Rafael Valdés, experto en microbiota: «Los probióticos están sobrevalorados. Se les atribuyen más beneficios de los que realmente tienen»
ASTURIAS
Doctor por la Universidad de Oviedo, el murciano lidera una investigación centrada en el papel del microbioma y la dieta en el desarrollo del cáncer, así como en su influencia sobre el envejecimiento saludable
20 abr 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Formado inicialmente en Ingeniería Industrial en la Universidad de Oviedo, Rafael Valdés Mas (Murcia, 1987) orientó pronto su carrera hacia la biología y la investigación. Se doctoró tras desarrollar una tesis en genómica del cáncer bajo la dirección del científico asturiano Carlos López-Otín, una de las figuras más reconocidas a nivel internacional en este campo, y del catedrático Xosé Suárez Puente.Tras alcanzar el máximo grado académico, inició su trayectoria profesional en DreamGenics, en Oviedo, donde trabajó durante tres años. Aquella etapa supuso un punto de inflexión en su interés por la microbiota y su influencia en la salud, el envejecimiento y la enfermedad.
Posteriormente se trasladó al Weizmann Institute of Science en Israel, uno de los centros de investigación más prestigiosos del mundo, donde profundizó en el estudio del microbioma humano y su papel en distintas patologías humanas. De regreso a España, se incorporó al CIMA Universidad de Navarra, donde puso en marcha su propio grupo de investigación. Desde entonces, centra su trabajo en desentrañar cómo la compleja interacción entre el huésped, el microbioma y la dieta influye en el desarrollo de enfermedades, especialmente el cáncer, y en los procesos asociados al envejecimiento.
—Se habla de microbiota y de microbioma indistintamente, pero ¿qué diferencia existe entre ambos conceptos?
—La microbiota es el conjunto de microorganismos que tenemos en el cuerpo, mientras que el microbioma es una imagen un poco más global de esos microorganismos que hay en nuestro cuerpo, de los genes que tienen y de las funciones que cumplen, digamos. Aunque hay matices en la definición, a nivel práctico es lo mismo. Todos los científicos utilizamos ambos términos indistintamente.
—¿Qué papel juega la microbiota en enfermedades crónicas como la obesidad, la diabetes o enfermedades autoinmunes?
—La microbiota se relaciona con muchísimas patologías. Al final, si uno lo piensa, tiene más microorganismos en el cuerpo que células humanas, y todos ellos están en nuestro organismo no como simples pasajeros, sino en una auténtica simbiosis. Es decir, son clave para muchísimos procesos, como la digestión de alimentos que nosotros no somos capaces de procesar. Quizá lo más relevante es que el sistema inmune se controla, se entrena y se modula a través de una microbiota sana. Todo lo que comemos influye en esa microbiota, entre otros muchos factores, como la genética, el estilo de vida, la actividad física, el país en el que vivimos, el ambiente en el que nos movemos o el nivel de estrés. Todo ello condiciona la microbiota y, en consecuencia, puede hacer que nuestro organismo se beneficie o no de una microbiota más saludable. Se sabe, por ejemplo, que cuando se desarrolla alguna enfermedad, la microbiota suele estar alterada y se asocia a esa patología. Existen incluso firmas microbianas características de distintas enfermedades. Esto no significa que todas las enfermedades estén causadas por la microbiota, pero sí que puede contribuir en mayor o menor medida a su desarrollo. Por ejemplo, algunas bacterias presentes en el intestino pueden tener efectos genotóxicos, es decir, pueden provocar daños en las células intestinales y favorecer la acumulación de mutaciones, lo que a largo plazo puede contribuir al desarrollo de cáncer de colon. Otras bacterias pueden favorecer procesos inflamatorios y contribuir a enfermedades como la enfermedad de Crohn o la colitis ulcerosa. Evidentemente, existen factores genéticos y otros elementos implicados, pero una microbiota alterada puede favorecer un entorno intestinal inflamatorio y contribuir al desarrollo de estas patologías.
«El sistema inmune se controla, se entrena y se modula a través de una microbiota sana»
—Uno de los objetivos del estudio científico que lidera es comprender el papel del microbioma en el cáncer. ¿A qué más conclusiones han llegado por el momento?
—Empieza a haber mucha evidencia de cómo el cáncer de colon, o su progresión, puede estar mediada por bacterias. Se sabe que hay algunas bacterias proinflamatorias, como Fusobacterium nucleatum, que en pacientes con cáncer de colon pueden favorecer que el tumor progrese más rápido. También se ha observado que determinadas dietas modulan la microbiota y pueden influir en la velocidad de crecimiento del tumor, haciéndolo más lento en algunos casos.En este sentido, la evidencia actual sobre la relación entre la microbiota y el cáncer está todavía en sus inicios. No tenemos aún una clarividencia de todos los mecanismos por los que la microbiota puede contribuir al desarrollo o progresión del cáncer. Hay que tener en cuenta que en el intestino tenemos millones de microorganismos, como si fuera una ciudad, donde las interacciones entre todos esos «habitantes» es muy compleja. Por ello, entender cómo una mayor o menor abundancia de determinadas bacterias afecta al conjunto de la microbiota es algo que apenas estamos empezando a comprender. Sigue siendo un reto desentrañar cómo pequeñas alteraciones, desequilibrios de la microbiota o disbiosis pueden contribuir al cáncer.
