El largo ocaso de Álvarez-Cascos

Los malos resultados electorales, la pérdida de relevancia y la huida de candidatos marcan el presente de la formación fundada por el político gijonés en 2011, cada vez más replegado a la actividad interna

Francisco Álvarez-Cascos, tras su comparecencia en la comisión municipal por el 'caso Enredadera'
Francisco Álvarez-Cascos, tras su comparecencia en la comisión municipal por el 'caso Enredadera'

Francisco Álvarez-Cascos conoció en 2011 su año de las maravillas. El día mismo de Año Nuevo, el exsecretario general, exvicepresidente, exdiputado -regional y nacional-, exsenador y exconcejal popular anunciaba por sorpresa que añadía a esos atributos en negativo el de exmilitante de un partido cuyo carné llevaba en la cartera desde hacía 34 años. Casi antes de que Asturias y el PP se recuperasen de la sorpresa, solo dieciocho días después, había fundado sus propias siglas. Y al cabo de siete meses y veinte días desde el sonoro portazo, conseguía subir la escalinata del palacio de la calle Fruela de Oviedo como presidente electo del Principado de Asturias un mes después de que su bisoña formación consiguiera desalojar al PSOE por primera vez de la alcaldía de Gijón. La segunda vida política de Álvarez-Cascos arrancaba con una progresión sin precedentes de cero a a velocidad-luz que parecía ungir a uno de esos dirigentes que han gobernado con aplomo de virrey en la España de las autonomías. Menos de un año después, el 25 de marzo de 2012, las mismas urnas le obligaban descender la misma escalinata. Era solo el primer tramo de un lento, largo y aparentemente irreversible declive político; un ocaso que ha alcanzado su mínimo en las dos últimas citas electorales y que hoy por hoy parece amenazado por la extinción que acabó llevándose por delante ofertas políticas similares en Asturias.

Harakiri no: reinicio

Lo que muchos tomaron el 1 de enero de 2011 por un harakiri resultó ser más bien un reinicio con nuevo sistema operativo. No una reinvención: el hombre, su ideología, su carácter o sus ambiciones eran los mismos que los del 31 de diciembre, pero con medios y métodos distintos. A nadie se le ocultaba que después del largo ciclo político que le llevó de la muy temprana afiliación en 1976 a Reforma Democrática, pronto integrada en Alianza Popular, y de la portavocía municipal de AP a las alturas del PP y del aznarato, Francisco Álvarez-Cascos no se había resignado al retiro de la política. El devoto jovellanista que siempre ha sido Cascos ansiaba tanto como su mentor intelectual el retorno a Asturias para cambiar Asturias según su programa reformista. Pero no exactamente desde la actividad intelectual o la acción privada. Cuando Génova y el PP asturiano decidieron en contra de su disponibilidad que no sería él  sino Isabel Pérez-Espinosa quien encabezase la candidatura a las elecciones de 2011, Álvarez-Cascos no dudó en hacer trizas su carnet y su biografía de partido y crear otro a la medida de sus pretensiones.

Lo hizo en tiempo récord y arrastrando de paso consigo una porción de la siempre inestable masa de los populares asturianos, como uno de esos cuerpos celestes supermasivos que pasan cerca de otro y le arrebatan parte de su masa: un fenómeno político  del que  ya se había tenido cumplida noticia en Asturias a raíz del grave cisma de 1998 con el primer presidente popular de Asturias, Sergio Marqués, provocado también por el entonces ominpotente secretario general del PP. Once años después, Álvarez-Cascos repetiría significativamente el movimiento de Marqués al crear su propia marca de derecha regionalista desgajada del PP. Con resultados, en última instancia y si no se revierte la tendencia, parecidos, según lo anticipan a fecha de hoy un partido en horas muy bajas y un PP que no tiene visos de haberse recuperado todavía del segundo desgarro originado por la tremenda fuerza de gravedad casquista.

Temor al regreso

El exvicepresidente y exsecretario general fundaba Foro en un momento en el que aún era temido política y personalmente a pesar de sus años de retiro en el limbo empresarial que nadie acababa de creerse del todo para un animal político como el gijonés. Ese temor al regreso casquista explicaba sin duda los movimientos para mantenerlo lejos del control del PP asturiano y de un probable ejecutivo de derechas en un momento favorable como ninguno antes para los conservadores del Principado ante el desgaste del PSOE. Álvarez-Cascos había sobrevivido a tempestades como la del Prestige a pesar de estar en el ministerio -o, para ser exactos, para ser un ministro de caza- el día de noviembre de 2002 en que el chapapote se agarró a las costas gallegas y a la agenda política española. Sin embargo, el hombre al que se acusó de haber dado la orden de haber enviado «al quinto pino» el petrolero que causó el desastre salió del trance con una medalla de la Xunta gallega concedida por Manuel Fraga y compareciendo solo en calidad de testigo en el posterior juicio. Del mismo modo, saldría indemne de la crisis Bárcenas a pesar de su presencia en la secretaría general del PP en momentos bajo sospecha. Durante el tiempo en que amagó el retiro de la política sus globos sonda y el calculado coqueteo sobre su posible regreso mandaban al PP señales sobre su disponibilidad para la tarea pendiente: la del hombre que necesitaban para la reforma de Asturias desde la derecha.

