gasto suntuario, los grandes proyectos fallidos y ruinosos, el desprecio por todo aquel que no compartiera sus ideas o jaleara sus iniciativas, el endeudamiento oceánico de la administración local y el vacío absoluto de sus seis años como representante del Ejecutivo central en la comunidad autónoma pesan en su contra a la hora del balance final.

De Lorenzo es un hombre hecho a sí mismo. No procede de una de esas familias burguesas del Oviedín tradicional, sino que fue un universitario de familia humilde que gracias a su capacidad como estudiante se convirtió en ingeniero de Minas y tuvo acceso a buenos trabajos en la siderurgia de Gijón. Aunque había coqueteado con el CDS, su entrada plena en la política solo tuvo lugar cuando ya no era joven. En 1987, con 44 años, fracasó en su primer asalto a la alcaldía, que revalidó Antonio Masip para el PSOE. Pero aquel año fue importante porque marcó el inicio de su largo, estricto e indesmayable control de la junta local del PP, sobre la que erigió su base de poder en la ciudad y en Asturias. Cuatro años después, en las siguientes elecciones, consiguió encabezar la lista más votada. No alcanzó la mayoría absoluta, pero los representantes de su antigua formación centrista, Consuelo Marcos Vallaure y Javier Sopeña, le entregaron con su apoyo el bastón de mando.

Planes de choque y lavados de cara

Nunca ha tenido reparos a ejercer el poder, así que el nuevo alcalde se lanzó a un programa acelerado de obras, planes de choque y lavados de cara que transformaron la trama urbana. La ciudad provinciana, pequeña y sucia de los 80 dio paso a una nueva urbe con amplias zonas peatonales, un casco antiguo vedado a los vehículos y una floración exuberante de glorietas, fuentes, farolas y árboles ornamentales. Y limpia, reluciente, a base de destinar enormes sumas del presupuesto a pagar a la contrata que barría, baldeaba y limpiaba cada rincón del centro a la vista de todos los ciudadanos. Hubo quien criticó la uniformidad y la grisura de todo aquel diseño, pero los disidentes resultaron ser pocos a la hora de contar los votos en las municipales de 1995, el año en el que Oviedo se entregó rendido a su nuevo alcalde. De Lorenzo consiguió una mayoría absoluta que ahora parece irrepetible. Superó el 62% de los sufragios y se convirtió en el segundo alcalde con más respaldo popular entre las grandes ciudades españolas.

Pecó de orgullo. A De Lorenzo le gustaba ejercer de alcaldón y pasearse por las calles, teléfono en mano con uno de los primeros móviles vistos en Asturias, para cultivar el populismo. Llamaba a los servicios municipales para transmitir las quejas de los vecinos acerca del funcionamiento del consistorio. Al mismo tiempo, desarrollaba su política suntuaria de gestos, gastos, colaciones, vinos, congresos y pitanzas con las que invitaba tanto a las asociaciones afines como a los visitantes de la ciudad. La rehabilitada plaza del pescado de Trascorrales, en la espalda del Ayuntamiento, se ganó en esa época su sobrenombre de fartódromo. Su mesianismo empezaba a manifestarse. Cortó las relaciones con todos los medios de comunicación, los asfixió con la retirada de publicidad institucional y subvenciones allá donde pudo, y solo conservó el buen trato con uno, convertido en su órgano de cabecera y en el portavoz de unos éxitos que ya empezaban a estar más en su cabeza que en la realidad.

El catastrazo

Apenas estrenada la mayoría absoluta, en los primeros meses de su segundo mandato, estalló la revuelta vecinal contra el catastrazo. Al hilo de la revisión de las bases imponibles del Impuesto sobre Bienes Inmuebles (IBI), el alcalde decidió imponer una fuerte subida del tipo. Esperaba recaudar así 2.100 millones de pesetas adicionales para su programa de obras desorbitadas, que ya habían desbordado la capacidad inversora del municipio. Tuvo que mediar Francisco Álvarez-Cascos, entonces todopoderoso en el PP nacional y con el que aún no se había enemistado, para moderar aquel recargo. Aun así, en los primeros meses de 1996 De Lorenzo tuvo que soportar la mayor manifestación en contra de su gestión organizada en Oviedo.

Pero por entonces De Lorenzo (que solo era conocido por su apellido en los periódicos; para los vecinos siempre fue Gabino) se había convertido ya en el rey de Oviedo, casi un nuevo Fruela o Alfonso que sumar a la lista de monarcas asturianos. Despectivo con sus críticos, altanero y aficionado a las artes escénicas y el circo desde su experiencia juvenil como clown, era capaz de disfrazarse de chulapo para presentar una temporada de ópera y seguir en carácter como un actor para arremeter contra el PSOE, ya fuera en su formato de oposición en el Ayuntamiento o de Gobierno en la comunidad autónoma. Los 200 metros que separan los despachos del alcalde y del presidente de Asturias parecían en ocasiones una distancia sideral, inabarcable. De Lorenzo forjó la imagen del cerco a Oviedo para resumir con ella el supuesto acoso al que lo sometía el Principado, aunque nunca lo demostró con pruebas. Cascos, tras la crisis política y personal que los separó para siempre en el verano del 2010, se encargó de dinamitar esa versión y empezó a poner en circulación otra, tampoco documentada: el pacto del duernu, o presunto acuerdo entre el PP y el PSOE para repartirse las instituciones asturianas y dejar la capital siempre en manos populares.

