Para hoy tenemos: mantequilla neolítica y vino romano

Mantequilla de la Edad de Bronce, vino de hace dos mil años, un whisky sumergido en un pecio desde hace un siglo y una tarta que llevaba décadas en el fondo del mar. ¿Los degustarías? El arqueólogo gallego Ignacio Crespo te explica las consecuencias


La humanidad no deja de sorprender. Y para desvelar esos secretos están los arqueólogos, como el gallego Ignacio Crespo. También ellos nos pueden ganar por el estómago, con sus hallazgos alimentarios. Aunque sea, en ocasiones, una cata de alto riesgo o de escaso gusto. «Ni nuestros hábitos de consumo ni nuestro modo de vida son especialmente diferentes a los de nuestros ancestros, desde el irlandés de hace tres milenios que guardó aquella mantequilla para ser consumida más adelante pasando por el galo-romano que nunca llegó a beberse aquel vino de falerno, obviamente mezclado con agua dado que no hacerlo era cosa de bárbaros incivilizados, hasta llegar a ese pastel de frutas que esperó durante más de un siglo a aquella expedición británica que nunca regresó. Por el otro, el incalculable valor en conocimiento de los pequeños detalles que la arqueología nos aporta día a día sobre quienes somos a través de estas pequeñas ventanas al pasado», asegura Crespo. Estos son algunos ejemplos:

MANTEQUILLA DE PANTANO

El oficio de cortador de turba ofrece, en ocasiones, momentos para la historia, nunca mejor dicho. Este material orgánico rico en carbono que se acumula en zonas pantanosas se usa como combustible desde tiempos inmemoriales en las islas británicas y Centroeuropa. En el 2016, un cortador irlandés del condado de Meath topó con un bloque de unos diez kilos de una sustancia grasienta y compacta similar a la mantequilla. «No son extraños estos hallazgos de materiales orgánicos en la turba. Yo mismo, en el 2006, durante las excavaciones en las que participaba para la construcción de la autopista M3 entre Dublín y Kells, localizamos materiales del neolítico como si hubieran sido trabajados apenas unos días atrás», explica el arqueólogo gallego Ignacio Crespo. «La conservación de materia orgánica en ambientes de falta de luz y muy escaso oxígeno fomentan la preservación de la materia en perfecto estado. Puede que estos acopios deliberados de mantequilla en pantanos de aguas frías y lodos orgánicos profundos fuesen, además de una posible ofrenda, un método de conservación», apunta. «La mantequilla la probaría, aunque todos remarcan que tiene un olor rancio», concluye.

VINO ROMANO EN ÁNFORAS

Crespo, arqueólogo subacuático, matiza que «uno de los elementos más representativos de un yacimiento sumergido de época antigua es su cargamento cerámico. Las ánforas no sólo representan una estandarización del transporte de bienes comerciales si no, para los arqueólogos nos sirven de marcadores cronológicos muy útiles. Uno de los productos más comunes en el intercambio comercial a lo largo y ancho del imperio romano era el vino». En este contexto, a principios de los años 50, el explorador y padre del buceo autónomo, el capitán Jacques Cousteau, junto al arqueólogo Fernand Benoit, estudiaron el pecio Grand Congloue B en Marsella. Era una gran nave comercial del siglo II a. C que transportaba entre 1200 y 1500 ánforas. La intrahistoria del proyecto sugiere que el equipo de Cousteau fue más allá y probó el contenido de un ánfora que permanecía sellada e intacta después de 22 siglos. «A partir de este punto la historia se confunde entre los que afirman que bebieron un líquido que recordaba levemente al vino, aunque me inclino a sospechar que un producto como aquel, no pensado para ser envejecido ni consumido de la misma manera que hoy entendemos como cultura del vino, debió ser una experiencia no muy agradable», concluye Ignacio Crespo.

EL VINO EMBOTELLADO MÁS ANTIGUO

«El otro caso de vino romano que siempre me ha llamado la atención es una serie de botellas de vidrio encontradas en una tumba del siglo IV de nuestra era en Espira, Alemania, allá por 1867», avanza el arqueólogo gallego. «No sólo resulta inusual la aparición de vino en este tipo de recipientes, sino que la propia localización sugiere un tipo de ofrenda no diseñada para su consumo. Posiblemente (no se ha abierto), el contenido sea vino mezclado con aceite para separar aquel de su contacto con el aire, además de sellar la botella con cera. No cabe duda que es el vino embotellado más antiguo al que tenemos acceso pero hay que tener mucho valor para probarlo. Sospecho que tiene que ser puro engrudo», zanja Crespo.

Y DE POSTRE, UN BIZCOCHO DE FRUTAS

Perdieron la carrera pionera hacia el Polo Sur con el noruego Roald Admunsen, pero no se habían privado de nada. Ni del postre, que fue encontrado un siglo después. «Un hallazgo gastroarqueológico muy interesante es el pastel de frutas de la marca Huntley & Palmers provisionado por la Terra Nova Expedition (1910) del malogrado Robert Scott y localizado en un refugio abandonado en el cabo Adare en el 2017 dentro de su envoltorio original y de una caja metálica que lo protegió. Las extremadamente bajas temperaturas y la falta de humedad también contribuyeron», explica Crespo. «Llegó intacto hasta nuestros días. Eso sí, con cierto olor a mantequilla rancia, según sus conservadores, quienes lo consideran casi comestible», lamenta.

¿Qué se comía realmente en la época medieval?

David Amores

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