El PP las rechazó y Álvarez-Cascos rechazó al PP. Faltaba comprobar si además era capaz por sí mismo de reconvertir su poder interno en atractivo electoral. Las elecciones de junio de 2011 respondieron que sí. El electorado confió en proporción suficiente en quien apenas tenía un partido estructurado y operativo todavía, pero prometía gobernanza a tres turnos; un político que muchos asturianos y asturianas consideraron como uno de los suyos más allá incluso de ideologías y al que concedieron un halo de pragmatismo, mano dura y ejecutoria sin duda alimentados por su lado ingenieril y su paso por Fomento: Álvarez-Cascos, presidente de Asturias. El más breve. Dieciséis de 45 diputados no le bastaron para obtener respaldo a su proyecto de presupuestos y, por sorpresa, en lo que seguramente fue un exceso de confianza y el principio del fin, convocó elecciones anticipadas para marzo de 2012. Que perdió, permitiendo al PSOE volver a la presidencia del Principado.

Lenta rampa abajo

Todo lo que ha venido después ha formado parte de la lenta rampa abajo del casquismo y Foro en Asturias. El partido regionalista que llegó a sentar un diputado y un senador en las cámaras madrileñas solo mantuvo su peso real en plazas como Gijón, aunque con muletas improbables: en 2011, la de un PP local en rebeldía que decidió apoyar la candidatura de Carmen Moriyón a la alcaldía; en 2015, la de una izquierda incapaz de concretar su mayoría repartida entre tres a raíz sobre todo del rechazo de Xixón Si Puede a un tripartito. Mientras Foro daba muestras de debilidad creciente incluso en su bastión y los casquistas gijoneses ganaban peso, su fundador emprendía un progresivo repliegue de lo institucional hacia lo orgánico; primero, permitiendo el acceso de Cristina Coto a la presidencia mientras él desempeñaba una secretaría general que acabó por quemar a la ahora concejala ovetense de Vox, y después con su cargo actual de vicepresidente, mientras que la exalcaldesa de Gijón y dimisionaria excandidata Carmen Moriyón ocupa la presidencia.

En ese tiempo, las comparecencias públicas de Álvarez-Cascos han sido escasas, siempre de carácter muy técnico, y en las últimas elecciones ha limitado su presencia a los concejos del Occidente de cuya lista formaba parte en un elocuente último lugar. Su nombre ha aparecido en los titulares a raíz de comparecencias como la realizada ante la comisión gijonesa del Caso Enredadera por su presunta mediación con el empresario Ángel Luis García, «El Patatero» para favorecer contratos con el Ayuntamiento de Gijón: acusaciones de las que ha salido, una vez más, políticamente sin un rasguño.

No ha sucedido lo mismo en las urnas. Los malos resultados de Foro en toda Asturias, y en particular en Gijón, han abierto la desbandada. La candidata y presidenta de Foro Carmen Moriyón renunció a su acta de diputada y volvió al ejercicio de la medicina con un Foro condenado a la irrelevancia del grupo mixto, y en Gijón cogían igualmente el portante el cabeza de lista Álvaro Muñiz y el candidato a quien -argumentó Muñiz- quería dejar paso con su renuncia, Rubén Hidalgo. Aunque en un contexto distinto al de la traumática dimisión de Cristina Coto, parecen compartir el razonamiento de la expresidenta y exdiputada de Foro el día de su dimisión: «Para estar y no ser, mejor no estar». En  Asturias, el azul casquista solo tiñe tres ayuntamientos -Amieva, Peñamellera Alta y Salas-, aunque participa en acuerdos que han sido determinantes en otro puñado de concejos.

Es verdad que internamente, a Francisco Álvarez-Cascos le siguen llamando «El Jefe» en los pasillos de Foro. Pero también que seguramente muchos de sus votantes no han tenido presente el hecho de estar votando un partido casquista, sino a sus candidatos o candidatas locales, y que un tercer reinicio parece improbable. Cabe imaginar si el jovellanista que es Álvarez-Cascos ha pensado ya alguna vez en el diagnóstico que aplicó Jovellanos a la España invadida que encontró al regresar de su prisión en Bellver, pero que se aplicó también a sí mismo: «Todo perdido (...) Pero a vivir». Claro que después de escribir eso, el ilustrado se embarcó de nuevo a su pesar en la política hasta las cejas y así siguió hasta su muerte.  Es posible que, para Álvarez-Cascos, ese «a vivir» signifique exactamente lo mismo.

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