Gastos sin control

Gran parte de los problemas de lo que ya empezaba a consolidarse como gabinismo tenían, sin embargo, origen interno. De Lorenzo gastaba como si tuviera una máquina de acuñar moneda, pero no disponía de ella. La capacidad económica municipal se secó. Además, su estilo grandilocuente y su afición a las grandes obras sin dar explicaciones a la oposición empezó a dejar tras de sí un rastro de operaciones fallidas y pérdidas colosales. Las plazas de estacionamiento de Cinturón Verde, un proyecto de ambición desusada que lastró durante 20 años la gestión municipal, fueron el primer eslabón de una cadena que crecía mandato tras mandato: el primer auditorio de Rafael Beca (elegido sobre el mucho más prestigioso Rafael Moneo por sus buenas relaciones con el PP), una fábrica grietas, defectos e irregularidades que aún afloran en el 2018 (como su falta de adecuación a las medidas para caso de incendio); el segundo auditorio y palacio de congresos de Santiago Calatrava, un mamotreto caro, plagado de sobrecostes y que nunca ha cumplido sus promesas; la operación cambiante y aún incompleta de la parcela de la antigua estación de El Vasco; la adquisición por un precio espeluznante del palacete de Villa Magdalena, que iba a ser residencia real y acabó en biblioteca.

Se sucedían también los anuncios concebidos para ganar atención y votos, aunque desaparecieran de escena con la misma rapidez con la que se arrancan los carteles electorales viejos. Ya antes de ser alcalde había prometido un metro subterráneo entre El Cristo y La Tenderina, más tarde reconvertido en tren ligero en superficie y por último desvanecido en humo y nada. Como la red de apeaderos de Feve para coser la ciudad. O el monorraíl del Naranco. O la playa fluvial del parque del Oeste, junto al río Gafo. O la urbanización de La Manjoya, donde un suelo industrial contaminado y nocivo iba a transformarse sin esfuerzo en una urbanización exclusiva, con lago artificial y un club de vela incluidos.

El absolutismo

Al mismo tiempo, la vocación monárquica de De Lorenzo se decantaba hacia un absolutismo que envileció la vida política municipal. Los desplantes a la oposición, las trabas para el acceso a la documentación y el ejercicio del control del equipo de gobierno, las purgas de funcionarios y las denuncias de irregularidades (por lo general archivadas por la fiscalía) menudearon. Los contratos municipales tendían a acumularse en las mismas empresas. El jefe del Área de Seguridad Ciudadana, Agustín de Luis, dirigía la Policía Local sin explicaciones. Se aprobaban medidas basadas en expedientes que no firmaba ningún trabajador público. Las denuncias de la oposición poco importaron a los votantes. El alcalde repitió mayoría absoluta en 1999, 2003 y 2007. Si estallaban escándalos, no faltaban escuderos dispuestos a sacrificarse: Javier Sopeña, un nombre que se repite, Jaime Reinares, condenado por recibir y difundir correos hackeados a la Sindicatura de Cuentas, Agustín Cuervas-Mons, Alberto Mortera (que, en un asombroso caso de transfuguismo, pasó de azote socialista del gabinismo a concejal popular) o Agustín Iglesias Caunedo se tragaron sapos y culebras por él. Pero solo el estallido social de 2011, después de la crisis económica y del despertar del 15-M, le privó de arrasar de nuevo. Sin mayoría absoluta, solo aguantó unos pocos meses antes de delegar en Caunedo y aceptar la Delegación del Gobierno. Se vendió la operación como un refuerzo político del PP para hacer frente a Cascos, que, desgajado de sus antiguos compañeros, se había hecho por sorpresa con la presidencia regional.

Pero De Lorenzo, ya mayor, se esforzó poco en la Delegación. Se llevó con él a Mortera, rompieron y, según algunas interpretaciones, los actuales aprietos judiciales de su antiguo hombre de confianza tienen que ver con su decisión de apartarse de la vida pública ahora que ha llegado a los 75 años. Quizá sea así, pero la presión y las amenazas nunca le han arredrado. Su yeguada de Benia de Onís, de origen brumoso e incierto, resistió todos los interrogantes y se prolongó y confundió con la gestión pública en el dispendio del centro ecuestre El Asturcón, otro caro capricho infrautilizado, herencia envenenada para los alcaldes posteriores. Antiguo presidente de la Federación Asturiana de Boxeo, el cuerpo a cuerpo le espolea. Su dominio abrumador en Oviedo en tiempos en los que el partido fracasaba en la Junta General contra las mayorías de Vicente Álvarez Areces y en las grandes ciudades le dio un gran poder interno. Tramó con Cascos el acoso al único gobierno popular del Principado en democracia, el de Sergio Marqués, volado desde dentro por sus compañeros. Pero el intento de Cascos de volver a primera fila de la política asturiana los separó. De Lorenzo prefirió otras combinaciones y el PP asistió atónito al sorpasso que su exsecretario general, un peso pesado, consiguió de forma inopinada.

Como también es flamenco y fundador de la peña Enrique Morente, De Lorenzo imaginó que recuperaría el duende. Pero no lo ha conseguido en seis años y su último recuerdo en política es una dimisión triste y nocturna. Para su partido, en el que lo pudo todo, su decisión tiene hoy más de alivio que de disgusto.

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