«Los familiares son quienes peor lo pasan. Mi nieto me pregunta: El güelu, ¿qué hace ahí?», señala uno de los intoxicados de Azsa en huelga de hambre.
11 nov 2018 . Actualizado a las 13:21 h.El tiempo juega en su contra, pero el hambre no es su mayor preocupación. «Una vez pasas los primeros días sin comer, el hambre ya no te acucia. El problema es psicológico: vivimos con unas depresiones muy grandes, debemos tomar mucha medicación para controlar el monstruo que llevamos dentro», afirma Carlos Acevedo, uno de los tres intoxicados de Azsa que se hallan en huelga de hambre desde el pasado 30 de octubre. Unos afectados que denuncian la falta de humanidad de la compañía. «Somos una parte del mecanismo de la fábrica, como un tornillo, que si nos rompemos pueden cambiar por otro. El obrero para ellos no es una persona. Somos chatarra para la empresa», consideran los tres intoxicados.
El cariño que reciben diariamente alimenta sus ánimos, pero el calor del hogar familiar es el bien que más echan de menos. «Mi nieto me pregunta: El güelu, ¿qué hace ahí?», comenta Acevedo, cuya mujer le llama por teléfono cada día para saber cómo se encuentra. Unos seres queridos que sufren en la distancia una protesta que les ha llevado a estas tres personas a poner su salud al límite. «La familia tiene mucho miedo. Nos llaman y nos piden que lo dejemos, que a ver si nos va a pasar algo. Viven esta situación con la preocupación de que nos ocurra algo malo», explica Víctor Calota.
Pasar de vivir con tus seres queridos a compartir huelga de hambre con dos compañeros intoxicados por metales pesados es un duro paso que estas tres personas han decidido dar para «que no vuelva a ocurrir casos como el nuestro». «Son muchos años de casados, de vivir con tu mujer e hijos, y de repente cambia todo y te vas de casa para hacer una huelga de hambre», explica Calota, que tiene una discapacidad reconocida del 91%.
El apoyo que reciben diariamente no solo viene de familiares o de amigos. «Hace unos días, se paró un coche delante nuestra y se bajó un hombre que quería hacer huelga de hambre con nosotros. Yo no le dejé, y le expliqué que lo que había aquí era un conflicto laboral. Quedamos bastante sorprendidos», relata Víctor Calota.
Porque el paso del tiempo no solo mina psicológicamente, sino que es un cóctel molotov que puede explotar en cualquier momento, generando nuevas dolencias. «En cualquier momento puedes sufrir un nuevo síntoma o te sale una dolencia que antes no tenías. David (Román), por ejemplo, estaba bien al comienzo, hasta que le empezaron a salir bultos en los pies. Hace nada fue diagnosticado con párkinson», afirma Acevedo, que denuncia el hecho de que «si se hubiese realizado un correcto seguimiento se podría haber controlado e incluso previsto. Tras el accidente, tuvimos que esperar tres meses a que nos atendiese un toxicólogo, que nos hizo pruebas especializadas. Durante ese tiempo estuvimos sin poder acudir a especialistas, por lo que no recibimos un tratamiento adecuado»
El apoyo mutuo entre los tres intoxicados ha forjado una sólida unión. «Somos como una pequeña familia, cada uno mira por el otro y todos nos apoyamos», destaca Acevedo, que muestra el habitáculo en el que duermen los tres, y que fue facilitado por el ayuntamiento de Castrillón. «En momentos que hay temporal no te enteras mucho de lo que hay fuera. La calefacción se debe totalmente a la electricidad, sin la cuál no podríamos subsistir aquí. El recinto es pequeño pero nos apañamos. El problema es que, por el poco espacio que hay, David debe dormir sentado, ya que no cabemos los tres echados. Cuando me despierto, tengo que hacer muchos movimientos para poder levantarme», explica.
Los tres compañeros confían en encontrar una solución rápida a la situación que están pasando, aunque la empresa no haya mostrado atisbo alguno de querer resolver el conflicto. «Pedimos que se cumpla el protocolo que se firmó en su momento, y que Azsa abandonó tras abandonar nosotros la vía penal. Con buena fé acordamos con la empresa en que el protocolo se cumpliría si nosotros dejábamos de acudir a los tribunales. Una vez abandonamos esa vía, Azsa dejó de cumplir el protocolo, y en esas estamos. No pedimos dinero, sino que se cumpla lo que en su momento se firmó», asevera David Román.
A pesar de la postura inmovilista de la compañía, los tres intoxicados mantienen la esperanza de poder volver a sus hogares con una solución a este conflicto. «No podemos abandonar esto. Tenemos la experiencia de las dos huelgas de hambre anteriores, y se olvida fácilmente lo que uno se juega aquí. De aquí debemos salir con las posturas bien claras», destaca Calota.