Al menos cuatro familias podrían reclamar a Asturias obras de arte robadas durante la guerra

ASTURIAS

«La echadora de cartas» de Zuloaga y el reverso del cuadro con las numerosas notas que indican el seguimiento del cuadro, que fue entregado a la Diputación de Asturias en 1941
«La echadora de cartas» de Zuloaga y el reverso del cuadro con las numerosas notas que indican el seguimiento del cuadro, que fue entregado a la Diputación de Asturias en 1941 MUSEO DE BELLAS ARTES DE ASTURIAS

El Museo de Bellas Artes recibió del Estado cuadros procedentes de las colecciones Bauer, Sicardo, De Besga y Rico, pero también hay otros muchos de propiedad desconocida

01 nov 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Asturias podría tener que devolver un bueno número de obras de arte incautadas durante la guerra, que nunca volvieron a sus legítimos propietarios y que permanecen en las salas o depósitos el Museo de Bellas Artes, la Universidad de Oviedo y el palacio de Presidencia.

La reciente ley de Memoria Democrática ha abierto la puerta a esa restitución, que viene clara y explícitamente contenida en el texto. Siempre y cuando, claro está, que los herederos reclamen. Entre ellos hay identificadas al menos cuatro familias, que podrían ser más: La de los riquísimos Bauer (que en parte pudo ser vendida antes de la guerra); así como las del coronel José Sicardo Jiménez-Córdova, Ruperto de Besga y Pedro Rico.   

De hecho, ya está en proceso la reclamación de la familia de Pedro Rico, alcalde socialista de Madrid que murió en el exilio, acogida favorablemente por la pinacoteca asturiana. El Museo del Prado ha anunciado también que abrirá una investigación en la que el Bellas Artes fue pionero.

Las autoridades franquistas enviaron a Asturias en los años 40 del siglo pasado un total de 119 obras de arte (entre ellas los tres cuadros de Rico) al finalizar la guerra, en concepto de depósito. Procedían de distintos propietarios e instituciones a los que se habían incautado, y se entregaron a la diputación en dos tandas.

Al inaugurarse el museo en 1980, la mayor parte de ese catálogo fue a parar a sus fondos en esa década, sin que nadie supiera muy bien su procedencia anterior. No es sino hasta el año 2015 cuando una investigadora del Bellas Artes, Paula Lafuente, localiza y documenta 101 de ellas. El resto no pudo ser localizado.

En realidad, las autoridades asturianas ya devolvieron, pocos años después de recibirlos, tres cuadros (Encajera de Eduardo Chicharro, a los herederos de Domingo Barnés en 1949; Prostíbulo y Retrato de mi madre, de José María López Mezquita, devueltas en 1947 y Estigmatización de San Francisco, de Bartolomé Carducho, que pertenecía al Museo del Prado y volvió a él). Pero sigue habiendo patrimonio privado en esa partida, como los cuadros de la colección Bauer o los del republicano Ruperto de Besga. También habría óleos de la Colección Sicardo, el coronel republicano José Sicardo Jiménez-Córdova.

Universidad y Principado

Un expediente de devolución de las autoridades franquistas también da cuenta de que la Universidad de Oviedo posee (o poseía) en depósito 20 lienzos procedentes del Museo del Prado, donde a su vez estaban almacenado parte de lo que procedía de incautaciones. Además de cuadros, también había objetos valiosos como tres relojes de bronce y dos jarrones de porcelana, tres quinqués o una figura cerámica de Bellver.

En el palacio de la Junta o en Presidencia también estaría un número indeterminado de obras (seguramente pocas, una vez sumadas las que se cuentan en el Museo y la Universidad). Entre ellas, la escultura Estocada de la tarde, de Benlliure. 

¿Auténticos propietarios?

Según señala el profesor Arturo Colorado en su libro Arte, botín de guerra (Cátedra, 2021), en muchos otros casos las devoluciones fueron arbitrarias o, al menos, muy poco documentadas. Esto quiere decir que algunas familias asturianas cercanas al régimen podrían haber recibido obras de arte que no eran suyas. La recompensa de las autoridades franquistas a determinadas personas con la entrega de obras «en depósito», dice Arturo Colorado «fue una práctica repetida hasta la saciedad por parte de los responsables franquistas del patrimonio».