Que merezca la pena

Los mejores minutos del Real Oviedo en el nuevo fútbol, el liderazgo de sus centrales y el habitual sufrimiento generado por el videoarbitraje. La contracrónica desde el Tartiere

Arribas se abraza con Sangalli tras el segundo gol del Real Oviedo
Arribas se abraza con Sangalli tras el segundo gol del Real Oviedo

Oviedo

Reinaba la calma en el Carlos Tartiere a eso de las 19:00 horas. Demasiada calma, quizás. Las Palmas, que llegaba a la capital del Principado en ese limbo clasificatorio típico de las últimas jornadas, realizaba un sosegado calentamiento. La megafonía, histórico rival del silencio en el municipal ovetense, sonaba a un volumen sorprendentemente bajo. Ya con el Real Oviedo sobre el césped, el ambiente seguía siendo el mismo. La calma antes de la tempestad. 

Eran las 19:26 horas, el momento más oviedista que puede tener un día, cuando sonó el himno azul y los dos equipos saltaron al césped. El colegiado señaló el inicio del encuentro y Grippo, de un derechazo desde su posición de central, puso el balón cerca del área de Las Palmas. Que se jugara el mayor tiempo posible en campo rival. La premisa del Oviedo era esa y no dudó en demostrarlo desde la primera jugada.

En el césped no se veía ninguna maravilla, principalmente porque este Real Oviedo, por cuestiones que ya se analizarán en unas semanas, no está capacitado para ello, pero los de Ziganda estaban realizando un buen primer tiempo. Ortuño participaba, Nieto ya había llegado a campo rival varias veces y Pedri y Galarreta, los 'disfrutones' del equipo canario, no tocaban el balón. El peligro de Las Palmas era ese. Los de Pepe Mel, con 50 puntos pero lejos del playoff de ascenso, llegó al Tartiere queriendo dar guerra, pero sin muchas ganas de manchar la espada.

Pasaban los minutos y, por encima de los ya habituales gritos de ánimo de Nereo Champagne, se alzaban las voces de los centrales del Real Oviedo. Alejandro Arribas y Simone Grippo no quieren descender a Segunda B. No les da la gana y lo intentan demostrar en cada encuentro. Y casi siempre les sale bien. Los azules, liderados por sus capataces en defensa, seguían vivos en la batalla. Rozando el 40' llegó el gol de Ortuño, un tanto que recordó a aquel delantero que firmó uno de los mejores inicios de temporada vistos en el Carlos Tartiere. Y con ello el VAR, claro.

Uno no se acostumbra a la tensión que genera la revisión de las jugadas polémicas. Dos minutos esperando y ni un ruido en el Carlos Tartiere. Tres minutos y la grada de los suplentes carbayones ya escenificaba su nerviosismo. El gol era válido y se volvió a celebrar, por si alguien a la primera se había quedado con las ganas de gritar. El Oviedo sobrevivió a los típicos minutos en los que el primer tiempo se va por el desagüe y que suelen ser sinónimo de gol en contra, pero ayer no era ese día. 

Sorprendentemente, los del 'Cuco' Ziganda no bajaron el pistón y en el 50' llegaba el 2-0. En el tanto se juntó la magia de Borja Sánchez, que incluso haciendo un mal primer tiempo su presencia en el campo debe ser estar asegurada por un decreto ley, con las ganas de Sangalli. El donostiarra, uno de los tres mejores jugadores del Oviedo esta temporada, no se merecía esta recta final de campeonato. Tras el gol, Narváez se cansó de esperar en la banda izquierda y empezó a aparecer a la espalda de Tejera y Luismi. Problemas.

El juego no presagiaba un tanto canario, pero las sensaciones sí. Que no, que el Real Oviedo no va a ganar el partido más importante de sus últimos cinco años sin sufrimiento. Es que es imposible. Y así fue. Álvaro Lemos, que comenzó como suplente pero acabó el partido reencarnado en Garrincha, originó la jugada que acabó en el 2-1 de Castro. Y a pasarlo mal.

Pepe Mel no callaba, el murmullo en el estadio estaba a punto de convertirse en cántico y el balón seguía cerca del área de Lunin. Mientras, uno miraba a la banda y ni rastro de Saúl Berjón. Esto último era tan sorprendente que hasta un servidor miró varias veces, por si acaso, como si confundir el físico del '10' con el de Lolo González fuese posible. Ortuño cayó en el área pero no hubo nervios, esos nervios más saludables de cuando la jugada revisada es la que está lejos del área carbayona.  

Una tanda de centros y faltas laterales volvió a poner a prueba la salud cardíaca del oviedismo, pero el 'uy' para los canarios no terminaba de llegar. Sangalli primero y Rodri Ríos, ya con Berjón en el campo, después pudieron finiquitar el partido, pero no. Y el banquillo azul no se lo creía. Ni el palco. Ni los recogepelotas. Ni los trabajadores del club. Incluso un miembro de la Cruz Roja se llevó las manos a la cabeza. Estaba escrito que el Real Oviedo no ganaba ese partido, pero el equipo azul se empeñó en borrar el mal presagio.

Y regresó el VAR. Siempre el VAR. En el último intento desesperado de Las Palmas, Dani Castellano y Rubén Castro besaron la moqueta del Tartiere. Muñiz Ruiz se puso la mano en la oreja derecha y todos a temblar. No duró mucho el sufrimiento y, cuando confirmó que la falta era a favor del Oviedo, se escuchó en el estadio un grito similar al del gol de Ortuño. Y ya no digamos cuando el colegiado señaló el final del partido. Puños arriba y a celebrar. Esto está siendo un calvario así que, por lo menos, que merezca la pena. 

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