La madre de Valeria, una niña con serios problemas de corazón: «Antes de que naciese, sabía que algo estaba fallando»
GIJÓN
La asturiana Vanesa Antuña narra el duro camino hasta confirmar sus peores temores y cómo su hija vive con cuatro cardiopatías congénitas
28 ene 2026 . Actualizado a las 05:00 h.El corazón de un bebé comienza a formarse muy temprano, alrededor de la tercera semana de gestación. Sin embargo, no es hasta pasada la semana cinco cuando empieza a latir. Para la semana ocho ya está estructurado con sus cuatro cavidades y los grandes vasos. Y ya hacia la semana doce es cuando se forman las válvulas y su posición se completa, dando lugar a un corazón con una apariencia similar al de un adulto pero en miniatura. En algunos casos, este proceso no se completa de manera adecuada y se producen las llamadas cardiopatías congénitas. Valeria, una niña asturiana de 12 años, tiene cuatro de estas malformaciones presentes desde el nacimiento.
«Tiene una comunicación interauricular (una abertura en la pared entre la aurícula izquierda y derecha), una comunicación interventricular (un orificio en el tabique que separa los ventrículos derecho e izquierdo), además de tener la válvula aórtica bicúspide (solo tiene dos valvas, en lugar de tres) y un estrechamiento de la arteria principal que lleva sangre oxigenada del corazón al cuerpo», detalla Vanesa Antuña, su madre. Todos estos defectos cardiacos se los diagnosticaron a los pocos días de nacer. A pesar de las múltiples pruebas realizadas durante su gestación y al poco de llegar al mundo, los médicos no detectaron ninguna anomalía. Sin embargo, su progenitora ya sabía, desde el embarazo, que su desarrollo no estaba siendo el correcto.
«En la ecografía de las 20 semanas me dijeron que estaba todo bien. Pero, un pensamiento en alto de la ginecóloga, hizo que me empezase a preocupar. Aunque le pregunté que qué quería decir con el comentario de que “la aorta está bien”, insistió en que estaba todo bien, así que decidí no darle más vuelta al asunto. Pero, sí que a partir de ahí empecé a notar como que algo estaba fallando. No sabía tampoco el qué», confiesa. Ese presentimiento la acompañó durante todo su estado de gestación, un periodo en el que el miedo y la incertidumbre estuvieron siempre presentes. Cuando Valeria llegó finalmente al mundo un 12 de noviembre de 2013, su preocupación no hizo más que intensificarse.
Habían pasado 18 horas desde que había dado a luz y su bebé todavía no había expulsado la orina del cuerpo. Como no es algo propio de los recién nacidos, se lo comentó a la enfermera que se encargaba de sus cuidados. «Me dijo que el motivo era que la niña no estaba comiendo porque no tenía leche en el pecho. Le respondí que eso no era cierto y le expliqué que durante todo el embarazo había dado de mamar a mi hija la mediana», cuenta. Al notar también que respiraba «raro», quiso saber qué podía estar pasando. Ante esta pregunta, la sanitaria le restó importancia, atribuyéndolo a que era una mamá primeriza. «Ahí si que me enfadé porque Valeria era mi tercera hija y además por mis brazos pasaron un montón de niños porque soy educadora infantil», cuenta.
Ante la insistencia de esta gijonesa, un médico se acercó a la habitación para valorar a la pequeña. Tras examinarla con atención, le aseguró que estaba todo bien y la dio de alta. Una vez en casa, ese presentimiento que le rondó durante todo el embarazó volvió con fuerza, alimentando su preocupación. «Tenía tanto miedo a que le pasara algo que no la dejaba ni en la cuna. Tampoco permitía que nadie la cogiese en brazos. Era como que quería tenerla todo el rato pegada a mí», reconoce. Pasaban los días y la pequeña Valeria cada vez respiraba peor. «Jadeaba todo el tiempo», precisa su madre, antes de señalar que además «no lloraba». El hecho de que no emitiese ningún tipo de llanto hizo que se inquietara aún más.
