Así construyó Franco su propia «memoria histórica» en Oviedo

Un profesor de la Universidad de Oviedo publica un libro sobre lugares clave de la ciudad en la Guerra Civil y su uso propagandístico por los vencedores

Uno de los autocares Dodge comprados por Franco para hacer las «Rutas de Guerra Civil», frente a la Catedral de Oviedo. Con ellos paseaban a turistas por los lugares de combate, incluso antes de terminar el conflicto
Uno de los autocares Dodge comprados por Franco para hacer las «Rutas de Guerra Civil», frente a la Catedral de Oviedo. Con ellos paseaban a turistas por los lugares de combate, incluso antes de terminar el conflicto

El profesor José García Fernández estaba recopilando una ruta de los lugares significativos de la Guerra Civil en Oviedo. Y, mientras hacía esa tarea, descubrió la «voluntad consciente, planificada y continuada en el tiempo, de los sublevados de Oviedo» por convertir la defensa de la ciudad en un episodio glorioso del golpe de estado y la contienda. Se trataba de un formidable instrumento propagandístico incluso antes de que la guerra terminara.

Todo ello se plasmó en un libro que se acaba de publicar, Ruta de la Guerra Civil en Oviedo. La construcción de la Gesta (Fundación Juan Muñiz Zapico, KRK Ediciones) y que recoge no solo los escenarios que fueron convertidos intencionalmente en «lugares de memoria», sino también los artífices del mito de la Gesta y las herramientas que usaron, que fueron muchas.

Los lugares

En la primera parte del libro, García Fernández hace un prolijo recorrido por esos escenarios. Cada espacio cuenta con un estudio en detalle de su papel o función durante la guerra. Por ejemplo, un lugar clave es el primer espacio, el Gobierno Civil, rendido por Liarte Lausín a Aranda, el coronel sublevado. Liarte sería fusilado y sin embargo «las puertas de madera del edificio del antiguo Gobierno Civil, actualmente la jefatura de Policía han conservado estos 85 años el escudo de la España republicana, con la corona murada».

Frente a la estación del Norte se produjo otro dramático episodio: en los bajos del número 76 de la calle Uría los sublevados instalaron un polvorín que estalló tras el impacto de un proyectil republicano. Todo el edificio se vino abajo y murieron once bomberos y un capitán de artillería, Carlos Rodríguez Almeida.

También se explica en detalle el papel de la antigua Comandancia Militar, en la calle Toreno, o el conocido cuartel de los Guardias de Asalto (ubicado en antiguo convento de Santa Clara, más tarde derribado y hoy sede la delegación de Hacienda). El escenario de San Pedro de los Arcos es uno de los lugares descritos, como un punto clave para el ataque dada su elevación sobre la ciudad; así como el final de la calle Independencia (donde está la llamada «casa de los tiros»); la Universidad de Oviedo y el fusilamiento del rector Alas y otros muchos lugares importantes: las fortificaciones de Las Matas, la basílica de San Juan el Real, el conjunto de Prado de la Vega, la cárcel y la fosa común de San Salvador.

La intensa propaganda

Según explica el propio García Fernández, su trabajo nacía como un itinerario por los escenarios de la Guerra Civil de la capital asturiana y acabó sufriendo «un proceso de metástasis» por el que la parte en que estudia el uso propagandístico resultó ser aún más amplio. «A esta voluntad contribuyeron circunstancias externas al núcleo asturiano, como el diseño de las Rutas de Turismo de Guerra, que, en 1938, con el norte de España sometido y con acceso a las fronteras gala y lusa, permitió una importante operación propagandística del régimen».

García señala que esa campaña fue diseñada fundamentalmente por Luis Bolín, responsable de Turismo de Franco, y consistió en «mover por la cornisa Cantábrica a periodistas, políticos afines, y meros aficionados al turismo dark, antes de que se inventase el concepto». Oviedo con sus ruinas, y la conservación «e incluso cierta ‘teatralización’ de los espacios de guerra se convirtió en una etapa imprescindible y muy conmovedora para los cientos de visitantes que se atrevieron a vivir la experiencia, cuando menos inquietante, de visitar un país inmerso en una guerra civil».

