La dura realidad de padecer endometriosis: «No puedo evitar llorar sin consuelo al ver como ha limitado mi vida»
ASTURIAS
La asturiana Marta Magdalena vive con una menopausia inducida desde los 35 años para tratar de aliviar los incapacitantes síntomas de esta enfermedad que está poniendo en jaque su salud
13 jul 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Todavía no podía considerarse una adolescente, pero su cuerpo ya había iniciado la transición hacia la adultez. Marta Magdalena tenía solo 11 años cuando menstruó por primera vez. Ya entonces sufrió un sangrado muy abundante, acompañado de intensos cólicos en el bajo vientre. Estos síntomas se repitieron mes tras mes y, aunque la incapacitaban, asumió que aquel sufrimiento formaba parte del peaje que había que pagar por ser mujer. «En más de una ocasión llegué a desmayarme del dolor», recuerda esta asturiana, quien «muchos años después» comprendió que aquello que había normalizado eran, en realidad, las primeras señales de una endometriosis que hoy pone en jaque su salud y también su bienestar.
Con 16 años, para aliviar la intensidad de sus ciclos menstruales, a esta vecina de Langreo le recetaron la píldora anticonceptiva. «La tomé hasta los 23 o 24 años, más o menos, y la verdad es que me vino muy bien porque, aunque las reglas seguían siendo complicadas, al menos eran regulares y más cortas», relata. Tras dejar de tomar este medicamento que bloquea la ovulación se quedó embarazada de su primera hija. Al no tener el periodo, ese malestar mensual desapareció. Sin embargo, después de dar a luz, los problemas de salud regresaron. A los síntomas habituales de la menstruación se sumaron intensos episodios de migraña, por lo que tuvo que volver a someterse a un tratamiento hormonal «más específico».
«Con esta nueva píldora empecé a encontrarme mucho peor. Sangraba de forma continua y me dolían los ovarios todos los días», cuenta Marta. A esos problemas se sumaron, además, dificultades para mear. «Tenía siempre muchas ganas de hacer pis, pero necesitaba concentrarme mucho, adoptar determinadas posturas y, aun así, sentía que no vaciaba bien la vejiga», detalla. Durante mucho tiempo, los médicos atribuyeron estos síntomas a «supuestas» infecciones de orina. «Llegué a tener 14 en un año», recuerda. Sin embargo era «una señal más» de que «algo no iba bien» en su cuerpo. Se trataba de otra manifestación de la endometriosis, una afección inflamatoria crónica en la que tejido similar al endometrio crece fuera del útero, generalmente en ovarios, trompas de Falopio y pelvis.
Cambió varias veces de tratamiento pero seguía sin mejorar
Al trascurrir las semanas y su estado de salud era cada vez más delicado, decidió sustituir la píldora anticonceptiva por un dispositivo intrauterino hormonal. «Tras colocarme el DIU sentí un inmenso dolor que me bajaba por toda la pierna y no me dejaba caminar. Me dijeron que, al principio, era normal pero pasaban los meses y seguía igual. Así que volví al ginecólogo para que me lo quitase y la verdad que un verdadero alivio», admite. Volvió otra vez a tomar las pastillas para inhibir la ovulación, pero tampoco resultaron eficaces. «Mi cuerpo no las admitía», dice Marta, que en 2017 se quedó de nuevo en cita. «Este segundo embarazo fue horroroso. Me lo pasé prácticamente en el hospital, porque entre que me dieron cólicos nefríticos y tenía amenaza de parto prematuro…», recuerda a sus 37 años.
Tras dar a luz después de un parto «súper complicado», reanudó el tratamiento con la píldora anticonceptiva. Sin embargo, los mismos síntomas reaparecieron y se vio obligada a dejar el tratamiento. A partir de ese momento empezaron a acumularse otros problemas de salud. «Comencé a sentirme hinchada y, además, todo lo que comía me sentaba mal», cuenta, antes de señalar que le diagnosticaron colon irritable. Por si fuera poco, sus problemas de vejiga fueron «a más». «En 2021 empecé a sufrir infecciones de orina recurrentes y desequilibrios en la flora», recuerda. Después de años de consultas, en 2022 una prueba urodinámica permitió poner nombre a parte de sus dolencias: disinergia del detrusor e hipersensibilidad al llenado vesical.
