Armando: «Solo se nos dio el mérito después del descenso»

La Voz de Asturias entrevista al exjugador del Real Oviedo

Armando Álvarez, ex futbolista del Oviedo
Armando Álvarez, ex futbolista del Oviedo

Oviedo

En el Real Oviedo de los primeros 90, orgulloso de la UEFA recién disputada, fue habitual completar buenas temporadas para sobrevivir con holgura en Primera. Por la derecha de aquellas alineaciones siempre aparecía Armando Álvarez (Colmar Francia, 1970), ya fuera como medio o como lateral. Llegó de León a los 17 años para jugar en el juvenil, subió al primer equipo, triunfó y siguió su carrera en el gran Deportivo de la época. Se quedó a las puertas del equipo olímpico de Barcelona, pero en 1998 llegó a internacional con España.

-¿Cómo empezó a jugar?

-De pequeño, aunque quizá no a una edad tan temprana como las que se ven ahora. Tendría once o doce años. En León, salía en la radio un anuncio de un equipo que buscaba niños para un equipo. Fui con un amigo. Era un club muy de barrio, recién formado. El presidente era también el entrenador, el masajista y todo lo que se necesitara. Casi no nos entrenábamos y nos caían unas panaderas de la leche: 8-0, 10-0, lo que fuera. A veces no nos presentábamos todos y nos tocaba ir a jugar nueve contra once. Pero en aquella época no mirábamos el ganar o el perder. Simplemente nos divertíamos.

-¿Cuándo apareció el Oviedo?

-Me vine para acá en 1987, con 17 años recién cumplidos. Vivía en una pensión y estudiaba. Ahí empezó todo en serio. Ya entrenábamos un 9 o 10 de agosto con el equipo de Liga Nacional Juvenil, las sesiones cambiaban muchísimo, la calidad y el nivel de los compañeros eran distintos. No había muchos medios, porque entrenábamos en Colloto en algo que no era ni un campo, sino más bien un prao con una luz de bombilla de carretera. Pero fue un año muy bueno. Con Pichi Naves quedamos campeones en la liga nacional de juveniles.

-¿Cuándo se dio cuenta de que podría ser profesional?

-En su momento me pareció que tarde, aunque, comparado con lo que sucede ahora, fue pronto. Llegando del equipo juvenil, hice la pretemporada con el filial, que estaba en Segunda B. Había gente muy veterana. En septiembre, el entrenador, que era Vicente González Villamil, me dijo que no contaba conmigo. La solución deportiva fue el Hispano de Castrillón.

Tenían aspiraciones, el presidente era Maximino Carneado, un empresario fuerte de la zona. Estaban en Tercera y querían hacer un equipo fuerte para subir. Me fui cedido un año. Fueron momentos duros, cosas que no había probado antes: entrenar a las ocho de la tarde, estudiar a la vez, no tener coche, volver en autobús y llegar a las once y pico de la noche. Ves que el sueño se puede acabar en Tercera.

-¿Cómo lo evitó?

-En primavera, al empezar la mili, el Oviedo volvió a reclamarme para el filial. Bajaron de Segunda B y todos los veteranos salieron a otros equipos. Recuperaron a todos los cedidos que lo habíamos hecho bien y Miguel Sánchez llegó para entrenar. Jugué menos. Alternaba el fútbol con la mili. Me habían dicho que fuese voluntario porque me enchufarían para tener un destino mejor, pero después hice más guardias que el capitán Nemo. Aun así, fue un buen año. Ascendimos y fue la última vez hasta el año pasado que el filial consiguió subir a Segunda B. Y ahí, con 19 años, me di cuenta de que podía dar el salto.

-¿Cómo fue hacerse hueco en aquella plantilla de la UEFA?

-Llegó Novo, que ya me conocía, y empecé a alternar el filial con los entrenamientos del primer equipo. No se miraba mucho hacia abajo. Bango y Luis Manuel habían dado el salto en la temporada 87-88, la del ascenso a Primera, pero luego llegó Javier Irureta, que no era un técnico muy dado a hacer debutar a gente del filial.

Lo que pasa es que estar ahí colocado siempre te da alguna oportunidad. Hubo una lesión de Quico Zúñiga. Irureta fue probando jugadores como Gaspar o Gorriarán en el lateral derecho. Una semana jugué en el equipo titular en el partidillo del jueves, que entonces se hacía siempre, y ahí vi que podía debutar en la primera división. Era contra Osasuna. Y se dio. Fue el 15 de marzo de 1992, mi primer partido con el Real Oviedo. Fue complicado, porque casi estábamos en descenso, pero ganamos 3-1. A partir de ahí, empecé a entrar en los planes. Jugaba más en casa que fuera.