Desde el ayuntamiento, «copado por movilizados voluntarios y falangistas con camisas más o menos añosas, se fue promoviendo todo un programa articulado de iniciativas»: invitación a periodistas y personalidades intelectuales afines, difusión por medio de exposición de fotos itinerante de la gesta de Oviedo, constitución de un Patronato de Turismo (…)».

En incluso llegó a instalarse un «Museo de Guerra» con dos sedes (ayuntamiento y Cementerio Viejo) «con elementos tan elaborados como una maqueta de 16 metros cuadrados, (…) intentos de patrocinar una obra canónica sobre la citada defensa, política de conservación de espacios bélicos para su explotación turística, adquisición de simbología que perpetuase la memoria de la victoria (el pendón)…»

20 Autobuses Dodge

Cuenta el profesor García que el régimen adquirió con un coste de 70.000 dólares 20 autocares marca Dodge, de los utilizados en Norteamérica para llevar  los niños a las escuelas, con el fin de organizar sus rutas turísiticas. «Los autocares son bautizados con el nombre  de batallas: Teruel, Alfambra, Belchite, Oviedo, Santander,alcázar de Toledo…». Y el mantenimiento de los autocares se subcontrató a una empresa privada asturiana: Automóviles Luarca S.A. (Alsa), que había sido fundada en 1923.

El 1 de julio de 1938 comienza el tour. Se pretendía que llegaran más de 100 turistas diarios a Oviedo, donde permanecerían 48 horas en hoteles arreglados a toda prisa, como el Hotel Pelayo y el Hostal Favila para abrirlos a los primeros expedicionarios. El 29 de junio de 1938 llegan a Oviedo varios coches con turistas alemanes, que fueron quienes inauguraron la Ruta del Norte. «La ruta que realizarán después de la comida por las fortificaciones de la defensa y del asedio recorrerá el sanatorio del Naranco, la centralita del Fresno, el Cementerio Viejo y alrededores, Adoratrices, San Esteban de las Cruces, Santo Domingo; luego se dirigieron por la carretera de Colloto, llegado hasta Roces para ver el fortín allí construido; a su regreso visitaron La Cadellada, el cuartel de Pelayo y la catedral. Pernoctan en Oviedo y a la mañana siguiente irán a Gijón para ver las ruinas del Simancas, prosiguiendo luego a Santander», cuenta García.

Y las «Rolling Stones»

Según el investigador, eran «bibelots» itinerantes que circularon en la Guerra Civil como «souvenirs» pétreos de lugares de especial significación para los franquistas: piedras de la Catedral, como la que se envía al monumento a Calvo Sotelo que se erigirá en Tuy o el envío de «reliquias» a Marruecos de «edificios derribados por el cañoneo marxista para el museo de Tánger», como un ladrillo del cuartel de Pelayo, tres proyectiles que cayeron sobre el ayuntamiento y una piedra ese edificio, los restos de una cruz del panteón de hombres ilustres del cementerio de San Cipriano y arena de la posición de Pando. «A cada cosa acompaña un certificado del alcalde con los hechos de armas más sobresalientes que se han realizado en cada uno de los lugares citados. Como vemos, según la mejor tradición eclesiástica, a cada ‘reliquia’ le acompaña su auténticaficación».

Todas estas actividades, señala García, tenían un doble fin: Combatir la imagen negativa de los asturianos en general entre el bando franquista, de lo que se derivaban consecuencias negativas para la ciudad y «hacer valer los propios méritos, en un escenario de competencia entre ciudades». Toda la maquinaria del régimen al servicio de un pasado mucho más triste que glorioso.

Obuses clavados en el corazón de Oviedo (y a la vista de todos)

GUILLERMO GUITER

La basílica de San Juan y la iglesia de San Pedro de los Arcos aún conservan, incrustados y visibles en su fachada, proyectiles de la Guerra Civil que no estallaron

Siete segundos. Fue el tiempo que el proyectil tardó en llegar desde la boca del cañón hasta la portada de la basílica de San Juan El Real, en pleno centro de Oviedo. De haber estallado, habría causado un considerable daño. No lo hizo, pero se incrustó en la piedra y ha permanecido en ese mismo punto durante 83 inviernos, desde la Guerra Civil. Muchos edificios de la capital asturiana aún conservan las cicatrices de la contienda, pero las de San Juan y la iglesia de San Pedro de los Arcos son singulares.

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