Aunque conocía, en parte, las causas de su delicado estado de salud, su situación no mejoraba a pesar de los tratamientos. Por ello, no dejó de acudir al médico. En una de esas consultas, el especialista detectó una masa situada detrás de uno de sus ovarios, que se desplazaba hasta colocarse detrás del útero. «Me pautó una nueva medicación y me citó para una revisión seis meses después. Cuando volví, en abril de 2024, me confirmó que había empeorado. Me dijeron que tenía endometriosis, que ambos ovarios se habían desplazado a una posición retrouterina, que las infecciones ascendían hasta la pelvis y que también padecía adenomiosis», relata.
Recibir ese diagnóstico fue un duro golpe. «Empecé a llorar sin parar. Cada noche me encerraba en el baño, me metía en la ducha y lloraba desconsoladamente. A día de hoy sigo llorando sin consuelo a ver como esta enfermedad ha cambiado mi vida completamente. Es que es muy complicada», confiesa. El dolor que le produce llega a ser tan intenso que se despierta en mitad de la noche entre lágrimas y gritos. «No soy capaz ni siquiera de moverme», dice, dejando patente el sufrimiento que le provoca la patología. Para aliviar el malestar, el ginecólogo que lleva su caso le pauta una nueva medicación. Sin embargo, al no percibir mejoría alguna, comienza a pedir segundas opiniones. «Todas llevan a lo mismo: endometriosis profunda severa», asegura.
Dada la complejidad de su caso, en agosto de 2024 fue derivada a la Unidad de Endometriosis del HUCA. Allí, tras someterla a diversas pruebas, el equipo de Ginecología confirmó que la enfermedad también afectaba a la vejiga, el intestino y los ligamentos. A ello se sumó un diagnóstico de síndrome miofascial, un trastorno que provoca dolor crónico en los músculos y los tejidos que los rodean. «Me probaron varios tratamientos, pero la mayoría no los toleraba porque padezco hipotensión y me provocaban aún más mareos. También me recomendaron hacer ejercicio y acudir a fisioterapia, pero era imposible porque el dolor empeoraba», explica Marta, cuyas limitaciones aumentaban a medida que avanzaba la enfermedad.
La operan y le inducen la menopausia
Para aliviar el dolor llegó a someterse a infiltraciones en el suelo pélvico. Sin embargo, no experimentó ninguna mejoría. Finalmente, no le quedó más remedio que pasar por quirófano. Corría el mes de febrero de 2025 cuando fue intervenida, después de permanecer tres meses en lista de espera. «Me extirparon el útero, las trompas de Falopio, los implantes de endometriosis, las adherencias, la fibrosis y parte de los ligamentos», detalla. Tras la cirugía, los especialistas le prescribieron un tratamiento hormonal que induce una menopausia química para controlar la enfermedad y aliviar los síntomas. Pensaban que de esta manera iba a recuperar su estado de salud, pero nada que ver con la realidad.
La cirugía no puso fin a sus problemas. «No terminaba de encontrarme bien, así que en abril me hicieron una nueva resonancia. Detectaron una afectación en la cúpula vaginal, adherencias y un ovario adherido al recto», relata. Ante estos hallazgos, los especialistas decidieron volver a intervenirla. Durante la operación comprobaron el alcance de la enfermedad y optaron por extirparle también ambos ovarios. Una decisión que, según asegura, tomaron en el propio quirófano. Esta segunda operación tampoco logró aliviar sus síntomas. Y, aunque después se sometió a sesiones de radiofrecuencia vaginal y a instilaciones de ácido hialurónico en la vejiga, su estado apenas mejoró.