—¿Qué tipo de dieta recomendaría para una microbiota saludable?
—La que tenemos en España, que es la dieta mediterránea. Yo no recomendaría, o creo que es un error pensar que existen superalimentos, es decir, alimentos que por sí solos revierten todo lo que se haya podido comer de forma poco saludable. Lo que realmente marca una buena microbiota es una dieta equilibrada. Es decir, comer bien en general. Evitar los productos ultraprocesados, saber comer un poco de todo —proteínas, fibra, vegetales, fruta— y combinarlo de forma adecuada, incluyendo en ocasiones carne o pescado. En este sentido, la dieta mediterránea es uno de los modelos más estudiados y se ha asociado con mayor longevidad y menor riesgo de enfermedades cardiovasculares y metabólicas, como la obesidad o la diabetes. Todas estas patologías parecen tener menor incidencia en personas que siguen este patrón de dieta mediterránea y un estilo de vida asociado, que también incluye actividad física y otros hábitos propios de la cultura mediterránea.
«La microbiota puede contribuir, en mayor o menor medida, al desarrollo de enfermedades»
—¿Qué errores más comunes se suelen cometer a la hora de cuidar la microbiota?
—Hay muchos productos que pensamos que son sanos, pero en el fondo son ultraprocesados. Están los famosos zumos envasados, el pan de molde… todo este tipo de cosas, a primera vista, pueden parecer saludables, pero en realidad hay opciones más sanas. No diría que no se deban consumir nunca, pero sí que existen alternativas mejores y que están muy integradas en nuestra cultura, lo que hace que a veces asumamos que son saludables cuando no lo son tanto.
—Para tener una buena microbiota también resulta fundamental hacer ejercicio de forma habitual.
—Sí, porque, al igual que la dieta mediterránea, el ejercicio físico contribuye, entre otras cosas, a modular la microbiota. No obstante, el gran modulador de la microbiota es la dieta. Comer bien va a repercutir en muchos factores, pero en gran medida, o al menos de forma muy importante, está influyendo en la microbiota, y esa microbiota es la que contribuye a que nuestro cuerpo se mantenga sano.
«Determinadas dietas modulan la microbiota y pueden influir en la velocidad de crecimiento del tumor, haciéndolo más lento en algunos casos»
—¿Qué síntomas o signos nos pueden alertar de que tenemos problemas de microbiota?
—Evidentemente, todo lo que es malestar digestivo es un síntoma. Hay más causas, por supuesto, pero si una persona tiene problemas, como irregularidad en el tránsito intestinal, hinchazón abdominal o alimentos que le sientan mal, este tipo de signos, además de factores genéticos o enfermedades como la enfermedad inflamatoria intestinal, pueden estar también relacionados con una microbiota alterada. También se sabe que muchas enfermedades presentan una microbiota característica. Por ejemplo, la obesidad se asocia a una microbiota alterada, al igual que enfermedades intestinales como la enfermedad de Crohn o la colitis ulcerosa.
—¿Y puede afectar al sueño?
—Es una pregunta difícil porque todavía estamos avanzando en este campo. Sí que te diría que cada vez conocemos más el llamado eje intestino-cerebro, en el que lo que comemos y cómo lo hacemos puede influir en muchos factores del cerebro, como el estrés, la ansiedad, las capacidades cognitivas o el comportamiento social. Todos estos parámetros, en cierta medida, también parecen depender de la microbiota. Sabemos, por ejemplo, que existe un sistema de comunicación a través de nervios, como el nervio vago, y en estudios recientes se está viendo cómo la microbiota puede influir en la señalización que se transmite a través de esta vía. Esto podría explicar, de forma indirecta, cómo la microbiota participa en procesos que ocurren en el cerebro. Entre ellos podrían estar el estrés o incluso el sueño, aunque en este último caso yo sería más prudente. Sí sabemos que cuando uno come mucho puede tener más pesadez digestiva, la digestión se hace más lenta y eso puede dificultar el descanso, pero atribuirlo directamente a la microbiota quizá sea ir demasiado lejos con la evidencia actual. En general, me centraría en lo que sí está más establecido: la posible relevancia de la microbiota en funciones cognitivas y procesos cerebrales, aunque todavía queda mucho por investigar.
«Es un error pensar que existen superalimentos, es decir, alimentos que por sí solos revierten todo lo que se haya podido comer de forma poco saludable»
—¿Hasta qué punto es beneficioso el consumo de probióticos?
