Ángela Suárez convive con una cardiopatía congénita grave: «Llevo ya cinco operaciones a corazón abierto»
ASTURIAS
Esta asturiana lleva 42 años enfrentándose a los retos que su enfermedad le plantea. Con apenas una semana de vida ya afrontó la primera prueba de esta larga batalla
07 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.La cardiopatía es el conjunto de enfermedades que afectan al corazón o a los vasos sanguíneos. Cuando la alteración estructural o funcional está presente desde el nacimiento, se denomina congénita. Estas afecciones suelen, además, acompañar a los pacientes durante el restos de sus días. Entre ellas se encuentra la Tetralogía de Fallot, una patología caracterizada por la combinación de cuatro defectos cardíacos que alteran el flujo sanguíneo entre el motor del cuerpo y los pulmones. Una de las personas que convive con esta condición es Ángela Suárez, una asturiana de 42 años que ha aprendido a adaptarse a su complejo estado de salud.
«Lo último en lo que pienso es en quejarme. Me cuesta mucho más hacerlo que sonreír, porque sé que si me hundo psicológicamente va todo a pique. Por eso, tengo mucha fuerza para afrontar y vivir», asegura esta vecina de San Juan de La Arena, en Soto del Barco. Sabe perfectamente a qué se refiere con estas palabras. Y es que, desde que llegó al mundo en 1984, inició su lucha por superar los desafíos que su cardiopatía le imponía. Sigue cuatro décadas después en batalla porque su corazón no le ha dado tregua y parece que no lo hará.
Los médicos «no descartan» en un futuro hacerle «un trasplante» porque su condición cardiaca sigue siendo grave. Su corazón, además, podría llegar a debilitarse hasta el punto de no soportar ninguna intervención más. «Llevo ya cinco operaciones a corazón abierto y cateterismos, muchísimos. Ya ni los cuento», detalla la asturiana, quien con solo una semana de vida estaba ya tumbada en la camilla del quirófano, donde su diminuto cuerpo enfrentó la primera prueba de la larga batalla que marcaría toda su existencia.
Nada más nacer, Ángela comenzó a vomitar casi sin parar y sus labios empezaron a tener un tono azulado. Su estado de salud generó gran preocupación entre los profesionales que la atendían, quienes desconocían el origen de estos síntomas. Pero, por suerte, un médico que estaba en la sala sospechó que se trataba de un problema cardíaco y decidido derivar su caso al Hospital Universitario Ramón y Cajal. Este centro sanitario de Madrid, por aquel entonces, tenía un mayor conocimiento sobre enfermedades del corazón.
Su primera operación
Mientras su madre seguía hospitalizada, fue llevada en ambulancia a la capital junto a su hermana. Una vez en el hospital madrileño y tras hacerle las pruebas oportunas, los médicos detectaron que tenía un orificio entre los ventrículos, un estrechamiento de la arteria pulmonar, un acabalgamiento de la aorta y un engrosamiento del ventrículo derecho. Unas anomalías que pasaron desapercibidas durante su gestación. «A mi madre le hicieron alguna prueba durante el embarazo pero no vieron nada, porque de aquella no había los medios de ahora», reconoce.
Estas alteraciones eran la causa de la baja oxigenación y su característico tono azulado en los labios, por lo que tuvo que ser sometida a una operación a corazón abierto. Aunque la intervención transcurrió según lo previsto, su problema cardíaco no se resolvió por completo y tuvo que seguir su lucha por superar cada desafío que imponía el motor de su cuerpo. Desde entonces, ha estado bajo seguimiento constante, con revisiones periódicas para prevenir posibles complicaciones y mantener la mejor calidad de vida posible.
Buena parte de su vida ha transcurrido entre cuatro paredes, rodeada de profesionales con batas blancas. «Los únicos recuerdos que tengo de la infancia son en el hospital. Apenas iba al colegio porque sino me tenían que operar, tenían que hacerme un cateterismo… y a esto hay que sumarle las recuperaciones. Ahora la medicina avanzó pero antes te tenían ingresado 15 o 20 días, incluso un mes y pico. Luego volvías para casa y tenías que tener mucho cuidado de no coger ningún virus. Por eso, perdí tantas clases que hasta me hicieron repetir primero de Primaria», cuenta.
No guarda tampoco buenos recuerdos de su adolescencia. «Si esta etapa de la vida ya es complicada, imagínate convivir con una enfermedad y con unos padres que te sobreprotegían como hacían los míos. Si el médico decía que no podía correr o subirme a una bicicleta, por ejemplo, no se me ocurría hacerlo… Además, tenía que cuidar de no resfriarme ni de hacerme una herida. Era, y sigue siendo, tener precaución con todo, incluso al ir al dentista o al ginecólogo, porque cualquier infección podría afectar directamente al corazón», relata.