Al contrario, comenzó a tener un sin fin de problemas de salud, cuyos síntomas la limitan «por completo». «Me duele todo el cuerpo y las articulaciones. Cada vez tolero peor el frío, no puedo permanecer sentada durante mucho tiempo, la ropa me hace daño en la barriga y los sofocos son insoportables», explica Marta, quien, a raíz de una densitometría, los especialistas detectaron una osteopenia muy avanzada, ya en el límite de la osteoporosis. A lo largo de este año, además, ha recibido nuevos diagnósticos: sensibilidad rectal severa, disinergia defecatoria, afectación del sistema nervioso periférico, síndrome de sensibilización central y fibromialgia generalizada. «También tengo depresión, ansiedad, pérdida de memoria y siento un agotamiento constante, tanto físico como mental», concluye.
Su estado de salud es tan delicado que, además de renunciar a su vida social, se ha visto obligada a poner punto y final a su carrera laboral. «No me ha quedado otro remedio que cerrar mi negocio», asegura. Ha permanecido de baja durante 18 meses y todavía no ha podido reincorporarse a su puesto de trabajo. «Me propusieron para una incapacidad permanente, pero cuando mi caso llegó al Equipo de Valoración de Incapacidades decidieron que soy apta para trabajar», explica. Además, tiene reconocida una discapacidad del 66 %. La decisión todavía le resulta difícil de comprender. «Me gustaría sentarme cara a cara con los del EVI y preguntarles en qué creen que puedo trabajar. Y también si, si su hija estuviera en mi situación, considerarían igualmente que está capacitada para desempeñar un empleo con un horario y una rutina que yo no puedo seguir. Siempre he sido una persona muy activa, no me gusta estar sin hacer nada, y todo esto ha sido muy frustrante», concluye.
«Esta enfermedad ha cambiado por completo mi vida y me limita las 24 horas del día. El dolor y los problemas intestinales hacen que apenas descanse por las noches y condicionan toda mi rutina. No puedo ajustarme a horarios porque nunca sé cuánto tiempo necesitaré en el baño ni cómo me voy a encontrar. He tenido que dejar los estudios y abandonar un curso presencial porque era incapaz de seguir el ritmo. Tampoco puedo permanecer sentada durante mucho tiempo por el dolor. Solo cuando las temperaturas superan los 22 grados noto cierta mejoría. Esta enfermedad es devastadora y no queda otra que aprender a convivir con ella», admite.
Actualmente sigue pendiente de nuevas consultas y pruebas médicas y, ante la falta de respuestas, también ha recurrido a la sanidad privada en Madrid. Esta vecina de Langreo lamenta que las pacientes con endometriosis acaben recorriendo las consultas de numerosos especialistas que, en muchas ocasiones, trabajan sin coordinación y carecen de experiencia en una enfermedad que puede afectar a múltiples órganos y sistemas. «Al final nos convertimos en una pelota que va de un sitio a otro, sin respuestas y acumulando frustración», denuncia. A ello suma las dificultades para acceder a unidades especializadas, después de que le denegaran la derivación a la Unidad del Dolor del Hospital Valle del Nalón y el HUCA rechazara otras por no corresponderle esa área sanitaria.
«Estoy agotada de tanto médico. A veces solo deseo tener una vida normal. Cuando llegan los brotes de dolor hay momentos en los que solo quieres desaparecer y que todo se acabe», reconoce Marta, que este año ha tenido que someterse, además, a una tercera intervención de urgencia para extirparle el apéndice. En medio de este largo proceso, asegura haber encontrado un apoyo fundamental en EsEndo. «Me parece admirable la labor que hace esta asociación. Ojalá se siga avanzando y consiguiendo mejoras para todas las mujeres que vienen detrás», concluye, con la confianza de que hacer pública su historia contribuya a dar visibilidad a la endometriosis, favorecer un diagnóstico más precoz y evitar que otras pacientes tengan que recorrer el mismo camino.