Pesar, alabanzas y una marea de afecto despiden al actor Arturo Fernández

Su fallecimiento ha provocado conmoción en el mundo de la escena y entre sus muchos admiradores. Gijón declara tres días de luto oficial y Madrid propone una calle en memoria del atista asturiano, fallecido a los 90 años como consecuencia de un fulminante tumor estomacal

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Fallece el eterno galán del teatro, Arturo Fernández Ha muerto esta pasada noche a los 90 años de edad. Su carrera se vio interrumpida cuando el 2 de abril suspendió las representaciones de la obra teatral 'Alta seducción', con la que realizaba una gira por España

Gijón

Pesar, alabanzas, sorpresa en no pocos casos y mucho, mucho afecto. Son las emociones que la noticia de la muerte Arturo Fernández ha desatado en España desde que se supo, a primera hora de la mañana, que el actor gijonés había fallecido esta madrugada a los 90 años tras el fulminante progreso de un tumor de estómago del que se le venía tratando desde hace unos meses. Condolencias, elogios y recuerdos han cundido entre compañeros de profesión, representantes de todos los estamentos y, sobre todo, entre los innumerables admiradores del más longevo e intemporal de los galanes del teatro y la pantalla españolas había echado el telón después de nueve décadas de vida y casi siete de brega actoral.

Mientras sus restos eran trasladados al tanatorio madrileño de La Paz, donde en estos momentos se le vela, el Ayuntamiento de Gijón proclamaba tres días de luto oficial y el ayuntamiento de Madrid, donde residía y trabajaba cuando no estaba de gira, proponía la dedicatoria de una calle de la capital a su memoria; los primeros gestos de un homenaje que sin duda tendrá su momento más intenso ante la capilla ardiente que este viernes se instalará en el teatro Jovellanos de Gijón, uno de los escenarios donde más veces triunfó. Las muestras de pesar incluyen la de los Reyes Felipe VI y Letizia, que han dirigido un telegrama con sus condolencias a Carmen Quesada, viuda del actor.

El último de los embates de una salud que le había dado serios disgustos en los últimos tiempos pudo finalmente con la legendaria vitalidad del actor del eterno empaque galante, que hace unas fechas tenía que suspender sus actuaciones en el madrileño teatro Ayala después de haber cancelado en abril su gira.  Era el tercer ingreso hospitalario en apenas unos meses del actor que encarnó para el imaginario del público un cierto tipo de asturianía grandona, de la castiza «coña gijonesa» que mamó en su barrio natal y del galán de la vieja escuela que encarnó hasta el último momento. Problemas de espalda y una seria operación de estómago que padeció el pasado mes de abril habían mermado de forma preocupante su salud.

Los restos del artista asturiano serán velados hoy en el tanatorio de Tres Cantos en Madrid, ciudad donde residía desde 1950 y cuyo flamante Gobierno municipal del PP y Ciudadanos ha propuesto que la capital de España, que ya le había concedido el Premio Cultura de la Comunidad Madrileña, dedique una calle a su memoria.

No por temida, la noticia ha causado menos impacto en su ciudad natal. Fuentes municipales confirmaban que el actor tendrá una capilla ardiente en el teatro Jovellanos, donde su compañía fue durante muchos años uno de los platos fuertes en la Semana Grande gijonesa. El actor ostentaba el título de Hijo Predilecto de la Villa. De ahí que el Ayuntamiento se haya apresurado a declarar tres días de luto oficial y el ondeo de banderas locales a media asta en todos los edificios municipales y minuto de silencio guardado por la corporación en el primer pleno municipal de este mandato, este mediodía.  Por su parte, el teatro Jovellanos ha instalado, de momento, en sus paneles digitales una foto del artista en lugar de los anuncios de programación habituales, y no son pocos los paisanos del actor que hacen a su vez fotografías en una mañana en la que el fallecimiento de Fernández es, sin duda, el asunto del día en la ciudad, que ha recibido la noticia con estupor y pesar. 