Los evidentes signos de fatiga también la desconcertaron. «Siempre se mostraba cansada. De hecho, cuando por las noches la ponía a mama, me despertaba por las mañanas con un gran cerco de leche en la cama porque la niña de lo cansada que estaba no comía. Vamos, directamente, no comía», relata. No obstante, lo que realmente hizo que saltaran todas las alarmas fue cuando, de repente, empezó a vomitar «de una manera exagerada». «Parecía una fuente», compara. Ante esta situación, se planteó llevar a su hija de manera urgente al hospital. Pero, pronto, descartó la idea porque a la mañana siguiente tenía la revisión pediátrica de las 15 semanas y podía comentar los síntomas con la médica.
Esa misma noche, la pequeña Valeria se la pasó llorando. «Se retorcía como si tuviera dolores», cuenta su madre, que explica que ese malestar no era por los cólicos, como ella creía. «La causa estaba en el ductus arterioso que justo se le había cerrado. Sin embargo, su vena aorta no funcionaba correctamente porque, además de ser pequeña, estaba estrecha. Entonces, la sangre que debía ir a los órganos volvía al corazón, mezclándose con la sangre que no estaba oxigenada», cuenta. Esta mezcla era lo que hacía que se redujere la eficiencia del corazón, aumentara la presión pulmonar y obligara al corazón a trabajar en exceso.
Su primer ingreso
Nada más que entró por la puerta de la consulta, la pediatra, al observar cómo respiraba la niña, la derivó de inmediato al hospital de Cabueñes. «Me dijo que estuviese tranquila, porque seguro que estaba todo bien. Sin embargo, a mi ese comentario, en el tono en el que lo dijo, me chocó. Además se le veía el miedo en la cara», confiesa. En un primer momento pensó que se podía tratar de una bronquiolitis, porque «se le marcaban las costillas al respirar». Pero, nada que ver con la realidad. Una vez ingresada, los médicos le hicieron la prueba de este virus respiratorio y, para su sorpresa, dio negativo. Como sus síntomas eran también compatibles con una infección en la sangre, le hicieron una analítica que tampoco arrojó resultados concluyentes.
Como «no sabían lo que tiene» y dado su cuadro clínico la trasladan a la UCI de neonatos. «La meten en la incubadora y empieza a llorar sin parar. Pedía, por favor, que me la dejasen coger en brazos porque así se iba a calmar pero no me lo permitían. Observaba mientras el aparato que tienen para controlarle las pulsaciones y veía que estaban disparadas. Subían a tal velocidad que pensaba que en algún momento le iba a estallar el corazón», relata. Entre tanto, el equipo médico estaba analizando la radiografía que le habían hecho. Tras analizar la prueba, llegaron a la conclusión de que «tenía el corazón muy grande». «Ahí ya sí que me asusté y exigí que la viese un cardiólogo», reconoce.
Pero su petición no se pudo hacer realidad. «Me dijeron que no podía porque no tenían ecógrafo. Yo no me lo podía creer. ¿Cómo era posible que en un hospital como Cabueñes no tuviesen un ecógrafo en la pediatría de Urgencias? ¿Qué es que tampoco lo podían sacar de una consulta? Esa historia en mi cabeza no entraba, así que les pedí que la mandasen al HUCA», cuenta. Aún así, no fue hasta el día siguiente cuando la derivaron al hospital ovetense y además «con un diagnóstico erróneo». «Nos habían dicho que tenía algo distinto a lo que realmente tenía. No me acuerdo exactamente qué era porque cuando la médica nos vino a darnos ese diagnóstico la escuchaba como muy lejos porque era como que no quería escuchar lo que me estaba diciendo», precisa.
Una vez en el HUCA, los médicos ya «rápidamente» detectaron que el origen del problema era una cardiopatía congénita. «Nos comentaron que la iban a derivar al Hospital de La Paz, en Madrid, porque tenía que ser operada de urgencia. Tenían que abrirle ese ductus arterioso para que hiciese la función que no estaba cumpliendo la vena aorta y así intentar que la sangre siguiese fluyendo», cuenta. De todas formas, Valeria no iba a poder pasar por quirófano de inmediato, ya que primero debía de alcanzar un tamaño y un peso adecuados para que la intervención fuera segura y su cuerpo pudiera soportarla.