-Era una época de éxitos. ¿Era también una época de mucha exigencia?

-Sí, desde Luis Manuel y Bango solo había debutado Andrés tras subir desde el filial y únicamente para apariciones esporádicas. Tienes que aprovechar cada oportunidad de reivindicarte y hacerlo bien. La gente reclamaba que jugara, pero Irureta solo me daba la Copa y algunos minutos al final de partidos de liga. En Extremadura, en Copa, ganamos y jugué bien. Era ya octubre o noviembre y, en el viaje de vuelta, en el autobús, cuentan por la radio que han destituido a Irureta. Él no se lo podía creer. Que le pasara eso después de haber ganado un partido.

Empezó Radomir Antic y con él se creó una situación nueva y todos partíamos de cero. El jueves me quedé fuera del equipo titular en el partidillo. Pensé: 'Bueno, ya estamos, otra vez al banquillo'. Pero, en el partido, creo que era contra el Zaragoza, Elcacho se lesionó a los quince minutos. Yo fui el primer cambio, ganamos y, a partir de ahí, fui un fijo para Antic en los tres años siguientes. Jugué unas temporadas francamente buenas.

-¿Cuánto influye el gusto de los entrenadores en las oportunidades para un jugador que siempre es el mismo y unas veces cuenta más y otras desaparece?

-Mucho. Es algo independiente de tu calidad y de tu entusiasmo. Para uno eres muy bueno y a otros no les encajas. También influye mucho el estado general del equipo. Si está bien y gana, quizá no entres nunca. Yo empecé por la lesión de un compañero.

-La gente recuerda ahora con nostalgia aquellas temporadas de la primera mitad de los años 90. Buenos resultados, buen equipo. ¿Cómo era entrenarse con Antic y jugar con aquellos compañeros?

-Desde luego que los recuerdo como años buenos y a Antic como un entrenador muy bueno. Pedía muchísima intensidad, le gustaba jugar el balón y buscaba un fútbol combinativo. Entrábamos por las bandas, centrábamos y teníamos delanteros tan buenos como Carlos, que era todo un rematador. Yo jugaba de lateral o de medio, alternaba las dos posiciones, y me gustaba usar la banda. Para que vaya bien, necesitas gente buena delante y yo, por suerte, la tenía: Lacatus, Jankovic, Carlos. Por detrás tenía a Cristóbal y nos relevábamos. Él jugaba de lateral y yo de medio. Cuando él subía, yo bajaba.

Para que te consolides y te hagas mejor jugador, cuenta mucho el equipo. Yo crecí a base de buenos compañeros. Primero en el Oviedo y después en el Deportivo. Pero ya los años del Oviedo fueron muy buenos. Se formó un grupo de gente de la casa. Después de debutar yo, fueron llegando Pedro Alberto, Ania, César, Sietes, Oli, Amieva. Eso aunó al grupo y lo hizo compacto. Además, teníamos veteranos importantes, como Jankovic, Jerkan y Berto, que fue un gran capitán.

-Con Antic el equipo casi llegó a la UEFA otra vez.

-Sí, fuimos sextos. Jugamos muy bien aquel año. Teníamos un gran equipo, con Prosinecki, Jokanovic, Jerkan, Cristóbal. Nos faltó creérnoslo y amarrar los partidos fuera de casa. Éramos un equipo bastante ofensivo, Antic tiraba la línea del fuera de juego muy arriba y hacíamos partidos muy completos. Creo que nos faltó ese poquito de fe en que podíamos llegar a esa UEFA. Pero para el Oviedo ser sexto era un logro.

-¿Cómo era la relación con el público? ¿Se daba cuenta la gente de lo grande que era aquello?

-Ahora se le da más mérito a aquella época porque ya se sabe qué pasó después y lo que duró la Segunda B. Por entonces, se exigía mucho a la gente del filial. No era como ahora, que se reclama a los jóvenes. O dabas mucho el callo o te ibas rápidamente fuera. Enseguida decían que no valías para el primer equipo. Se exigía mucho. Se echó a Irureta en Primera.

La gente no se daba cuenta de la dificultad de mantener ahí a un equipo con gente normal, de casa. Pero nos mantuvimos mucho tiempo y, visto desde ahora, es increíble que fuéramos, por ejemplo, a Valencia, un equipo de una ciudad espectacular, y empatábamos a cero o perdíamos 1-0, que también podía pasar, y había pitos en el Tartiere. No nos quedaba más remedio que llevarlo como podíamos, pero ahora la gente se ha dado cuenta de lo difícil que era mantener ese nivel en Primera.

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