Apostura y socarronería

Nacido el 21 de febrero de 1929 en la Puerta de la Villa, donde el centro de la ciudad se abría a los barrios obreros del extrarradio y la zona rural gijonesa, Arturo Fernández era hijo de un anarquista que tuvo que huir de España al final de la Guerra Civil. Después de una infancia y una adolescencia humildes junto a su madre, que el actor ha recordado a menudo, y de algún tanteo en ocupaciones tan improbables como el boxeo para ir capeando los años duros, decidió cruzar Pajares y emigrar a Madrid. Su carrera actoral se inició cuando se trasladó, apenas cumplida la veintena, a la capital de los 50, donde consiguió poco a poco ir ascendiendo en las tablas y, sobre todo, en el cine.

En sus primeros papeles, frecuentó roles alejados de los que le darían la popularidad, varios de ellos de tipos propios del género policiaco. En sucesivas películas iría modelando una figura en la que persona y personaje se fundieron de modo singular. Su apostura física le permitió convertirse en uno de los galanes por antonomasia del celuloide y las tablas españolas, pero además consiguió imprimirle su sello envolviendo esa buena planta y en una mezcla de intemporal elegancia al gusto burgués y socarronería típicamente gijonesa, refinada en Madrid.

Después de iniciar su carrera cinematográfica con Distrito Quinto en 1957, trabajó en producciones como La Casa de la Troya o Currito de la Cruz, en películas de temática asturiana como Jandro -donde interpretaba a un humilde minero gijonés que consigue ascender socialmente- y en populares títulos de la comedia española del desarrollismo como No desearás a la mujer de tu prójimo, Tocata y fuga de Lolita o en éxitos como La tonta del bote, junto a Lina Morgan.

Hay, no obstante, acuerdo general en que el actor gijonés dio lo mejor de sí mismo cuando interpretó papeles que desbordaban ese molde o lo ponían en chanza, en una vuelta de tuerca donde Fernández brilló especialmente. Truhanes, junto a Paco Rabal, es seguramente la cima de su talento, primero en cine y luego en serie televisiva, un medio en el que también conquistó a la audiencia con sus personajes en La casa de los líos y Como el perro y el gato.

Teatro y política

En paralelo y de forma cada vez más exclusiva, Arturo Fernández trabajó en las tablas, durante mucho tiempo con su propia compañía. El vodevil de ambientes refinados y enredos sentimentales fue su fuerte, con éxitos como Pato a la naranja, Esmoquin o Alta seducción, la pieza que tuvo que dejar interrumpida definitivamente.

Estuvo casado con Isabel Sensat, de quien se separó en 1978 y tuvo tres hijos, María Isabel, Arturo y María Dolores, y era pareja de la abogada Carmen Quesada desde 1990. En sus últimas décadas, Arturo Fernández hizo además una creciente profesión de sus posiciones políticamente muy conservadoras con un desparpajo y una falta de pelos en la lengua que, de nuevo, hacían difícil distinguir al individuo de su personaje. Tuvo un muy cercano entendimiento con el exacalde ovetense, Gabino de Lorenzo, del mismo modo que protagonizó desencuentros ocasionales con los políticos de izquierdas de su misma ciudad. No obstante, consiguió superar la tradicional brecha entre ambas ciudades y materializar la asturianía que defendió por encima de localismos consiguiendo ser Hijo Predilecto de su villa natal e Hijo Adoptivo de Oviedo.

Arturo Fernández falleció de un tumor de estómago que avanzó «rapidísimo»

La Voz
Imagen de archivo del 10 de septiembre de 2015 del actor Arturo Fernández
Imagen de archivo del 10 de septiembre de 2015 del actor Arturo Fernández

El actor se sometió a controles cada seis meses de un cáncer detectado hace dos años. Su situación se agravó en abril, reconoce un amigo

El actor gijonés Arturo Fernández ha fallecido a las 07:00 horas de hoy, a los 90 años, en un hospital madrileño donde había sido ingresado hace una semana por las complicaciones de un tumor en el estómago aunque el desenlace ha sido «rapidísimo», ha explicado a EFE su amigo Alberto Blasco.

Hace dos años, ha precisado, se le detectó «un pequeño tumor» que le quitaban «cada seis meses» pero en abril, cuando tuvo que suspender su gira, se agravó «y ha sido imposible pararlo». El jueves pasado le ingresaron en la zona de paliativos del hospital y ya ayer estaba semi inconsciente, ha agregado Blasco. La familia está en estos momentos preparando su sepelio y aún no han decidido dónde se instalará la capilla ardiente.