—A día de hoy, estos productos están algo sobrevalorados. Aunque no son perjudiciales y pueden ayudar en cierta medida, probablemente se les atribuyen más efectos de los que realmente tienen. En muchos casos, cuando tomamos probióticos, estos no llegan a colonizar de forma estable el intestino. Es decir, no terminan de asentarse en la microbiota. De hecho, en estudios, incluidos algunos en los que participé durante mi etapa en Israel, observamos que, en muchos casos, los probióticos simplemente pasan por el intestino sin integrarse de forma duradera. Lo que sí se ha visto es que, durante ese tránsito, pueden aportar ciertos beneficios, y algunos ensayos clínicos han mostrado efectos positivos. Sin embargo, sigue existiendo bastante controversia y no hay una evidencia concluyente de que sean universalmente beneficiosos Por ejemplo, uno de los estudios que realizamos en Israel abordaba una recomendación muy habitual: tomar probióticos después de un tratamiento con antibióticos. En este ensayo clínico dividimos a los participantes, tras recibir antibióticos, en tres grupos: uno que se recuperaba de forma natural, otro al que se le administraban probióticos y un tercero al que se le reintroducía su propia microbiota sana, previamente recogida antes del tratamiento. El objetivo era ver qué método favorecía una recuperación más rápida de la microbiota. Los resultados mostraron que quienes recibían su propia microbiota se recuperaban antes, seguidos por el grupo sin intervención. En cambio, los que tomaban probióticos tardaban más en recuperar su microbiota original. Esto sugiere que los probióticos, en algunos casos, pueden competir con la microbiota residual del intestino sin llegar a colonizarla, lo que podría ralentizar el proceso de recuperación en lugar de acelerarlo.
—Entonces es muy probable que en un futuro veamos tratamientos basados en la propia microbiota.
—Sí, eso es. De hecho, ahora mismo empiezan a surgir empresas que recogen tu microbiota para poder almacenarla y, en un futuro, si hubiera problemas, realizar un trasplante de la propia microbiota y así recuperar una microbiota sana y sus beneficios. Por otro lado, uno de los trabajos que hicimos va en esa misma línea: el desarrollo de terapias dirigidas para eliminar bacterias «malas» de la microbiota. Por ejemplo, en enfermedades inflamatorias intestinales hay algunas bacterias que son proinflamatorias, es decir, su presencia parece contribuir a la inflamación intestinal. Una de ellas es Klebsiella pneumoniae. Se ha observado que en pacientes con enfermedad de Crohn o colitis ulcerosa esta bacteria está más abundante, mientras que en personas sanas su presencia suele ser muy baja. Lo que hicimos fue desarrollar una terapia basada en virus llamados bacteriófagos, que son capaces de infectar de forma muy específica ciertas bacterias, pero no afectan a las células humanas. A partir de ahí, diseñamos un conjunto de bacteriófagos que demostraron ser capaces de eliminar de manera muy dirigida Klebsiella pneumoniae, preservando el resto de la microbiota. La idea es buscar alternativas a los antibióticos, ya que estos, aunque eliminan bacterias patógenas, también destruyen gran parte de la microbiota beneficiosa. En cambio, con los bacteriófagos se puede actuar de forma mucho más selectiva, eliminando solo lo que interesa.
«Si quieres tener una vida más sana y una microbiota equilibrada, cuida tu alimentación»
—Al final, una buena microbiota puede hacer que haya un envejecimiento saludable.
—Correcto. Es decir, la hipótesis de mi grupo de investigación es que la alimentación, el estilo de vida y la forma en la que vivimos determinan una microbiota sana o una microbiota disbiótica, es decir, alterada. Y esto, al tratarse de una exposición continua a lo largo de la vida, va influyendo en cómo envejece el organismo. En otras palabras, una microbiota sana, asociada a una dieta equilibrada y a hábitos saludables, podría contribuir a un envejecimiento más saludable o más lento. Esto, a su vez, podría generar una mayor protección frente a enfermedades asociadas al envejecimiento, como el cáncer o las enfermedades neurodegenerativas, entre otras muchas patologías que aparecen con la edad. Por tanto, estas enfermedades podrían depender, al menos en parte, de nuestro estilo de vida. Y si mantenemos hábitos saludables y una microbiota equilibrada, podríamos frenar o retrasar su aparición. Esta es, en esencia, la línea de investigación en la que estoy trabajando actualmente.
—Para terminar, ¿Qué consejo le daría a población general sobre salud microbiológica?
Lo que hemos comentado antes es que la mejor manera de cuidarse, cuando hablamos de nuestro propio organismo, es seguir una dieta mediterránea. Si quieres tener una vida más sana y una microbiota equilibrada, cuida tu alimentación. No se trata solo de evitar determinados productos, sino de seguir un patrón dietético mediterráneo en el día a día, con todos los beneficios que ya conocemos.