El «principal problema» de padecer la Tetralogía de Fallot es que esta cardiopatía congénita le provoca un cansancio extremo. «A poco que haga estoy agotada. Si no sigo mi rutina y me salto la siesta al final lo pago», asegura Ángela. Esto hace que su vida social sea limitada y que tampoco pueda continuar con su carrera profesional. Tuvo suerte que cuando se adentró en el mundo laboral lo hizo como administrativa en la empresa que tenían sus padres y, por tanto, no hacía falta que justificase sus ausencias en la oficina.
«Muchos días me encontraba agotadísima, como me pasa ahora, y cuando era así no podía ir a trabajar. Como mis padres sabía de mi situación no hacía falta que justificase nada. Por eso, el problema surgió cuando mis padres fallecieron y la empresa cerró. Y ahora, por ejemplo, encontrar trabajo es una locura, porque no puedo comprometerme a un horario. Hay días en que estoy tan cansada que no tengo fuerzas ni para caminar», reconoce Ángela, quien lleva un par de años encadenando contratos «de pocas horas» para poder disponer de tiempo para descansar.
Además de tiempo, esta asturiana lo que también necesita es apoyo y comprensión. «La gente ve los días buenos, pero no los que paso en la cama, ni los días en que me levanto para a los cinco minutos para volver a ella, ni las veces que tenemos que echar varias siestas al día», asegura, cansada del estigma que provoca su enfermedad invisible. «Tú ves a cualquier persona con cardiopatía y, si no te contamos o te mostramos nuestras cicatrices, parecemos personas normales. Siempre llevamos una sonrisa en la cara y tenemos más ganas de vivir que nadie, porque valoramos estar bien», añade.
Dentro de las circunstancias, Ángela tiene una vida «más o menos» estable. Su estado de salud, aunque no mejora, tampoco se deteriora y eso es un aspecto muy importante. La última vez que tuvo que pasar por quirófano fue hace ya más de una década. Un hecho que refleja la efectividad del seguimiento médico y su capacidad de sobrellevar la enfermedad. Su última intervención quirúrgica salió tan bien que los cardiólogos que llevaban su caso le permitieron cumplir su sueño de ser madre.
«Siempre me habían dicho que no iba a poder tener hijos, que era muy arriesgado para mi. Pero, después de la última operación, los médicos cambiaron de parecer y me dijeron que si quería ser madre tenía que ser ya. Tuve mucha suerte porque, además, me quedé embarazada a la primera y durante la gestación no surgió ningún contratiempo. Sí es que verdad que todos los meses iba a revisión porque tenían que controlar todo», cuenta Ángela, quien con 31 años dio a luz a una niña.
Que en los últimos 13 años no ha necesitado ninguna intervención quirúrgica, no quiere decir que se ha librado de los controles médicos. En todo este tiempo, la asturiana ha ido de consulta en consulta para asegurarse de que su corazón funciona correctamente y se mantiene en buen estado. En una de estas revisiones, el equipo que lleva su caso le informó que tenían que operarla para cambiar la válvula pulmonar que lleva puesta desde hace más de una década. Me tienen que volver a abrir por sexta vez», asegura y destaca que «hoy en día los niños con Tetralogía de Fallot no pasan ni por la mitad de lo que pasé yo, porque, por suerte, la medicina avanzó muchísimo».
La que será su sexta intervención
El hecho de tener que pasar por quirófano le despierta unos sentimientos que nunca antes había tenido. Siempre entré al quirófano muy motivada, con alegría y ganas, la verdad. Nunca tuve miedo porque confiaba plenamente, aunque no supiera exactamente lo que me iban a hacer. Pero con los años, y al ver casos en los que las operaciones se complicaban, ya no mantengo la misma actitud de antes. Ahora tengo una hija y pienso en que no me pase nada… Sin embargo, soy de las personas que creen firmemente tanto en la operación como en la recuperación», asegura Ángela, quien, antes de someterse a una intervención, escribe una lista de propósitos y deseos que espera cumplir una vez recupere su estado de salud.
Mientras espera a que le den cita para volver a ser operada a corazón abierto y continuar su lucha contra la cardiopatía que ha marcado su vida, esta asturiana de 42 años continúa su batalla legal para que se le conceda la incapacidad permanente absoluta. «No estoy en condiciones de trabajar. Mi abogado dice que debo documentar los días en los que me encuentro mal, acudiendo al médico, pero cuando estoy así no tengo fuerzas ni para hacerlo. Además, si voy, normalmente me derivan al hospital y tengo que pasar varias horas en Urgencias, cuando lo único que necesito en esos momentos es quedarme en la cama descansando», asegura.
A pesar de todos los contratiempos, Ángela muestra una actitud envidiable. Ve luz donde apenas no hay, encuentra fuerzas en los momentos más difíciles y no pierde la esperanza de seguir viviendo plenamente a pesar de su enfermedad. «A mi me ayudó mucho mi forma de ser», asegura la vecina de San Juan de La Arena, cuya historia es un ejemplo de resiliencia frente a una patología que condiciona todos los aspectos de su vida.