Jerkan: «Irureta hizo más con menos que otros entrenadores que llegaron después»

El futbolista llegó a Asturias en 1990 para jugar en el Real Oviedo. Ciudad en la que destacó como central, en la que se casó y aún vive

Nikola Jerkan, exjugador del Real Oviedo
Nikola Jerkan, exjugador del Real Oviedo

Nikola Jerkan (Sinj,1964) llegó al Real Oviedo en el verano de 1990, pocas semanas después de que la selección de una Yugoslavia aún unida eliminase a España del Mundial de Italia. Eran tiempos de máximo prestigio para una generación de futbolistas balcánicos que encontraron hueco en las mejores plantillas de Europa. Jerkan pasó seis años en Asturias como el central de referencia del equipo azul que llegó a clasificarse para la Copa de la UEFA en 1991 y estuvo a punto de repetirlo después. Se fue, pero volvió tras su retirada en 2001. Se había casado en la ciudad y en ella sigue viviendo.

-¿Qué sabía de Oviedo, de la ciudad y del club, antes de fichar?

-Antes de llegar yo, el Oviedo ya tenía a Gracan, que había jugado conmigo en el Hajduk Split. Él vino aquí un año antes que yo. Entonces, el Oviedo ya había querido ficharme también a mí, pero el club no nos dejó marcharnos a la vez. Gracias a eso, ya me sonaba Oviedo. Me hicieron un seguimiento, me conocieron bien y al año siguiente volvieron a interesarse por mí. Es verdad que yo no sabía mucho de esta ciudad. Jugaba en el Hajduk, que era uno de los equipos grandes de Croacia, y me encontraba muy bien. Junto con el Dinamo Zagreb, el Estrella Roja y el Partizán éramos los cuatro punteros. No conocía mucho de Oviedo, pero sí de la liga española. Sabía que era fuerte y que en ella estaban algunos de los mejores clubes del mundo. Eso era un aliciente. Aunque tenía otras ofertas, el Oviedo insistió en mí, hablé con Gracan, me explicó lo que había y tomé la decisión de fichar.

-Y encajó tan bien, que aquí estamos, tantos años después, en plena entrevista.

-Sí... Jugué seis años seguidos que coincidieron con una buena época del club. Tuvimos una buena trayectoria, nos clasificamos para la UEFA y éramos un proyecto consolidado. Había regularidad en la liga, no pasábamos apuros y siempre causábamos buena impresión.

-¿Cómo empezó a jugar?

-Muy joven, era un niño de ocho o nueve años. Empecé en un equipo de Sinj, la ciudad de donde soy, que está muy cerca de Split. No es muy distinto a lo de todo el mundo. Al principio jugaba en el colegio y luego pasé a equipos pequeños. De allí, un poco por decisión de mi padre, para que no abandonara los estudios, porque nunca vio claro lo que podía pasar en el fútbol, me fui a Zagreb, la capital de Croacia. Tenía 14 años. Pasé cinco años en el NK, que es el segundo equipo de la ciudad, por detrás del Dinamo. Debuté en el primer equipo.

-¿Cuándo se dio cuenta de que iba a poder ganarse la vida con el fútbol?

-Después de cinco años en Zagreb. Entonces, a los 19, fiché por otro equipo de la primera división yugoslava, el Dinamo Vinkovci. Estuve dos años en aquella liga, que entonces era muy fuerte, una de las cinco o seis mejores de Europa. Fue una experiencia muy buena, me di cuenta de que podría jugar allí. No era fácil para un jugador joven. Me costó medio año consolidarme y luego hice una segunda temporada buena hasta fichar por el Hajduk, que es el club de mi vida, el referente del lugar de donde yo soy. Jugué allí los últimos años antes de fichar por el Oviedo. Ganamos una Copa yugoslava y nos metimos dos veces en la UEFA. Estaba muy contento. La llamada del Oviedo incluso me inquietó un poco. Se trataba de venir a un fútbol de nivel alto, lleno de jugadores que siempre aspiran a lo mejor. Además, en aquella época la liga yugoslava estaba cerrada. No dejaba salir a los jóvenes. Solo en los 90 se aprobó una ley para permitirnos jugar en el extranjero después de cumplir los 25 años. Me pilló justo a tiempo para salir.

