El hielo, una obsesión «made in Spain»

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Martina Miser

Convertido prácticamente en un bien de lujo, te contamos por qué nuestro país se sitúa a la cabeza de Europa en el consumo de estos cubitos

18 ago 2022 . Actualizado a las 14:20 h.

Sin hielos en agosto. A estas alturas, cualquier titular que otrora pudiese parecer ciencia ficción, encaja como anillo al dedo en el contexto pospandémico. Spain is different. Pero quizás tenga que dejar de serlo por imperativo en un asunto: el uso y abuso que hacemos del hielo. Mirar hacia Europa, en este caso, implica asumir que los cubatas pueden servirse con hielo triturado, con una triste piedra helada flotando o a pelo. Inconcebible pero cierto, esto explica, en parte, que España esté a la cabeza de Europa en el consumo de cubitos.

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Existe una relación causal entre el abusivo consumo de alcohol en España y el disfrute de las bolsas de hielo. El nuestro es el segundo país del Viejo Continente que más copas toma, siendo las bebidas espirituosas más consumidas el whisky, la ginebra y el ron. Todas ellas se acompañan siempre de tres o cuatro piezas de agua congelada. Y una rodajita de limón o naranja. La cuestión de incorporar estos cítricos para eliminar los carbónicos tampoco está demasiado extendido en el ámbito doméstico en la mayoría de países.

Más allá del terreno del alcohol, que España sea un país donde el calor hace estragos buena parte del año también influye en la obsesión por coronar zumos y refrescos con una piedra de hielo. El gusto por las bebidas cuanto más frías, mejor, no se entiende en todas las partes del globo. De hecho, en lugares como China, por ejemplo, lo habitual es tomar agua caliente; tanto que lo que normalmente se ingiere para saciar la sed de manera habitual es té. Lo explica Bea Orviz, española de sangre chino-indonesia que cuenta con un blog especializado en comida asiática. «Tiene que ver con la medicina china, aunque más allá de eso es un concepto muy arraigado en esa cultura en la cual a los niños se les dice que es más saludable beber agua caliente».

El caso más llamativo de la obsesión española por los hielos puede que se encuentre en el ejemplo del café. Sobra decir que el común de los mortales se toma esta bebida en la sobremesa de cualquier comida de verano, y quizás muchos no se habían dado cuenta de que, al viajar, este hábito no suele encontrarse. El mes pasado, sin ir más lejos, se hizo viral un hilo de Twitter en el que se comentaba la falta total de comprensión por parte de los siempre ortodoxos italianos respecto a este punto. 

Miguel Méndez, especialista en café del restaurante A Tafona (Santiago), comenta que si no es frecuente encontrar por el mundo adelante el clásico gesto de volcar la taza de café en el vaso con hielo, «en sitios con café de especialidad donde hay baristas, suele prepararse una bebida llamada Coldbrew que no es otra cosa que un café infusionado durante horas por un método de goteo. Y se puede servir frío o con hielo».

Frederic Tudor, creador de los cubitos de hielo, jamás se habría imaginado que el efecto mariposa de una guerra acabaría desatando una crisis de suministro de su genial invento. Nacido en Boston, en 1783 decidió que comercializar un bien del que había más que excedente en su tierra natal, no podía ser mala idea. Así que todo comenzó con planchas de agua congelada procedentes de los lagos de la zona, que se embalaban en una mezcla de paja y aserrín para mantenerlos aislados hasta que pudieran llegar a zonas que carecían de este bien. A mediados del siglo XIX, Tudor ya tenía un imperio gracias a haber conseguido el monopolio del comercio de hielo en Cuba, Jamaica o Hong Kong. 

El misterio del hielo

Miguel-Anxo Murado

En uno de los comienzos más famosos de la literatura universal, el coronel Aureliano Buendía recuerda el día en que de niño su padre le había llevado a conocer el hielo. Al verlo en el espectáculo de feria de unos gitanos, el padre cree que es el diamante más grande del mundo. Aureliano le pone la mano encima y la retira de inmediato, exclamando asustado: «Está hirviendo». Es en ese pasaje de Cien años de soledad de García Márquez donde esta idea está expresada de forma inolvidable, pero se encuentra también en una novela de Walter Scott, en la que un caballero cruzado le describe el hielo a un sarraceno (que no le cree). Y ha ocurrido en la realidad muchas veces, como cuando el embajador de Dinamarca le explicó lo que era el hielo al rey de Siam o cuando, más recientemente, los refugiados de Burundi llegaron en invierno a Estados Unidos y lo conocieron por primera vez.

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