El noble arte de sobrevivir

El sufrimiento de la segunda parte, la alegría contenida del Real Oviedo y la tensión de los minutos finales. La contracrónica desde el Tartiere

Los jugadores del Oviedo celebran la victoria ante el Mirandés
Los jugadores del Oviedo celebran la victoria ante el Mirandés

Oviedo

Ya son cuatro los partidos que ha albergado el Carlos Tartiere desde el comienzo del nuevo fútbol y uno todavía no se acostumbra a que dos clubes se jueguen su futuro con las gradas vacías. El himno del Real Oviedo comenzó a sonar y los jugadores azules no saltaron al terreno de juego hasta pasado el estribillo. 'Ya que me voy a jugar la vida, déjame tomarme un respiro antes de pisar el campo de batalla', pensarían. Una fina cortina de lluvia recibió a los dos equipos y el césped estaba rápido y en buen estado, ideal para la práctica del fútbol. Pero lo de ayer era mucho más que un partido de fútbol.

El partido comenzó y, desde el principio, Borja Sánchez estaba ahí. Y vaya si se nota. En 20 minutos, el ovetense lideró todos los ataques azules, recibió en la izquierda y por dentro, encaró a los rivales, sacó una tarjeta amarilla a su par y dio un par de pases al espacio en los que Ibra pudo poner en aviso a la defensa del Mirandés. Los de Andoni Iraola, por su parte, saltaron a morder cerca de los centrales del Oviedo, generaron pérdidas y probaron a Lunin. La sola presencia de Borja, además de su juego, fue fundamental para calmar el ímpetu de los rojillos. 

Pero es que a los de Ziganda les cuesta mucho. Después de que Ibra estuviese a punto de marcar el 1-0, el Mirandés encadenó unos minutos jugando en campo rival y sacando un saque de esquina tras otro. La zurda de Merquelanz, incompatible con cualquier oviedista con problemas cardiacos, causaba el terror en el área azul y Lunin y su ejército defendían como podían. Ya en ese momento se podía palpar la tensión que luego alcanzó picos insospechados en la recta final del partido. 

Ortuño e Ibra comenzaron a imponerse a los centrales del Mirandés, generaron la jugada del penalti y el murciano, acostumbrado esta temporada a lanzamientos de este tipo (recordemos los partidos ante Zaragoza y Rayo), no falló. Eso sí, Limones estuvo cerca de toparse con el balón y alguno miró con miedo la repetición por si a la segunda el portero visitante sacaba el disparo. Los titulares gritaron, los suplentes gritaron y hasta en el palco se celebró más de lo normal. Que este Real Oviedo marque un gol debe celebrarse como lo que es, algo extraordinario. 

El descanso llegó y el marcador seguía 1-0, algo que se podía celebrar como un segundo tanto azul, conociendo los precedentes. La segunda parte comenzó y, a los tres minutos, un 'gol del Lugo' bajó desde la zona de prensa hasta las gradas. No se podía no ganar este partido, pensaba todo ser vivo que se encontraba en el Tartiere salvo los que después tenían que volver a Miranda de Ebro. 

Y comenzó el acto de supervivencia. Hasta el 55', más o menos, el Oviedo plantó cara y amenazó el área rival. Existía un intercambio de golpes. Pero ya no. El Mirandés comenzó a jugar en campo azul y durante más de 40 minutos los jugadores azules miraban a Galech Apezteguía por si se le ocurría señalar el final. Y nadie les culpa. El equipo está como está, el momento es el que es y hay demasiado en juego. El conjunto de Ziganda sufrió tanto porque solo sufriendo así salvará la categoría. 

Marcos André había tenido una, Lunin probó el césped en un tiro de Crisetig y el veneno seguía presente en los golpeos de Merquelanz. Entre medias, tres minutos de respiro tras un choque entre Ibra y Limones que impresionó con solo escucharlo. El Oviedo llegó a la segunda pausa de hidratación como el que llega a la línea de meta de una maratón. Se hacía imposible imaginar que Luismi y Sangalli, por ejemplo, pudiesen terminar el encuentro de pie y sobre el terreno de juego. Y lo hicieron. Con Borja y Ortuño como únicos recursos que daban respiro en campo rival, Lunin, Grippo y Arribas lideraban la resistencia.

Los gritos de Champagne se volvieron a imponer en la grada azul, pero la acción estaba en la zona de banquillos. 'Cuco' Ziganda era un polvorín y hasta su segundo, el calmado y metódico Bingen Arostegui, no podía sentarse. Murmullos cuando el cuarto árbitro mostró la tablilla con los ocho minutos de descuento y a seguir perdiendo vida. El Oviedo consiguió alejar el balón de su área, pero los últimos minutos fueron interminables. Y más cuando el colegiado se pone la mano en la oreja y empieza a escuchar sabe dios qué. El temido VAR parecía estar revisando algo y, aunque mirando la repetición no se encontraba nada punible, el miedo estaba ahí.

Los jugadores azules rodeaban al colegiado, Christian Fernández se ponía las manos en la cabeza y en el palco la representación oviedista no quería ni mirar. El árbitro vasco señaló el final cuando el partido se iba a los 100 minutos y el Tartiere, o lo poco que queda de él, explotó. Ziganda, con las manos en alto, gritando mientras miraba a su grada, Arribas sacando el puño, los jugadores azules abrazándose y los suplentes saltando al césped. El Oviedo no se había salvado, pero sí se había ganado el derecho de seguir luchando por ello. 

Comentarios

El noble arte de sobrevivir