-Yugoslavia había eliminado a España en el Mundial de 1990 y los jugadores yugoslavos estaban muy bien considerados. Todos los equipos buscaban alguno. ¿Lo notó en las expectativas sobre usted?

-Sí. En mis años en Oviedo hubo unos cuantos en España: Prosinecki, Gracan, Suker, Jarni. Eran gente que jugaban en grandes equipos en Yugoslavia y luego ficharon por equipos grandes en España. Y otros grandes jugadores croatas triunfaban en los mejores equipos de Europa: Boban en Milán, Boksic en la Lazio... Aquella liga tenía algo que se ha perdido. Con su fortaleza y con la calidad de los equipos salíamos como jugadores hechos y no nos costaba adaptarnos a otro fútbol. Eso no pasa ahora. Los jugadores salen antes de estar hechos. Vienen aquí, no solo desde Croacia, sino en general, desde ligas menos competitivas, les cuesta acoplarse y acaban por volver a sus países para relanzar su carrera.

-¿Respondió el Oviedo a sus expectativas?

-Cuando llegas a un equipo nuevo, siempre quieres dar lo máximo. Yo sabía, porque me lo había contado Gracan, que era un equipo consolidado, histórico. Me encontré un equipo bastante familiar en la convivencia de los jugadores y también con mucha cercanía entre la directiva y la plantilla. Se notaba también en la grada. La gente arropaba mucho al equipo. Los resultados condicionan el humor, claro, pero se veía aquel campo pequeño y protector. Esas cosas influyen para lograr buenos resultados.

-¿Notó muchas diferencias entre Yugoslavia y España?

-No tantas. Es lo que le decía. Veníamos de un buen nivel de fútbol y eso hacía más fácil adaptarse al nivel alto de España. Fue rápido. Noté un poco el idioma al principio, porque no solo influye de qué liga vienes, sino tambíén cómo te integras tú en el equipo. Vienes con tus costumbres, tu idioma y eso a veces cuesta más que lo que pasa en el campo. Fue una ventaja tener ya a un compañero aquí y, además, al poco tiempo llegó Jankovic. Ya éramos tres. Luego pasaron Prosinecki y Jokanovic. Siempre había alguien.

-¿Eran diferentes los entrenamientos, la forma de jugar?

-Bueno, al fútbol juegan los jugadores. Los entrenadores tienen sus sistemas y sus formas de jugar, pero en el campo mandan los jugadores. Al entrenar el equipo lo hace todo junto, pero al jugar la decisión final es de cada jugador. Si tiene calidad, es mucho más fácil para él acoplarse a cualquier equipo.

-¿Recuerda su primer partido con el Oviedo?

- Fue en Ribadeo, en el trofeo Emma Cuervo. Jugamos contra el Deportivo. Del resultado no estoy seguro, creo que fue un empate a cero, o algo así.

-Un lugar clásico de la temporada.

-Sí, yo había llegado solo unos días antes. Había hecho la pretemporada con el Hajduk porque no estaba claro si me iban a dejar marchar. A última hora me lo permitieron, cuando ya me había hecho a la idea de quedarme y me había preparado bien en esa pretemporada. En el último minuto salí.

-Aquellos veranos daban para mucho, cuando la temporada empezaba el último fin de semana de agosto o incluso ya entrado septiembre.

-Sí, duraban mucho más y la consecuencia es que había muchos más partidos de preparación. Teníamos los derbis contra el Sporting, a ida y vuelta. Y era costumbre recibir a algún equipo extranjero antes de empezar el campeonato, siempre alguno con renombre.

-¿Cómo fue el aterrizaje en la liga? ¿Sintió que había acertado con el cambio?