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Comentarios como los que realizó, en tiempos de movilizaciones indignadas, sobre la «fealdad» de los manifestantes, le granjearon duras críticas, que también le han reprochado otras veces su clasismo o el machismo, y que el actor se tomó siempre con irónica displicencia. La última de esas polémicas tuvo como diana al gobierno de Podemos en Cádiz, ciudad a la que se negó a llevar la que sería su última gira. Curiosamente, el líder morado, Pablo Iglesias, ha tenido afectuosas palabras en su cuenta de Tweet para el actor desaparecido, y el recuerdo de una inesperada «colaboración» artística; uno de los innumerables testimonios de pesar y afecto que se vienen sucediendo desde primera hora en las diversas redes sociales.

Su carrera ha estado jalonada por premios sin cuento, aunque no llego a recibir el «cabezón» de los Goya; algo que le importó «un carajo». Entre los que sí recibió se encuentran la Medallas del Círculo de Escritores Cinematográficos, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes (2003), la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo (2013) y galardones del extinto Sindicato Nacional del Espectáculo (1961), el Nacional de Teatro Pepe Isbert (2003), sendos Micrófonos de Oro, sus títulos de Hijo Predilecto y Adoptivo, respectivamente, de Gijón y Oviedo, concejo que también le erigió un monumento realizado por el artista Santiago de Santiago., o la Amuravela de Oro concedida por Cudillero (2016).

El loro de Arturo Fernández

El actor asturiano Arturo Fernández en una foto de archivo de 2008
El actor asturiano Arturo Fernández en una foto de archivo de 2008

Arturo Fernández tenía un loro que todas las mañanas al despertar le espetaba: «¡Arturo, guapo!». Así me lo contó en una entrevista hace ya demasiados años, en la que desplegó todas las alas del personaje que había creado a lo largo de décadas. Él era actor y su vida parecía un rol. Era como Norman Bates pero en plan Alfonso Paso, siempre con la comedia como montera. En esa entrevista le pregunté por un enigma que siempre me costó entender: por qué había renunciado al drama. Por qué un actor que es capaz de hacer reír (el reto más difícil), dotado con una innegable vis cómica, había ignorado la otra cara de la interpretación. Por qué Arturo Fernández no fue Marcello Mastroianni, o Alberto Sordi, o Vittorio Gassman, o incluso José Sacristán o Alfredo Landa. Actores de dobleces, de sonrisas y lágrimas. Arturo Fernández me despachó rápido: «No me interesan los dramas, para eso ya está la vida». En Truhanes, la película de Miguel Hermoso, había demostrado cómo era capaz de revertir su propio personaje y en sus primeras películas con Rafael Gil, con sus balbuceos, y en Dulce pájaro de juventud había demostrado otro carácter. Quizá primó su conservadurismo extremo, su incapacidad para el riesgo. Un conservadurismo también político (Franco queda a mi izquierda, ironizaba) que le fue arrinconando a la derecha, aunque su teatro de lentejuelas y smokings, de güiskis y batines de seda sepultaba el mensaje político y la trascendencia cultural. Arturo Fernández no era Sartre ni Camus ni un revolucionario aunque su padre había militado en la CNT y se había exiliado de España y el actor había vivido en primera fila la España de la posguerra y la represión. ¿Revolucionario? Fue un stripper en los ochenta, donde las señoras acudían en masa a verle el culo en el teatro e incluso consiguió que un asturiano ejerciendo de asturiano tuviese éxito nacional en la tele: eso sí que es revolucionario, chatín. Arturo fue finalmente su propio cliché y no se preocupó en evolucionar su saga, no se inquietó por elevar el listón. Parafraseando a McLuhan, él era el mensaje. Era el terno exquisito, la pajarita bien planchada, la mirada pícara y una declamación inconfundible. Una buena percha (¡vaya genética!) y todo un seductor de tópicazo y simpatía. Un caradura español. Arturo Fernández no quiso traspasar la frontera del drama, o sea la inmortalidad, pero a cambio labró una amistad profunda con sus apasionadas fans, que lo recordarán así, impecable, intachablemente chic, vestido de El Corte Inglés o Galerías Preciados. ¿Y el loro? Merecía haber sido disecado, por su entrega diaria.

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