Reencuentros, frío y mucha, mucha desesperación

El espeso partido del Real Oviedo, la actitud de los jugadores azules con la actuación arbitral y la vuelta de Anquela, con regalo incluido. La contracrónica desde el Tartiere

Sangalli, durante el Real Oviedo-Alcorcón
Sangalli, durante el Real Oviedo-Alcorcón

Oviedo

La previa del Real Oviedo-Alcorcón fue, irremediablemente, el momento de Juan Antonio Anquela. El técnico jienense, ahora en el conjunto alfarero, volvía al Carlos Tartiere, ese estadio en el que vivió sus días más felices como entrenador profesional. Abrazos por un lado, abrazos por el otro. Sobre todo, con Silvino, mítico encargado del material del club azul. Junto a él estaban Juan José Carretero, mano derecha en la capital del Principado, y el analista Dani Mayo, otro de los que regresaba. Ya con el partido a punto de comenzar, Anquela y José Ángel Ziganda, otro técnico muy querido en Oviedo desde su llegada, se saludaban durante más de 15 segundos en la zona técnica del estadio.

No habían pasado ni cinco minutos cuando la voz de Christian resonó en todo el Carlos Tartiere: «Lo habéis visto, eh». El cántabro, que tiene matrícula cum laude en 'anquelismo', avisaba al Real Oviedo de lo que iba a ser el partido. Fidel Escobar, no muy ordenado tácticamente pero lo suficientemente agresivo para tener el don de la ubicuidad, cosió a patadas a Sergio Tejera en el primer tramo del encuentro. El partido ya se les estaba haciendo largo a los azules y solo acababa de comenzar.

Tampoco hizo falta mucho tiempo para saber que el Oviedo no tenía el día. Desde Arribas hasta Blanco Leschuk, pasando por el doble pivote. Ningún jugador estaba con chispa, costaba un mundo que los pases encontraran un receptor de azul y los controles se iban siempre uno o dos metros. Iba a costar. Por su parte, Anquela era un polvorín en su zona técnica y no bajaba el listón a la hora de pedir seriedad y compromiso a sus futbolistas. Todo en orden, vamos.

La cruz eterna del equipo carbayón con los arbitrajes empezó a asomar en el primer tiempo, porque no hace falta que una decisión te cueste un gol para desesperarte. Y así es como está el Real Oviedo últimamente con los encargados de impartir justicia: desesperado. Faltas en zonas intrascendentes que no se pitan, ventajas que no se dan o faltas en zonas algo más trascendentes que tampoco se pitan. Daba igual. El colmo fue que, en el minuto 41, los azules tenían dos tarjetas amarillas y el Alcorcón ninguna. Tarjetas a Borja, que había pedido penalti minutos antes, y a Leschuk, dos futbolistas que no saben lo que es hacer una falta.

Un tiro al poste de Juanjo Nieto, aprovechando una brillante acción del siempre incombustible Sangalli, se convirtió en la única ocasión como tal del primer tiempo. El lateral castellonense maldijo en voz muy alta y ambos equipos se fueron a vestuarios. Ya en la segunda parte, el guion era el mismo: el Alcorcón replegado y el Oviedo dominando, pero siendo incapaz de hacer daño con balón. En el 51', por cierto, primera tarjeta para los alfareros. Se obró el milagro, debió pensar Ziganda.

Tejera avisó desde la frontal y la ocasión, en vez de preceder a un arreón del Oviedo, precedió al diluvio universal. El agua se unió al frío y estar en el Carlos Tartiere a esas horas de la noche ya era todo lo contrario a una agradable experiencia. El partido, por mucho que Sangalli y Nahuel lo intentasen calentar, también estaba helado. El Alcorcón, agazapado en su parcela del rectángulo, no parecía amenazar, pero dejó un par de avisos dignos de funcir el ceño. Pasado el 85' se culminó la sospecha. 

Un disparo desde la frontal dio en el brazo de Cedric y el VAR paró el encuentro. Sangalli y Arribas llevaban la voz cantante de la protesta, pero varios jugadores azules rodearon a Sánchez López. Cuando este decidió ir a ver la jugada, el oviedismo ya se esperaba lo peor. La banda del Tartiere parecía un patio de colegio durante una pelea: todo el mundo en semicírculo y haciendo aspavientos. El Cuco Ziganda, más encendido que nunca, amagaba con explotar. Penalti señalado y Javi Mier, como si acabase de perder una tanda de penaltis, se desplomó de rodillas.

Cosas de este bendito deporte, fue el Oviedo el equipo que tuvo que tirar de coraje y agallas (nadie mejor que Sangalli) para empatar el partido. A los azules les daba hasta rabia tener que celebrar un punto, pero no podían hacer otra cosa tal y como se puso el encuentro. El pospartido, como la previa, también fue el momento de Anquela. Mossa, Tejera, Borja, Viti, Javi Mier... Todos saludaron al jienense. Y Christian, claro. El cántabro, ya con el torso desnudo y con la camiseta en la mano, y el técnico se fundieron en un abrazo. Después, Anquela recibió la elástica del '18'. Un regalo en un día de reencuentros.

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