-En aquel momento, cuando estaba allí, no pensaba en el largo plazo. Vas día a día. Llegas joven a un país nuevo, un fútbol nuevo. No te paras a pensar mucho. Yo solo quería demostrar mi valía y responder a lo que esperaba la gente que me había fichado, no defraudarla. Ahí ayudó que el equipo fuese familiar, la cercanía de los directivos, la estabilidad de un club sin altibajos que deportivamente iba bien. El entrenador era Javier Irureta y sabía lo que tenía entre manos. Él hizo mucho para meternos en la UEFA. Estuvimos 18 meses sin perder un partido en casa. Un año y medio. Eso dice mucho del potencial de un equipo.

-Venir a Oviedo era un mal trago para cualquier equipo.

-No se lo poníamos fácil, no. Éramos un equipo muy serio. No era fácil marcarnos goles y arriba teníamos gente con mucho gol, como Carlos, que era un seguro, un jugador impresionante, uno de los mejores con los que he jugado. Sabías que, si él marcaba 18 o 20 goles por temporada y el equipo estaba bien en defensa, ya tenías mucho hecho.

-Ahora está de moda en las redes sociales odiar el fútbol moderno y reivindicar el de los 80 y los 90. ¿Está de acuerdo?

-Han cambiado muchas cosas en los clubes y los reglamentos han avanzado, se han desarrollado y cambiado, pero no hay tantas diferencias cuando se trata de jugar. Se sigue jugando al fútbol. Con las nuevas normas se evitan retrasos y hay más rapidez, se juega más tiempo efectivo. Ahora el VAR ayuda a que haya más aciertos de los árbitros. Pero al fútbol siempre se ha jugado y siempre se jugará sin muchas diferencias.

-¿Podría usted, con su estilo, jugar en un equipo actual?

-Son épocas distintas, pero no veo tantas diferencias entre la mía y la de ahora. Si me preguntara por el fútbol de hace 50 o 60 años, le diría que sí las hay. Pero con el de mi carrera no.

-¿Era más fácil ser defensa en una época con menos cámaras, con menos televisión, con campos en los que no se veía todo lo que pasaba?

-Ahora los árbitros, con tanta imagen, son más rigurosos. Antes había menos rigor, sobre todo en el fútbol inglés, que siempre fue más permisivo. Los reglamentos son más estrictos y los árbitros los aplican con más rigor. Pero eso, sobre todo, ayuda. Deja interrumpir menos, hay más tiempo efectivo de juego y se sanciona a jugadores que antes se libraban por muy brutos que fueran y muy brusco que fuera su juego. Es un avance.

-Ya no se juega en Santiago de Compostela.

-No, pero esta es la época de equipos similares. El Eibar o el Leganés no son equipos grandes ni clásicos, pero han hecho bien las cosas y están donde están por méritos propios. Son fruto de una buena gestión tanto económica como deportiva. En aquella época, el premio se lo llevaron el Compostela y otros equipos similares que coincidieron en un nivel suficiente para la primera división española: el Extremadura, el Badajoz. Son equipos pequeños. Parece impensable que lleguen pero ahí estaban. Y ahora el Eibar me parece un equipo para imitar tanto en los deportivo como en lo económico.

-¿Cómo recuerda la temporada que llevó a la UEFA? ¿En qué momento creyeron que ese objetivo era posible?

-Ya habíamos hecho una buena campaña el año anterior, ya sabíamos que había mimbres para hacer algo. Había una base, gente que llevaba jugando junta muchos años. Ahora se fichan muchos más jugadores, hay más cambios y de un año a otro es más difícil compenetrarse. Antes teníamos un equipo y se le añadían unos pocos jugadores por cada línea. La estrategia de fichajes era buena. Se hacían pocos y garantizados. Se vio que iba bien en los resultados posteriores.

-Sin embargo, después de Irureta ya no hubo mucha estabilidad en el banquillo en todos los años 90.

