Miguel Ángel García y Clara Suárez cerrarán el domingo para siempre las puertas de un negocio que, pese a que funciona «mejor que nunca y está a tope», no ha «habido manera» de traspasar para que continúe su legado
01 sep 2023 . Actualizado a las 05:00 h.Después de 38 años de buen hacer tras la barra y en los fogones, Miguel Ángel García y Clara Suárez cerrarán un negocio, la Bodega de Miguel, que ha dado bien de comer y beber a los vecinos en el número 39 de la calle Dindurra desde 1985. La llegada de una bien merecida jubilación y la falta de relevo generacional ponen el punto y final a un emblemático bar y restaurante que, como reconoce el propio Miguel Ángel García, «funciona mejor que nunca».
Tras más de cuatro décadas en el terreno de la hostelería estos dos profesionales han decidido retirarse de la primera línea. «Yo trabajaba en el Mayka, entonces Clara y yo decidimos empezar con un barín pequeño en Garcilaso de La Vega, donde estuvimos dos años», recuerda este veterano hostelero. Insiste en que los de mediados de los 80 «eran años muy buenos» para el negocio.
Al poco decidieron hacerse con el establecimiento que hoy es la zona de bar de la Bodega de Miguel «e instalarlo». Posteriormente, «a los siete años», se hicieron con «el local de al lado y nos quedó un comedor muy curioso».
Admite que en estos años se pasaron también «épocas duras como la de la Covid, donde perdimos años de vida todos y un montón de dinero», si bien agradece que «la gente siguió y volvió». Recuerda emocionado como, durante esos meses, «había gente que nos pedía comida para llevar a casa y lo hacían solo porque querían ayudar».
La decisión de poner punto y final a su negocio ha sido dura, como él mismo reconoce. «Cumplimos 65 años ya y no hay relevo ni por parte familiar ni de nadie», explica. Y es que, pese a que lo han intentado, «no ha habido manera» de traspasar un establecimiento que, «después de tantos años», funciona «mejor que nunca, está a tope y en el que, de hecho, no podemos atender todas las reservas». No obstante considera que «ahora mismo en el sector de la hostelería es lo que hay».
Cree que uno de los encantos de la Bodega de Miguel a lo largo de los años ha sido crear un ambiente de «chigre del pueblo» en plena ciudad de Gijón. No en vano hay una zona de la barra, junto a los cañeros, a la que se refiere como «el lavaderu» y en la que «como en el bar de toda la vida se habla de política, fútbol... de lo divino y lo humano». No en vano, sus cachopos, cachopinos, fabadas, potes y tortillas son muy reconocidos, no solo por los vecinos del barrio, sino también por los jurados de una gran cantidad de premios que se han llevado o en los que han quedado entre los primeros clasificados.
Miguel Ángel García no puede evitar admitir que lleva «una semana sin dormir», ya que no sabe si va «a ser capaz» de controlar sus emociones cuando llegue el domingo, día en el que dejará atrás toda una vida en la hostelería. «Son cincuenta años en la profesión y el día después va a costar mucho aceptarlo», apunta. Reconoce que «hay días que uno se levanta y no puede con el alma, pero vienes a trabajar y revives. Mi mujer muchos días viene a las 10.30 de la mañana y le dan las 2.30 de la madrugada».
Pese a los años de entrega a un negocio muy duro se muestra «muy agradecido» a sus clientes de tantos años y a la hostelería, «gracias a la que comimos y le dimos una educación a mi hija».