La primera y única operación
La trasladaron en ambulancia hasta Madrid. Al ingresar en el citado hospital de la capital, los médicos tuvieron que estabilizar sus constantes, que se habían descompensado durante el viaje. Durante «unos cuantos días» la mantuvieron sedada para «evitar que no sufriera» hasta que, dos días antes de cumplir su primer mes de vida, comenzó de forma repentina a fallarle la vesícula. Sin dudarlo, los médicos decidieron que era el momento de operarla, aunque no sabían con certeza por dónde empezar. Tras un intenso debate, finalmente realizaron una doble cirugía que se prolongó durante ocho horas.
Todo, afortunadamente, salió bien, incluso el postoperatorio. «Nos dijeron que íbamos a tener que pasarnos unos cuantos meses en el hospital pero, por suerte, no hizo falta. Valeria salió, para empezar, de quirófano con muy buen aspecto y a los cuatro días ya le estaban quitando ya la sedacción. Como cada día que pasaba estaba mucho mejor que el anterior, en menos de dos semanas nos dieron el alta», cuenta su madre, a quien le costó asimilar que su hija padecía graves problemas cardiacos.
«Pasé muchísimo miedo, no solo por perderla, sino también por cómo afrontar después la situación con mis otros dos hijos, que en ese momento tenían 3 y 6 años. Es una sensación que no soy capaz de describir. La incertidumbre de no saber qué iba a pasar, ni cómo quedaría después de la operación, era terrible. Nos habían comentado que, si durante la intervención no llegaba bien el oxígeno al cerebro, era muy probable que pudiera presentar algún retraso», confiesa. Pero, contra todo pronóstico, Valeria se recuperó de manera extraordinaria. A pesar del temor de los médicos y de su familia, poco a poco fue cumpliendo los hitos del desarrollo como cualquier otro niño de su edad.
Para crecer con total seguridad, desde que fue operada, Valeria acude periódicamente a revisiones médicas, donde los especialistas comprueban que su corazón funcione correctamente. Su familia, por su parte, se encarga de brindarle todos los cuidados que necesita, procurando especialmente que no contraiga ningún virus, ya que cualquier infección supone una gran amenaza para su salud. «Nosotros eso de usar mascarillas, desinfectar las cosas y evitar el contacto con otras personas ya lo hacíamos mucho antes de la pandemia de coronavirus. Recuerdo ir en el autobús urbano y llevarla en la sillita cubierta con un plástico, y las señoras diciéndome: “¡Quítale eso, que se va a ahogar!” O limpiar con alcohol hasta los columpios del parque», relata su madre.
Una vida normal
Aunque siempre se dice que todas las precauciones son pocas, en el caso de esta joven de Gijón, el seguimiento constante y los cuidados de su familia han hecho que su salud se mantenga fuerte y estable con el paso de los años. A diferencia de otros pacientes con cardiopatías congénitas, Valeria tan solo pasó una vez por quirófano en sus 12 años. No hay además tampoco previsiones a corto plazo de que tenga que ser intervenida de nuevo. Dentro de las circunstancias, lleva una vida bastante normal. «La única limitación que tiene es que se puede cansar más de lo habitual o que se le suba mucho la tensión, pero esto es algo que lo tiene muy controlado, tanto cardiología como nefrología», asegura.
No obstante, debido a sus serios problemas de corazón, «nunca» va a poder practicar deporte de forma profesional ni tampoco acceder a ciertos puestos de trabajo. Por eso, su madre solicitó una discapacidad, pero se la denegaron «solamente» porque estaba «muy guapa de cara». «El peor diagnóstico de la historia, sin duda… qué mas da que tenga buena cara si el problema lo tiene el corazón», denuncia. Aun así, esta familia de Gijón no ha tenido que enfrentarlo todo sola. Han contado con el apoyo constante e imprescindible de APACI, que les ha acompañado en cada revisión y les ha ofrecido orientación y respaldo en los momentos más difíciles. Conocer también la historia de otras familias que han pasado por situaciones similares también les ha servido «de mucho». Por eso, hacen pública la suya para que otras personas que atraviesen lo mismo se sientan acompañadas y comprendidas.