-Radomir Antic estuvo dos años y, posteriormente, es cierto que ningún entrenador duró más de uno. Creo que ahí es donde empezó a perderse el equilibrio. Coincidió con la transformación en sociedad anónima, la directiva y el funcionamiento ya no eran los mismos. A partir de 1996, el Oviedo empezó a cambiar. Con un entrenador por año es muy difícil. La continuidad tiene ventajas en comparación con los cambios, que llevan su tiempo.

-Con Antic casi volvieron a jugar la UEFA. ¿Qué faltó?

-Hicimos muy buen fútbol. Seguramente, si hacemos la comparación, teníamos más calidad que el equipo que sí llego a clasificarse. Pero precisamente éramos menos equipo. Más atractivos pero menos sólidos. Irureta hizo más con menos que otros entrenadores que llegaron después que él.

-Sin embargo, acabó de mala manera. ¿Por qué pasa tanto en el fútbol?

-Llevaba cuatro años, coincidieron malos resultados y empezó a pensarse que era mucho tiempo, así que lo cambiaron.

-De toda esa etapa, ¿cuál fue su mejor temporada individual?

-Creo que la primera, el año que nos clasificamos para la UEFA. Entonces hubo verdadero interés del Real Madrid por mí. No me ficharon por muy poco. Ramón Mendoza estaba empeñado en ello, pero al final el entrenador optó por otro perfil y, en vez de a mí, ficharon a Ricardo Rocha, el brasileño.

-Eran años con dos equipos asturianos en primera. ¿Cómo recuerda la rivalidad con el Sporting?

-Los derbis siempre eran muy interesantes, partidos especiales, diferentes a los demás. Valían y valen los mismos puntos, pero la preparación es distinta. Todo se ve de otra manera: los entrenamientos de la semana, la llegada al estadio, la salida al campo. Todo es más vibrante.

-¿Estaban muy encima los aficionados?

-Sí, en los dos equipos. Nuestra gente y la de ellos, pero dentro de una rivalidad deportiva, pacífica y respetuosa. Siempre había mucha tensión, pero nunca se extendía más allá de lo que cabe en el reglamento.

-¿Ha empeorado el ambiente en los derbis actuales en segunda?

-Sí. El comportamiento de las aficiones en las llegadas ha sido peor. Eso no lleva a ningún sitio y es un problema que hay que solventar. La rivalidad puede vivirse de otra forma, sin enfrentamientos.

-¿Usted es de los futbolistas que no quieren saber nada del fútbol cuando acaban los partidos o de los que no dejan de ver partidos?

-Yo estoy muy ligado al fútbol. Estoy con la selección croata, en el cuerpo técnico, desde hace dos años. Hemos conseguido algo impensable para una selección de un país tan pequeño como el nuestro: llegar a la final de un Mundial y casi casi ganarla. La medalla de plata es un éxito impresionante para nosotros.

-¿Daría para otra entrevista lo que pasó en Rusia el último verano?

-Y para escribir un libro entero. Como jugador, yo había participado en partidos grandes en la Eurocopa o en la clasificación para mundiales. Mi generación consiguió algo grandísimo en Francia 98, esa tercera plaza. Y ahora me ha tocado esto, aunque en otra función. Desde el cuerpo técnico, es otra vivencia, algo distinto. El jugador piensa individualmente y ve que es difícil. Pero no es lo mismo vivirlo con 25 años que con 50. Uno tiene más distancia para poner en perspectiva el logro. No es la misma cabeza.

-¿Es más consciente de las dificultades?

-Sí, eso digo. Cuando eres jugador, solo vas al día a día. El técnico tiene una mirada global. Tiene que prevenir cosas y mirar más lejos. El jugador solo piensa en sí mismo. El cuerpo técnico tiene en mente 30 o 40 personas: los tuyos, los contrarios y todo el torneo, porque sabe que un solo tropiezo te deja fuera y sin vuelta atrás.

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